Don Vicente: El Hombre Que Marcó Mi Alma Como Hierro en Fuego

ElAvance | 12 febrero 2026

—Un ensayo sobre la integridad, la memoria y el linaje ético de los hombres que no necesitaron discursos porque su vida fue el verbo—

Por Rolando Espinal
Creador de contenido, empresario dominico-americano
Santo Domingo / La Florida , 2026

Cuando la hija de Don Vicente Sánchez Baret, dijo aquellas palabras —que él fue un faro de luz permanente— no estaba pronunciando un discurso fúnebre. Estaba haciendo teología con la memoria.

Estaba nombrando lo innombrable: que hay hombres que no se van del todo porque nunca estuvieron aquí para quedarse, sino para pasar dejando huellas que el tiempo no borra sino que profundiza, como el agua que no desgasta la piedra sino que la hace más lisa, más hermosa, más digna de ser tocada por los siglos.

Yo conocí a Sánchez Baret, en un momento de mi vida en que la palabra “integridad” me parecía un lujo para ingenuos o un disfraz para hipócritas. Había visto demasiado. Había vivido en dos países, había navegado entre dos culturas, había aprendido que en la República Dominicana la viveza se premia y la honestidad se castiga, que en Estados Unidos el éxito se mide en dólares y la ética es un departamento de relaciones públicas. Era joven, ambicioso, y llevaba en la mochila todas las justificaciones que uno se fabrica para explicarse por qué va a ser igual a los demás. Por qué va a ceder. Por qué va a transar.

Entonces conocí a Don Vicente.

Y todo cambió.

No porque él me dijera algo que yo no supiera. No porque me diera un sermón o me entregara un libro. Don Vicente no era hombre de discursos; era hombre de silencios. Pero sus silencios pesaban más que las palabras de otros. Cuando él entraba a una habitación, la temperatura moral del ambiente cambiaba. No por arrogancia, no por imposición. Simplemente porque su presencia era un recordatorio viviente de que otra forma de estar en el mundo es posible.

Hoy, al escribir estas líneas, no pretendo hacer un obituario. Los obituarios son para hombres que mueren y son recordados. Don Vicente no ha muerto: se ha graduado. Y yo, que fui marcado por él como hierro en fuego, quiero dejar constancia de lo que significa encontrarse con un hombre así en el desierto de este tiempo.

I. La Luminosidad Incorruptible

La hija de Don Vicente dijo que su luz sigue alumbrando. No dijo “su recuerdo”, dijo “su luz”. Hay una diferencia fundamental. El recuerdo es pasado, es nostalgia, es lo que fue y ya no es. La luz es presente, es energía, es lo que sigue siendo y seguirá siendo mientras haya ojos dispuestos a ver.

¿De qué está hecha esa luz?

Permítanme desmontar esta imagen con la paciencia de un orfebre. La luz no es una metáfora en el caso de Don Vicente. Es una propiedad física de su existencia. Hay hombres que absorben la oscuridad de su entorno y la convierten en algo radiante. Así como las plantas toman la clorofila y la transforman en oxígeno, Don Vicente tomaba la corrupción, la mediocridad, el cinismo, y los transformaba en algo respirable.

Yo fui testigo de eso. Lo vi en reuniones donde todos buscaban su propio beneficio y él permanecía en silencio, sin juzgar, pero sin ceder. Lo vi en conversaciones donde otros construían castillos de coartadas y él solo decía: “Eso no es correcto”. No lo decía con ira, no lo decía con soberbia. Lo decía como quien nombra una ley física. Como quien dice “el agua moja” o “el fuego quema”.

Esa luminosidad incorruptible no era ingenua. Don Vicente sabía perfectamente lo que perdía cada vez que elegía la integridad. Sabía que otros avanzaban mientras él se mantenía firme. Sabía que el mundo premia a los que se doblan y castiga a los que se mantienen erguidos. Y aun así, se mantenía erguido.

No porque esperara una recompensa en el cielo. No porque buscara el aplauso de los hombres. Se mantenía erguido porque esa era su naturaleza, como el girasol no decide mirar al sol: simplemente lo hace.

En una época donde todo se negocia, donde todo tiene precio, donde todo es intercambiable, Don Vicente nos recordaba que hay cosas que no están a la venta. Que la dignidad no se transa. Que el carácter no es una máscara que uno se pone para ciertas ocasiones, sino la textura misma del ser.

