El país de las moscas

ElAvance | 23 abril 2026

Gabriel López.

Por primera vez escribiendo para este medio, esta columna se convierte en una expresión personal, emocional y catártica.

El asesinato del Deivy Carlos Abréu en Santiago por parte de una turba de motoristas cae pesada en el alma. Esta no es más que la más oscura y depravada expresión del alma humana: almas embriagadas de arrogancia, egoísmo y violencia asumiendo una justicia que no les pertenecía por sus propias manos.

La (verdadera) sociedad dominicana considera a los motoristas “plagas”, siendo este un argumento popularizado por comunicadores y personalidades de nuestros medios. Sin embargo, considero pertinente el considerar las implicaciones gramaticales sobre a lo que nos referimos. Considerar “plagas” a los motoristas, sería considerar plagas a aquellos ciudadanos excepcionales (en todo el sentido de la palabra) que asumen el cumplir las leyes civiles, de tránsito y del sentido común y la convivencia humana; lo cuál no haremos para no caer en esa ofensiva generalización que nuestra generación de cristal aborrece. Sino que llamaremos “plaga” a aquellos que realmente merecen ser llamados “plaga”: Aquellos ciudadanos que moldeados por un estado sistemático de pobreza, miseria e ignorancia, han decidido reaccionar animalísticamente hacia su prójimo. Aquellos que viven en un constante estado de emergencia y alerta; tal cuál como El Señor de las Moscas: con comportamientos tribales, y un altísimo sentido de supervivencia; quienes han sido adoctrinados por fantasías sociales de izquierda siendo sindicalizados y justificando su “proceder humilde”, su necesidad de “josear” y ganarse el pan” aplican su propia ley, juicio y consecuencias.

Estoy cansado de todo esto.

Estoy cansado de este post-modernismo subjetivo que no nos permite señalar la verdad: de que hay culturas buenas y malas. De que existen culturas y comportamientos mejores que otros. De que podemos “juzgar con justo juicio” como lo ordena nuestro Señor en el evangelio y llamar bueno a lo bueno y malo a lo malo. Estoy cansado de dar oportunidades sociales a personas que nunca la han aprovechado y que han decidido permanecer en el ciclo vicioso de pobreza mental y moral.

Estoy cansado de que la República Dominicana romantice y glamorice la pobreza, el barrio y la falsa “humildad” de una generación que no ha aportado absolutamente nada a su sociedad, más que un soberbia adolescente que exige derechos pero no asume responsabilidades. Estoy cansado de la generación que es “la voz del barrio”, porque perpetua lo más bajo de nuestra mal llamada cultura. Estoy cansado de que se sigan celebrando y escogiendo los anti-valores, como si no hubiese otra opción.

Pero la hay.

Nos toca pelear una guerra espiritual (aún si este comentario es mal visto por la comunidad laica y secular de nuestro país) enfocada en las familias, en el cultivo de la virtud y el carácter; ya que solo así podremos cambiar el rumbo de este barco.

Somos el País de las Moscas, donde la violencia y el abuso solo se aplica en contra de aquellos que desean el orden, la justicia y progreso. Para avanzar debemos eliminar las plagas y sus raíces.

Comencemos con nosotros mismos.