Cambio de ejes

ElAvance | 16 abril 2026

La situación

Por Mario Dávalos

El gobierno del PRM llegó al poder sobre un eje claro: honestidad frente a corrupción. Ese eje estructuró su narrativa, ordenó su coalición y, sobre todo, definió al adversario. El PLD no era solo un partido perdedor; era la encarnación institucionalizada de lo que había que superar.

Ese eje ya no sostiene el drama.

Tres episodios lo desplazaron: la tragedia del Jet Set, el apagón general y el escándalo del Senasa; una red de defraudación al Estado valorada en más de 15,900 millones de pesos, con vínculos directos a funcionarios del PRM y al entorno cercano del presidente Abinader. Tomados por separado, cada uno podría ser gestionado. Juntos, producen un efecto diferente: erosionan la premisa sobre la que descansaba la legitimidad del gobierno.

Lo que ha emergido en su lugar no es simplemente descontento. Es un reencuadre del criterio de evaluación.

La pregunta que estructura el debate público ya no es ¿quiénes son más honestos? Es ¿quiénes saben gobernar?

Lo que esto produce

El desplazamiento del eje no resuelve el drama, sino que lo redistribuye. Cada actor enfrenta ahora un conjunto de dilemas que no existían, o no tenían esta forma, cuando el gobierno asumió.

El PRM enfrenta un dilema de persuasión de doble filo. Por un lado, no logra convencer a la opinión pública de su capacidad de gestión: los apagones, el Senasa y la ausencia de un plan nacional ante la crisis global han instalado la narrativa de la incompetencia. Por otro, no puede simplemente abandonar el eje de la honestidad (es su activo fundacional) pero ese activo se ha devaluado ante sus propios escándalos. El partido intenta sostener ambos argumentos simultáneamente y no logra convencer con ninguno.

El presidente Abinader, como figura personal, carga con un dilema de confianza específico. No se duda de sus intenciones (eso, en general, se le concede) sino de su capacidad de hacer que las cosas sucedan. La brecha entre el discurso y la ejecución ha crecido lo suficiente como para que el diálogo convocado por Abinader ante la crisis —recurso que ha utilizado repetidamente— sea calificado por sectores de la oposición como “propaganda mediática”. La forma en que gestiona las crisis ya es, ella misma, parte del problema.

El PLD enfrenta un dilema de confianza de naturaleza inversa. La opinión pública le reconoce lo que le niega al PRM: experiencia, estructura institucional, capacidad de gestión. Danilo Medina y el partido tienen un historial de gobierno que, en el nuevo eje, es un activo real. Pero la honestidad sigue siendo su talón de Aquiles. Pueden competir en el terreno de la competencia; no pueden aún competir en el terreno de la credibilidad moral sin que el pasado los frene.

La Fuerza del Pueblo opera con mayor libertad táctica. Leonel Fernández ha capitalizado cada crisis (el Senasa (”la gran estafa a los pobres”), el apagón, la crisis global) sin cargar con el costo de gobernar. Su dilema es de otro tipo: la acumulación de crítica no es aún propuesta, y la distancia entre señalar el problema y demostrar que puede resolverlo sigue siendo la pregunta sin responder.

El problema de la maniobra

La dificultad del PRM no es solo de contenido. Es también de postura.

El gobierno no ha logrado dominar la agenda pública. Responde a las coyunturas que otros instalan; la crisis energética, el escándalo de turno, el planteamiento de un líder opositor, en lugar de construir el marco desde el cual esas coyunturas se interpretan. Está en modo reactivo de manera estructural, no episódica. La reactivada ya es parte de su identidad pública.

Esto tiene una consecuencia directa en la percepción de capacidad: un gobierno que reacciona parece, por definición, superado por los eventos. La narrativa de la incompetencia no requiere prueba nueva; se alimenta de la postura misma.

La oposición, mientras tanto, ha ganado terreno digital de forma sostenida. El PLD y la Fuerza del Pueblo han construido una presencia comunicacional que el gobierno no ha podido contrarrestar. El análisis interno, si existe, no se ha traducido en corrección visible. Figuras clave en la comunicación oficial no dominan la dinámica del entorno digital en el que se libra, hoy, la mayor parte del combate político.

El resultado es que la oposición construye el sentido. El gobierno lo disputa, siempre tarde y a medias.