II. El Fuego del Estado

“Pasó por el fuego del Estado sin quemarse”.

Esta frase, que alguien pronunció en su despedida, merece un ensayo aparte. Porque el Estado no es una institución abstracta: es una maquinaria de tentaciones. Es el poder de decidir quién entra y quién no entra, quién paga y quién no paga, quién gana y quién pierde. Es la llave de todos los tesoros y la puerta de todas las miserias.

Don Vicente dirigió la Dirección General de Aduanas.

Para quien no conozca la idiosincrasia dominicana, esta frase no dice mucho. Para quienes conocemos el país, es como decir: Don Vicente caminó sobre las aguas. O mejor: Don Vicente caminó sobre brasas y no se quemó los pies.

La Aduana es, históricamente, el lugar donde la corrupción se hace Estado. Es el punto de encuentro entre el capital que quiere entrar sin pagar y el funcionario que puede facilitarlo a cambio de una comisión. Es el territorio de las facturas sobrevaloradas, de los contenedores fantasmas, de las exenciones milagrosas. Es, en fin, el laboratorio donde la viveza criolla se perfecciona y se institucionaliza.

Don Vicente llegó ahí y dijo: “No”.

No fue un no histriónico. No fue un no publicitario. Fue un no silencioso, cotidiano, reiterado. Fue el no de cada mañana al levantarse y recordar que el poder no es para servirse sino para servir. Fue el no de cada expediente que cruzó su escritorio y encontró, en lugar de un cómplice, un juez. Fue el no de cada amigo que llegó con una solicitud “inocente” y se encontró con una negativa amable pero firme.

Y aquí viene lo más extraordinario: Don Vicente salió de Aduanas con menos de lo que tenía al entrar.

En un país donde los funcionarios públicos se jubilan con mansiones y cuentas en el extranjero, donde el paso por el gobierno es sinónimo de enriquecimiento exprés, Don Vicente hizo la travesía inversa: entró siendo un hombre honorable y salió siendo un hombre honorable… pero más pobre. Porque el servicio público, cuando se ejerce con honestidad, no genera plusvalía: genera desgaste.

¿Cuántos son capaces de eso? ¿Cuántos resisten la presión de los superiores que esperan “resultados” que solo la ilegalidad puede producir? ¿Cuántos soportan el aislamiento de ser el único incorruptible en una oficina de corruptos? ¿Cuántos aceptan que sus hijos no heredarán influencias ni sus nietos gozarán de prebendas?

Don Vicente sí.

Y por eso su paso por el Estado no fue una mancha en su expediente: fue su título de nobleza.

III. El Testigo Fiel

“Testigo de excepción”, dijo su hija.

Qué palabra tan hermosa y tan pesada: testigo. No es lo mismo que protagonista. El protagonista busca la cámara, busca el reconocimiento, busca su nombre en los titulares. El testigo, en cambio, está ahí para dar fe. No le importa que su nombre sea olvidado; le importa que la verdad sea registrada.

Don Vicente fue testigo de excepción de casi un siglo de historia dominicana. Vio dictaduras y democracias, auge y caída, esperanzas y desengaños. Vio pasar gobiernos como pasan los huracanes: unos destructivos, otros benignos, todos inevitables. Y en cada estación, en cada régimen, en cada cambio de mando, él mantuvo la misma postura: la del hombre que no se vende.

Ser testigo en un país como el nuestro es particularmente difícil. Porque aquí la historia se escribe con borrones, se reescribe según quien mande, se falsifica con la impunidad del que sabe que mañana estará en el poder y podrá corregir los archivos. Aquí los héroes de hoy son los villanos de mañana, y los villanos de ayer son los próceres de hoy, y nadie sabe a ciencia cierta qué pasó realmente porque los documentos desaparecen, los testimonios se compran, la memoria se negocia.

En ese país de amnesias voluntarias, Don Vicente fue memoria viva. No llevaba un diario, no coleccionaba recortes de periódico, no grababa conversaciones. Su archivo era su carácter. Su testimonio era su conducta. Cuando alguien necesitaba saber si algo era correcto, no tenía que consultar la ley: le bastaba con mirar a Don Vicente.

