Cada quien con su tema

ElAvance | 22 febrero 2026

Carlos Pérez Tejada

En la selva política dominicana, cada animal político juega su propio juego. Cada partido, cada líder y cada aspirante carga con sus propias tensiones, ambiciones y batallas internas. Aunque las fechas oficiales para el proselitismo aún están lejos, nadie ignora que, en este país, la política no descansa. Aquí cada quien disfraza sus intenciones a su manera, porque si para algunos la meta máxima del ser humano es convertirse en astronauta y escapar de los límites de la Tierra, para muchos políticos el verdadero sueño es sentarse en la vieja silla de madera ubicada en la avenida México. Por eso, la frase “siempre estamos en política” no es un cliché, sino que se convirtió en una descripción precisa de nuestra realidad, aun cuando la ley intente imponer pausas formales.

Bajo este contexto, los tres principales partidos del sistema político dominicano: Partido Revolucionario Moderno (PRM), Fuerza del Pueblo (FP) y el Partido de la Liberación Dominicana (PLD), libran sus propias batallas. Algunos buscan mantenerse en el poder; otros, recuperarlo; todos intentan reorganizarse, redefinirse o sobrevivir al desgaste natural del tiempo político.

El PRM, desde el gobierno, enfrenta el reto clásico de los partidos que administran el poder; demostrar que la unidad no es solo un discurso coyuntural del momento. Durante años, sus adversarios han repetido que el partido comparte el ADN del viejo PRD, es decir, divisiones internas, luchas de liderazgo y conflictos de egos. Sin embargo, la generación actual parece consciente de ese riesgo. Basta recordar que, en su más reciente aniversario, el mensaje dominante fue precisamente la unidad. Además, la lista inicial de aspirantes presidenciales parece haberse reducido, dejando a menos contendientes en competencia directa. El desafío ahora no es solo ganar la candidatura, sino mantener cohesionadas a sus bases después de la elección interna. La historia dominicana está llena de partidos que ganan primarias y pierden elecciones por divisiones posteriores. El PRM sabe que su principal fortaleza, y quizás su mayor riesgo, es la unidad interna. Tienen a favor que la oposición está más fragmentada que nunca y cada uno con sus propios conflictos.

En el otro extremo está la Fuerza del Pueblo, el partido más joven en términos institucionales, pero con una identidad política que muchos perciben como heredera directa del viejo PLD y del liderazgo histórico de Leonel Fernández. En los círculos políticos y en la conversación pública se comentan las diferencias entre los grupos vinculados al expresidente y los que orbitan en torno a su hijo y también militante, Omar Fernández. La imagen de renovación que proyecta la dupla padre e hijo resulta atractiva en lo simbólico, pero la percepción de continuidad pesa en lo estructural. Más allá del carisma individual o del posicionamiento mediático, la pregunta que aún no tiene respuesta clara es: ¿en qué se diferenciaría realmente un gobierno liderado por Omar del que representó Leonel? La narrativa de renovación necesita contenido político tangible para ser creíble ante el electorado. Por ahora, esa promesa de cambio todavía no termina de consolidarse como una oferta distinta.

El caso del PLD es, probablemente, el más complejo y el más interesante desde el punto de vista político. El partido de la estrella amarilla busca redefinir su rumbo tras perder el poder y atravesar un proceso de reconfiguración interna. Aunque Danilo Medina sigue siendo una figura de referencia dentro de la organización, la imposibilidad de aspirar reduce su capacidad de arrastre político. En política, el liderazgo simbólico importa, pero el liderazgo con poder real pesa más. Y las bases, como suele ocurrir, tienden a alinearse donde perciben la cercanía para alcanzar el poder. Todos quieren estar cerca del que se sentaría en “la silla de la México”.

Lo verdaderamente relevante en el PLD es la disputa generacional. Nuevas figuras intentan abrirse paso frente a liderazgos históricos que aún conservan estructura, influencia y reconocimiento público. Es la clásica tensión entre lo viejo y lo nuevo, entre experiencia acumulada y necesidad de renovación. Pero ese proceso se complica cuando entran en juego múltiples aspirantes con ambiciones similares y poca disposición a ceder espacio. En política, la renovación no ocurre solo porque surjan nuevos rostros; ocurre cuando existe un acuerdo interno sobre quién encarna el futuro del proyecto colectivo. Y ese consenso aún parece distante. Basta ver el listado de aspirantes y sus posiciones.

Con este panorama, el PRM parte con una ventaja estructural: controla el gobierno y enfrenta una oposición dividida entre procesos de redefinición interna. Mientras tanto, la Fuerza del Pueblo y el PLD cargan con el peso de la memoria reciente. Las percepciones sobre corrupción, abuso de poder y distanciamiento de la ciudadanía durante sus años de gobierno siguen presentes en amplios sectores del electorado. Superar esa carga histórica requiere algo más que reorganización interna; exige reconstruir credibilidad.

Así, mientras el 2028 se acerca lentamente, cada partido está concentrado en su propio frente de batalla. Unos intentan preservar lo que tienen; otros, reconstruir lo perdido; todos buscan posicionarse para cuando llegue el momento decisivo. La política dominicana, fiel a su naturaleza, no se detiene. Cada quien está en lo suyo, con sus propias tensiones, sus propios cálculos y sus propios fantasmas. Por eso, como dice la gente, seguiremos en política hasta la definición del 2028.