"Con RD$1,500 por hora también se fabrica un experto": La peligrosa iluisón del conocimiento en tiempos digitales

ElAvance | 20 marzo 2026

Por Arelis García López

En la República Dominicana de hoy, la inmediatez ha reemplazado a la profundidad, y la popularidad parece haber desplazado a la preparación. En cualquier rincón del país, con un presupuesto de apenas mil quinientos pesos por hora, una cámara, un micrófono y acceso a redes sociales, una persona puede convertirse —o al menos aparentarlo— en comunicador, influencer o incluso “experto” en temas tan delicados como la salud, la política, la educación o la psicología.

La fórmula es simple: dividir una hora de grabación en cinco bloques de veinte minutos, editar fragmentos atractivos, añadir música, títulos llamativos y… listo. Contenido suficiente para alimentar plataformas digitales durante días. Pero detrás de esta aparente democratización de la comunicación, se esconde una realidad preocupante: la banalización del conocimiento y la construcción de una autoridad sin fundamentos.

Hoy cualquiera opina, afirma, aconseja y sentencia. Se improvisan periodistas, comentaristas de farándula, analistas deportivos, entrevistadores, nutricionistas y hasta terapeutas, sin haber pasado por el rigor académico, la formación ética ni el desarrollo de competencias comunicativas que exige el verdadero ejercicio profesional. Y lo más alarmante no es solo que existan, sino que son consumidos, compartidos y, en muchos casos, creídos sin cuestionamiento.

El problema no radica en que las personas se expresen —eso es un derecho—, sino en que se presenten como referentes sin tener la responsabilidad que implica influir en la vida de otros. Comunicar no es solo hablar; es educar, orientar, impactar. Es un acto que requiere preparación pedagógica, dominio del lenguaje, pensamiento crítico y, sobre todo, conciencia del poder que tienen las palabras.

En la medida en que estos “personajes digitales” crecen en seguidores, también crece su propia creencia de autoridad. Se les olvida que la experiencia no se improvisa, que el conocimiento no se edita, y que la credibilidad no se compra con producción audiovisual. El peligro es doble: por un lado, se desinforma; por otro, se debilita el valor del profesional que sí ha invertido años en formarse.

Pero no podemos hablar de este fenómeno sin mirar también al público. Existe una corresponsabilidad. Las plataformas digitales están diseñadas para ofrecer contenido a la medida de quien lo consume, creando burbujas donde la información se adapta a las creencias y gustos del usuario, no necesariamente a la verdad. Así, se fortalece una cultura de consumo pasivo, donde lo importante no es la veracidad, sino el entretenimiento.

Ante esta realidad, se hace urgente desarrollar una ciudadanía digital crítica. No todo lo que se ve, se escucha o se viraliza es cierto. No todo el que habla sabe. No todo el que tiene seguidores tiene autoridad moral o profesional.

Cada vez que usted vea una entrevista, un “short” o cualquier contenido en redes sociales, deténgase un momento. Pregúntese:
¿Quién está hablando?
¿Qué formación tiene?
¿De dónde proviene la información?
¿Tiene utilidad social o solo busca generar impacto emocional?

Evaluar el contenido no es una opción, es una necesidad en tiempos donde la información abunda, pero la verdad escasea.

La República Dominicana necesita más que influencers: necesita educadores de conciencia, comunicadores responsables y ciudadanos capaces de pensar por sí mismos. Porque al final del día, no se trata de cuántos minutos de contenido produces, sino del valor real que aportas a la sociedad.

Y ese valor… no se improvisa.

Arelis García López
Educadora y Terapeuta Familiar