¡Basta con hacer lo correcto!

ElAvance | 15 julio 2026

Giovanni Morillo
Abogado y comunicador

La República Dominicana no necesita más discursos ni más promesas. Necesita ciudadanos y gobernantes convencidos de una verdad sencilla, pero transformadora: hacer lo correcto.

Muchos de los problemas que hoy padecemos la corrupción, la impunidad, el irrespeto por las normas, la indiferencia ante el bien común y la pérdida de valores cívicos tienen una misma raíz: hemos dejado de entender que hacer lo correcto es un deber, no una opción.

Marco Aurelio, uno de los más grandes pensadores del estoicismo, escribió una reflexión que conserva una vigencia extraordinaria:

Cuando practicas el bien y alguien ha aprovechado tu buena obra, ¿quieres más? ¿Quizás esperas otra cosa, como los insensatos: la reputación de hombre bienhechor o un testimonio de reconocimiento?

Y continúa con una idea que debería convertirse en una norma de vida:

¿Por qué hiciste lo correcto? Porque era lo correcto.

No existe una respuesta más poderosa. Hacer el bien no debe depender del aplauso, del reconocimiento ni de una recompensa. Quien actúa correctamente lo hace porque así lo exige su conciencia y porque comprende que esa es la esencia del deber.

Cuando vemos a una persona actuar con rectitud, incluso si debe enfrentar sacrificios o dificultades, reconocemos en ella la mejor versión del ser humano. Entonces, ¿por qué esperar gratitud por cumplir con aquello que nos corresponde? Cumplir con el deber no merece premios extraordinarios; merece convertirse en una costumbre.

Esta reflexión debería interpelarnos a todos los dominicanos. Mientras no grabemos en nuestra conciencia que hacer lo correcto es una responsabilidad permanente, seguiremos atrapados en el círculo vicioso que durante décadas ha frenado nuestro desarrollo como nación. Ninguna reforma, ninguna ley y ningún gobierno podrán sustituir el compromiso moral de una ciudadanía que decide actuar con honestidad y responsabilidad.

Este año también recordamos los 150 años del fallecimiento de Juan Pablo Duarte, el padre de la patria que lo entregó todo por la libertad y la dignidad del pueblo dominicano. Duarte nunca actuó buscando honores personales; cumplió con su deber porque entendía que el amor a la patria exigía sacrificio y coherencia.

Su ejemplo nos deja una lección que sigue siendo urgente: la grandeza de una nación no depende únicamente de sus gobernantes, sino del carácter de sus ciudadanos. La República Dominicana cambiará el día en que cada uno de nosotros comprenda que hacer lo correcto no es un acto extraordinario, sino la obligación más elemental de quien ama a su país.

Hoy no necesitamos héroes ocasionales. Necesitamos dominicanos que, cada día y en cada decisión, elijan hacer lo correcto, simplemente porque es lo correcto.