Cambia el Chip: Antes del cuchillo

ElAvance | 23 abril 2026

Elizabeth Mena

En Santiago, un roce de tránsito terminó con la muerte de Deivy Carlos Abreu Quezada, tras ser agredido por una turba. En medio de ese momento, mientras pedía auxilio y oraba, alguien decidió grabarlo.

No hay sostenibilidad posible en una sociedad que no sabe gestionar sus conflictos más básicos. Podemos hablar de cambio climático, economía verde, inversión responsable o infraestructura resiliente, pero si en lo cotidiano -en la calle, en una discusión, en un momento de tensión- no somos capaces de contenernos, desescalar y priorizar la vida sobre la reacción, todo lo demás se vuelve frágil. La sostenibilidad no es solo ambiental ni económica; es, sobre todo, social. Y una sociedad que normaliza la violencia y la indiferencia no es sostenible.

El problema no es el próximo caso, es que vendrán más y cada vez dolerán menos.

Esa conclusión no surge de un hecho aislado, sino de una acumulación: tensiones que no se gestionan, emociones que no se canalizan, una presión social constante que termina por desbordarse. Aquí entra una dimensión que a menudo evitamos: la salud mental colectiva.

Vivimos en una sociedad cargada de estrés, frustración y ansiedad acumulada. Una sociedad en la que se convive con incertidumbre económica, desorden cotidiano y una presión permanente. Cuando no existen mecanismos -personales ni sociales- para procesar eso, la reacción se convierte en el lenguaje dominante. Se responde antes de pensar, se actúa sin medir consecuencias. El conflicto deja de ser una diferencia y pasa a ser una amenaza.

En ese contexto, la violencia pasa de ser solo un acto a una descarga. Pero ocurre dentro de un marco más preocupante: la pérdida progresiva de valores que antes funcionaban como freno. El respeto, la empatía, la contención, la capacidad de ceder y reconocer límites. No se trata de idealizar el pasado, sino de admitir que existían códigos sociales más claros que marcaban hasta dónde se podía llegar. Hoy esos límites son cada vez más difusos, y cuando cuando los límites se diluyen, aparece la deshumanización.

La muerte de Deivy Carlos Abreu Quezada no solo expone un acto violento. Expone la forma en que empezamos a ver al otro: ya no como persona, sino como obstáculo, adversario o amenaza. Esa transformación es sutil, pero profundamente peligrosa, porque elimina el freno más importante de cualquier sociedad: reconocer humanidad en el otro.

Por eso la escena final resulta tan contundente: un hombre herido, pidiendo ayuda, orando, aferrándose a la vida, mientras alguien decide grabarlo. Ese instante lo resume todo.

No todo el que tiene un celular es periodista, ni todo el que documenta está informando. El periodismo entiende que la dignidad humana está por encima de cualquier historia. Pero se impone otra lógica: la del contenido, la visibilidad, el registro inmediato. Mientras uno pedía auxilio, otro buscaba una imagen.

Eso es una señal cultural. Una sociedad que graba antes de ayudar está perdiendo su capacidad de reaccionar humanamente.

Todo esto ocurre dentro de un ecosistema más amplio: informalidad, falta de regulación efectiva, debilidad institucional en tiempo real y ausencia de consecuencias claras. Es una estructura donde la fricción es constante y los conflictos encuentran pocos mecanismos de contención. Y, en ese entorno, la combinación de presión emocional, pérdida de valores y deshumanización resulta especialmente peligrosa.

Por eso este caso representa un síntoma, la manifestación de sociedad que reacciona más de lo que piensa, que ha ido perdiendo límites y que no gestiona sus tensiones. Y eso tiene implicaciones directas en la sostenibilidad del país. Porque no hay desarrollo ni crecimiento posible si la base social está fracturada.

Aquí no se trata solo de justicia, aunque sea necesaria. Se trata de algo más incómodo: revisar qué estamos permitiendo, qué estamos normalizando, qué estamos dejando pasar. Entender que la sostenibilidad empieza en lo cotidiano: en cómo manejamos, cómo respondemos y cómo actuamos cuando alguien necesita ayuda.

Porque una sociedad no se rompe solo por la violencia que ocurre. Se rompe por la indiferencia que la rodea. Y si eso no cambia, la advertencia deja de ser advertencia y se convierte en destino.