Cuando insistimos en decisiones que ya no nos convienen: el costo hundido

ElAvance | 12 febrero 2026

Lic. Analía Henriquez Cross,
Psicóloga.

Reconocer el fracaso y ser capaces de tomar otro rumbo luego de caer en desgracia es difícil. A mediados de los ochenta, los economistas comenzaron a observar un error: como los costos irrecuperables no deben influir en elecciones futuras. Veían como empresas siguen invirtiendo en proyectos fracasados solo porque ya habían gastado demasiado. Un error, porque racionalmente, sólo se consideran costos y beneficios futuros. Comenzó a llamársele después falacia del costo hundido a una trampa que hace que sigamos perdiendo por el simple hecho de que ya hemos invertido demasiado, aunque no existan beneficios de seguir intentando poner nuestros esfuerzos y tiempo en dicho proyecto o inversión. 

Caemos en la trampa del costo hundido para nimiedades como terminar de ver una película de mala calidad porque ‘ya sólo le queda media hora y ya la empecé’ o usar un artículo que no funciona porque estaba barato, como para cosas más aterradoras como mantenernos en un matrimonio infeliz, seguir invirtiendo en un negocio que sólo deja pérdidas o no renunciar a un trabajo que te cuesta tu salud mental, y hasta física. 

Lo que empezó como una teoría económica, en psicología puede ser explicado como un sesgo cognitivo, pues, le damos valor a una inversión que racionalmente no dará mejores resultados en el futuro. Y, nos quedamos porque, psicológicamente, el sentido de pérdida nubla nuestra toma de decisiones, por tanto, ignoramos la obtención de mejores cosas después de la pérdida, con tal de evitar perder lo que ya se invirtió. A esto se le suma la presión social, la opinión de los demás y el temor a ser juzgados por abandonar, incluso cuando la evidencia indica que seguir no es la mejor opción. 

Una vez que algo ha sido elegido o invertido, pasa a convertirse en parte de la identidad. Abandonarlo no se vive como corregirlo estratégicamente, sino como una fractura del yo. Por eso, el cerebro prefiere una mala inversión antes que admitir que la elección original fue errónea o ya no permite resultados. Hay mecanismos psicológicos que juegan un papel importante que no nos permiten salir de esta trampa: pensar que si me voy, pierdo lo invertido, cuando realmente ya está perdido. Admitir que fue un error y recibir el golpe al ego. Tener la ilusión de control de que si sigo un poco más, puedo arreglarlo. A esto se le suma miedo a la incertidumbre, a no saber qué viene después, a la comodidad de lo conocido o como decimos comúnmente ‘más vale mal conocido que bueno por conocer’. Cambiar implica aceptar que lo que fuimos no encaja con lo que necesito ser ahora y eso me asusta. Irnos implica perder muchas versiones de uno mismo: aquella que apostó por eso, por ejemplo. 

Hemos crecido en la glorificación de la constancia a toda costa. Se nos repite que hay que aguantar. Se ha reforzado la idea de que irse es rendirse, cuando en muchos casos retirarse es una decisión inteligente. A veces, la decisión mas estratégica es saber cuándo retirarse a tiempo. Evaluar una situación con información actual y no con lo ya perdido, permite tomar decisiones que nos permitan obtener mejores resultados. 

Aprender a soltar lo que no funciona no es fácil, pero es necesario, y no se trata de abandonar por impulso, es de ‘tirar números’ y preguntarme: Si empezara hoy, ¿volvería a elegir esto? ¿Cuánto más estoy dispuesto a perder? Son algunas preguntas que pueden romper el ciclo y darnos permiso para irnos cuando sentimos que no lo tenemos.