La crisis global obliga a República Dominicana a jugar con su mejor alineación

ElAvance | 06 abril 2026

Carlos Del Pozo.
Periodista y comunicador.

El llamado a un pacto nacional abre una oportunidad para articular una respuesta conjunta ante los efectos económicos de la guerra, donde la clave no es solo convocar, sino definir con claridad para qué se convoca.

Aquí no estamos ante una coyuntura cualquiera. Lo que ocurre en Medio Oriente no es un conflicto lejano que solo se consume en los grandes titulares de los periódicos o en las redes sociales. 

Es una onda expansiva que terminará impactando el bolsillo del dominicano, el precio de los combustibles, el costo de los alimentos y, en última instancia, la estabilidad social.

En ese contexto, el presidente Luis Abinader instruyó a tres de sus ministros a abrir conversaciones con sectores productivos, sociales y políticos en busca de un pacto nacional. 

Más allá de la lectura política inmediata, la decisión plantea una cuestión de fondo;

¿Estará el país reaccionando a la coyuntura o si tiene la oportunidad de construir una respuesta estructurada frente a una crisis de alcance global?

En escenarios de alta incertidumbre, el liderazgo no se mide únicamente por las decisiones que se toman, sino por las señales que se envían. 

Abrir un espacio de diálogo amplio en medio de una crisis internacional no es un gesto menor.

Es una forma de reconocer que los desafíos que vienen no pueden gestionarse desde un solo actor y que la construcción de soluciones exige corresponsabilidad.

La historia enseña que las naciones no se miden en tiempos de normalidad, sino en momentos de presión. 

Winston Churchill lo expresó con contundencia en plena guerra: “Si estamos juntos, nada es imposible. Si estamos divididos, todo fracasará”.

No es una frase de ocasión, sino una advertencia sobre lo que ocurre cuando los países enfrentan crisis fragmentados.

La realidad, sin embargo, impone límites claros. República Dominicana no controla el precio del petróleo, ni la duración del conflicto, ni las tensiones geopolíticas que lo rodean. 

Pero sí puede definir cómo responde internamente. Ahí reside el verdadero alcance de este llamado a pacto.

El problema no es convocar, sino para qué se convoca. Si se trata de validar decisiones ya tomadas, el esfuerzo perderá sentido. Si deriva en un espacio de protagonismos o cuotas políticas, se erosionará su legitimidad. Y si los sectores convocados perciben que su participación es meramente decorativa, el pacto nacerá sin credibilidad.

En cambio, si se asume como una mesa real de construcción, con información abierta, decisiones compartidas y costos distribuidos, puede convertirse en un activo estratégico del país en medio de la incertidumbre.

Aquí es donde el símil del Clásico Mundial de Béisbol adquiere valor práctico.

Cuando República Dominicana compite en ese escenario, no se detiene a evaluar de qué equipo de Grandes Ligas proviene cada jugador. No importa si pertenece a los Yankees, Boston o Seattle. Lo determinante es que represente el mejor talento disponible. 

Se construye el equipo más competitivo posible porque el objetivo es uno: ganar como país.

Esa lógica, que en el deporte resulta natural, es la que con frecuencia se diluye en la gestión pública.

Un pacto nacional bajo presión internacional debería replicar ese mismo criterio. Integrar a los mejores técnicos, no a los más cercanos políticamente. 

Incorporar voces críticas, no solo las complacientes. Involucrar a todos los sectores productivos, no únicamente a los aliados. Y establecer reglas claras de corresponsabilidad que distribuyan tanto los costos como los beneficios.

Sin embargo, hay un riesgo político que no puede ignorarse. A medida que se activa el calendario electoral y se abren formalmente las dinámicas de campaña, surge una tensión inevitable: ¿Estará la oposición en ánimo de colaborar en un pacto de esta naturaleza o prevalecerá la lógica de que mientras peor marchen las cosas, mayor será la rentabilidad política? 

Esa disyuntiva puede terminar condicionando el alcance real del acuerdo.

El riesgo que enfrenta el país no es únicamente económico. Es también narrativo.

Si la ciudadanía percibe que la crisis se gestiona desde la improvisación, el miedo o la especulación, el efecto inmediato será una pérdida de confianza que puede amplificar los impactos reales. 

La experiencia local nos indica que cuando las señales son confusas, las tensiones sociales encuentran terreno fértil para escalar.

Por eso, más que un pacto, lo que está en juego es la construcción de confianza.

Y la confianza no se decreta, se construye con transparencia, coherencia y resultados verificables. 

En esa dirección parece dirigirse el presidente Luis Abinader, al procurar un acercamiento con los distintos sectores, en la medida en que el diálogo abierto se convierte en condición necesaria para sostener la credibilidad en medio de la incertidumbre.

En momentos como este, la diferencia entre administrar una crisis o transformarla en una oportunidad no depende del contexto internacional, sino de la capacidad interna de actuar como un solo país.