Interpretaciones en competencia

En ausencia de una narrativa oficial articulada, el espacio se ha fragmentado en interpretaciones que coexisten sin resolverse. Algunos sectores leen la situación como una crisis de comunicación: el gobierno hace más de lo que logra explicar, y el problema es de gestión del mensaje, no de gestión pública.

Otros la leen como una crisis de conducción: el presidente no ejerce la autoridad ejecutiva necesaria para producir resultados, y el problema es estructural, no comunicacional.

Hay quienes la leen como el ciclo natural del desgaste: todo gobierno llega a este punto en su segundo término, y el PRM puede recuperarse si estabiliza la economía antes de 2028.

Y hay quienes ya no leen la situación en términos del gobierno actual: piensan directamente en la sucesión, en la alianza opositora que impida al PRM conservar el poder, en el nombre que puede competir en 2028.

Cada una de estas lecturas tiene su lógica. Pero tienen un efecto común: ninguna exige una respuesta urgente. Todas permiten esperar.

Lo que esto impide

La fragmentación de interpretaciones no es neutral. Produce un resultado concreto: no hay descripción compartida de lo que está en juego.

Sin esa descripción compartida:

  • El gobierno no puede articular una respuesta que sea creída como genuina, porque no hay consenso sobre cuál es el problema real.
  • La oposición no puede coordinar más allá de la crítica, porque sus diagnósticos divergen aunque sus blancos coincidan.
  • Los actores con disposición a negociar (como lo sugiere la reunión entre funcionarios y Danilo Medina/Leonel Fernández) no pueden fijar compromisos, porque cualquier acuerdo será leído como capitulación por algún sector.

El diálogo que convoca Abinader es el síntoma más claro de este problema. Es un mecanismo que señala que algo no está funcionando, pero que no puede resolverlo, porque la condición para que el diálogo produzca resultados – una comprensión suficientemente compartida de lo que se negocia – todavía no existe.

Dónde queda la situación

El PRM entra al tramo final de su gestión con el eje que lo fundó gastado y sin haber consolidado uno nuevo.

La oposición acumula presión sin haber construido aún la alternativa que la haga creíble como gobierno, no solo como crítica.

El presidente Abinader opera bajo la doble restricción de un dilema de confianza y una postura reactiva que se refuerzan mutuamente: cada reacción tardía confirma la duda sobre su capacidad de conducción.

Y sobre todo esto pesa una variable que ningún actor menciona directamente pero que ordena todas las maniobras: Abinader no puede reelegirse. El 2028 no es solo una elección. Es el horizonte que convierte todo lo que ocurre ahora en posicionamiento para una sucesión cuya lógica ya está activa, aunque nadie la declare abierta.

La pregunta que no tiene respuesta aún es si el PRM puede encontrar un eje nuevo que no sea honestidad gastada ni competencia no demostrada, antes de que ese horizonte lo alcance.

Qué observar

La evolución del drama dependerá de si se producen, o no, ciertos movimientos:

  • Si el gobierno logra instalar una narrativa proactiva ante la crisis económica global; un plan, una propuesta con nombre propio. que le permita salir del modo reactivo
  • Si el PLD puede completar el giro hacia el eje de la competencia sin activar la memoria de la corrupción; es decir, si logra que la pregunta sea ¿quién sabe gobernar? sin que la respuesta arrastre la pregunta ¿a qué costo?
  • Si Leonel Fernández y la Fuerza del Pueblo pueden pasar de la denuncia a la propuesta con suficiente credibilidad como para convertirse en alternativa de gobierno, no solo en primera fuerza opositora
  • Si la oposición fragua o no la alianza que algunos ya piden en voz alta, para impedir que el PRM transfiera el poder hacia adentro en 2028
  • Si Abinader logra, en el tiempo que le queda, reducir la brecha entre sus intenciones declaradas y los resultados percibidos, porque esa brecha, más que cualquier escándalo puntual, es lo que alimenta el dilema de confianza que lo rodea

En 2020, la pregunta era si el PRM podía ser lo que el PLD no había sido.

Ahora, la pregunta es si el PRM puede demostrar que sabe hacer lo que el PLD sí sabía hacer.

El eje se ha invertido. El adversario se ha convertido en el estándar.

Y hasta que el gobierno encuentre una respuesta a esa pregunta que sea creída, el drama seguirá siendo conducido desde afuera.