Per Aspera Ad Astra

ElAvance | 07 abril 2026

Carlos Pérez Tejada

La humanidad se ha encargado, desde sus inicios, de romper sus propios límites naturales. Cuando el desconocimiento sobre la cocción de alimentos amenazaba nuestra supervivencia, descubrimos el fuego. Cuando los hechos se perdían en el tiempo y entre culturas, inventamos la escritura, los libros y la imprenta. Cuando las distancias dificultaban la comunicación, creamos el teléfono, la radio y la televisión. Cuando cruzar océanos era una hazaña titánica, desarrollamos la aviación.

Y cuando levantamos la mirada hacia el cielo, hacia las estrellas, encontramos un nuevo límite; una frontera inmensa, silenciosa y desafiante que nos recordaba lo pequeños que somos. Pero también nos recordaba quiénes somos. Porque ha sido precisamente a través de las dificultades que hemos logrado romper cada una de esas barreras. Salimos de nuestro planeta, orbitamos la Tierra y, eventualmente, pisamos la Luna. Lo imposible, una vez más, se volvió historia.

Hoy, esa historia entra en un nuevo capítulo con la misión Artemis II, cuyo nombre honra a Artemisa, la diosa griega de la Luna. Esta misión, programada como el primer vuelo tripulado del programa Artemis de la NASA desde 1972, llevará a cuatro astronautas, Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen, en un viaje alrededor de la Luna. A bordo de la nave Orion spacecraft, recorrerán más de 450,000 kilómetros en una misión que durará 10 días en la inmesidad del espacio.

Esta misión no solo se trata de una hazaña técnica de la capacidad de ingeniería que hemos logrado como humanidad, sino que es un mensaje de esperanza y un recordatorio de que seguimos avanzando.

Pero para entender la magnitud de este momento, hay que mirar atrás. En 1969, con la misión Apollo 11, la humanidad logró lo impensable: llevar a un hombre a la Luna. Durante el programa Apollo, entre 1969 y 1972, 12 astronautas caminaron sobre su superficie. Sin embargo, ese impulso se detuvo. Las razones fueron varias, desde los altos costos, las cambiantes prioridades políticas y el fin de esa competencia que mantenía la Guerra Fría. Como humanidad dejamos de ver las estrellas como la próxima conquista y nos enfocamos en temas banales dentro de nuestro planeta Tierra.

Pero el espíritu humano no sabe quedarse quieto por mucho tiempo. Ese gen de curiosidad y necesidad de seguir avanzando continuó en una generación.

Hoy, ese impulso ha regresado, pero con nuevos actores. Empresas como SpaceX y Blue Origin han redefinido la carrera espacial. SpaceX, con su cohete Falcon 9, ha logrado reducir costos mediante la reutilización de cohetes, algo que antes parecía imposible. Su visión va más allá, el objetivo es claro: colonizar Marte y hacer de la humanidad una especie multiplanetaria.

Por su parte, Blue Origin trabaja en el desarrollo de tecnologías que permitan la permanencia humana en el espacio, con proyectos como el New Shepard y el New Glenn, apostando a una economía espacial sostenible. Y son los encargados de crear la tecnología para plantar una base humana en la superficie lunar.

Estas iniciativas no son solo avances tecnológicos; son señales claras de hacia dónde debemos mirar como especie. Nos obligan a replantearnos nuestras prioridades, invertir más en ciencia, en ingeniería, en investigación. Formar nuevas generaciones capaces de resolver los problemas que aún no entendemos. Porque el futuro se construye desde la curiosidad.

Desde mi perspectiva, alcanzar el espacio es la proeza más grande que podemos aspirar como humanidad. Pensar en lo que implica abandonar nuestro hábitat, el único lugar que conocemos donde la vida es posible, para aventurarnos en lo desconocido, no es solo un desafío técnico, es un acto de fe en nuestra propia capacidad. Es imaginar caminar en otros mundos, establecer presencia humana en otros cuerpos celestes, expandir nuestra existencia más allá de los límites de la Tierra.

Nuestro planeta tiene un tiempo finito. Nuestros recursos también. Aunque miles de años parezcan lejanos, la construcción de una civilización interplanetaria no es una idea de ciencia ficción; es una necesidad estratégica. Nos permitirá no solo sobrevivir, sino entender mejor el universo y nuestro lugar en él.

El viaje de Artemis II no es solo una misión espacial. Es una invitación a soñar. A mirar más allá de lo inmediato. A despertar ese gen curioso que nos ha permitido evolucionar, adaptarnos y sobrevivir.

Porque si algo ha demostrado la historia es que cada vez que la humanidad enfrenta un límite, lo convierte en un punto de partida.

Y quizás, en esta nueva etapa, volvamos a confirmar lo que los romanos entendieron hace siglos:

Per aspera ad astra (a través de las dificultades, hacia las estrellas).