Él no decía “esto es lo que hay que hacer”. Él simplemente lo hacía.

Y esa fue su mayor enseñanza: la coherencia no es un discurso, es una práctica. No es lo que se dice cuando todos miran, es lo que se hace cuando nadie ve.

IV. La Marca del Hierro

Permítanme detenerme en esta imagen porque es central para entender lo que Don Vicente fue en mi vida.

En el campo dominicano —y también en las grandes ganaderías de Texas que he conocido en mis años en Estados Unidos— hay una tradición que viene de siglos: el ganadero marca a sus mejores reses con un hierro candente. No lo hace por crueldad, lo hace por pertenencia. Esa marca dice: “Este animal es valioso, este animal es mío, este animal merece ser identificado y protegido”.

Don Vicente me marcó así.

No con hierro sobre la piel, que eso es para el ganado. Me marcó con fuego sobre el alma, que es para los hombres. Y esa marca no es de propiedad —Dios me libre de decir que Don Vicente me poseía— sino de pertenencia. Pertenezco al linaje ético de los que fueron tocados por su ejemplo.

¿Qué iniciales grabó Don Vicente en mi corazón?

La H de Honradez inquebrantable. La H que no es negociable, que no tiene precio, que no admite excepciones. La honradez que no depende de la fiscalización porque es autónoma, porque es un mandato interno, porque es la condición misma de posibilidad de cualquier virtud.

La V de Valentía civil. La valentía que no necesita uniforme ni arma ni escolta. La valentía del funcionario que dice no al superior corrupto, del empresario que rechaza el contrato amañado, del ciudadano que denuncia la injusticia aunque nadie lo secunde. La valentía de los que no huyen.

La C de Coherencia existencial. La coherencia que une lo que se dice con lo que se hace, lo que se piensa con lo que se vive, lo que se predica con lo que se practica. La coherencia que es hermana gemela de la integridad y madre de la credibilidad.

H, V, C.

Tres letras que llevo tatuadas en el alma. Tres letras que consulto cuando no sé qué camino tomar. Tres letras que me avergüenzan cuando fallo y me sostienen cuando dudo.

Porque esa es otra verdad sobre las marcas de fuego: duelen al principio, pero después se convierten en identidad. Uno deja de preguntarse quién es porque la marca responde por uno. Uno deja de dudar sobre lo correcto porque la marca ilumina el camino.

Don Vicente fue mi marca.

Y cada día, al mirarme al espejo, veo esas iniciales brillar.

V. El Linaje Ético

Hay familias que se heredan por sangre y familias que se eligen por afinidad. Hay apellidos que se reciben al nacer y apellidos que se ganan al vivir. Hay padres biológicos y hay padres espirituales.

Don Vicente fue, para muchos, un padre espiritual.

No porque engendrara discípulos —él no buscaba seguidores, solo buscaba hacer lo correcto— sino porque su vida fue tan luminosa que inevitablemente atraía a quienes buscaban orientación. Como las velas en la noche atraen a los viajeros extraviados. Como los faros en la costa atraen a los barcos que vuelven a casa.

Yo soy parte de ese linaje ético. No el más brillante, no el más fiel, pero sí agradecido. Y hoy quiero decir lo que no pude decirle en vida: gracias por existir. Gracias por no rendirte. Gracias por demostrarme que la honestidad no es debilidad, que la rectitud no es ingenuidad, que la bondad no es estupidez.

En una época donde todo se relativiza, donde los valores se adaptan a las circunstancias, donde los principios se ajustan según la conveniencia, Don Vicente fue un fundamentalista de lo esencial. No el fundamentalismo que mata, sino el que salva. No el que excluye, sino el que congrega. No el que impone, sino el que convence con la fuerza silenciosa del ejemplo.

Pertenezco a su linaje.

Y ese es, quizá, el mayor honor que un hombre puede recibir: no que le pongan su nombre a una calle o le erijan una estatua, sino que otros hombres digan, señalando su propia vida: “Yo quiero ser como él”.

VI. La Muerte Como Graduación

“Pronto espero encontrarlo en ese lugar donde los hombres que viven bien van”.

Esta frase de su hija me rompió y me reconstruyó al mismo tiempo. Porque contiene una teología implícita, una cosmovisión completa, una certeza que no necesita demostración. Ella no dice “si es que existe ese lugar”, no dice “espero que exista”. Dice “cuando llegue allí”.

Hay personas que no necesitan pruebas de Dios porque han conocido hombres como Don Vicente. Hay personas que no necesitan argumentos sobre la inmortalidad porque han visto vidas que la muerte no puede apagar. Hay personas que no temen al final porque han aprendido que el final es solo un cambio de habitación.

Don Vicente se graduó.

Usemos este verbo con toda su potencia. Graduarse no es morir: es completar un ciclo, aprobar un examen, recibir un diploma. Es dejar un nivel para ascender a otro. Es terminar la tarea y recibir el descanso merecido.

Don Vicente cumplió su tarea. Vivió bien, amó bien, sirvió bien. Enseñó sin pretenderlo, marcó sin herir, iluminó sin deslumbrar. Pasó por el mundo y el mundo fue mejor porque él estuvo aquí.

Ahora descansa.

Pero no descansa en el olvido, no descansa en la nada, no descansa en la disolución. Descansa en la memoria agradecida de todos los que fuimos tocados por su gracia. Descansa en la continuación de su obra a través de nuestras manos. Descansa en la certeza de que su luz no se apagó sino que se volvió parte de una constelación más grande.

Yo no sé cómo es ese lugar donde los hombres que viven bien van. No sé si hay nubes y arpas, no sé si hay reencuentros y abrazos, no sé si hay tiempo o eternidad. Pero sí sé una cosa: Don Vicente ya está allí.

Y cuando yo llegue —si es que logro vivir la mitad de bien que él vivió— espero encontrarlo sentado en algún banco, con su sonrisa tranquila, esperándome para preguntar: “¿Y tú cómo vas?”

VII. Volar Alto

“Vuela alto, valioso amigo”.

Este cierre, que alguien escribió en una tarjeta durante su despedida, no es una metáfora poética. Es una declaración de fe en la trascendencia de los justos. Es la certeza de que los hombres como Don Vicente no se hunden en la tierra: ascienden.

¿Por qué volar?

Porque Don Vicente vivió con la ligereza de quien no está atado a lo material. No digo que fuera pobre —aunque, como dije, salió de Aduanas con menos de lo que entró— sino que no era prisionero de sus posesiones. Lo suyo no era acumular, era distribuir. Lo suyo no era retener, era compartir. Lo suyo no era guardar, era dar.

Un hombre así pesa poco. No porque sea superficial, sino porque ha soltado todo lastre. Como los globos aerostáticos que necesitan desprenderse de sacos de arena para elevarse, Don Vicente fue soltando a lo largo de su vida todo lo que estorbaba: el rencor, la ambición desmedida, el deseo de reconocimiento, la necesidad de tener la razón. Y al final, liviano como una pluma, pudo despegar.

Ahora vuela.

Y nosotros, los que nos quedamos en tierra, miramos al cielo y vemos su estela. No la estela de un avión que se pierde en el horizonte, sino la estela de una estrella que siempre ha estado ahí y que ahora brilla con más fuerza porque sabemos su nombre.

Vuela alto, Don Vicente.

Y cuando mires hacia abajo —si es que los hombres que vuelan alto pueden mirar hacia abajo— verás que tu luz sigue encendida. No en un museo, no en una placa, no en un discurso. Tu luz sigue encendida en cada decisión honesta que tomamos recordándote. En cada acto de integridad que cometemos invocando tu nombre. En cada negativa a la corrupción que pronunciamos pensando en tu ejemplo.

Tu luz sigue encendida porque nosotros la mantenemos viva.

Y la mantendremos viva mientras vivamos.

VIII. La Verdadera Riqueza

En una de nuestras últimas conversaciones —aunque yo no sabía entonces que sería de las últimas— Don Vicente me dijo algo que no he podido olvidar.

Estábamos hablando de un empresario muy exitoso, un hombre que había acumulado una fortuna inmensa pero cuya reputación estaba manchada por prácticas turbias. Alguien había dicho: “Ese hombre es muy rico”. Don Vicente guardó silencio un momento y luego dijo, con esa voz pausada que lo caracterizaba: “¿Rico en qué?”

La pregunta me desarmó.

Porque todos damos por sentado qué significa “rico”. Rico es quien tiene mucho dinero. Rico es quien posee muchas propiedades. Rico es quien puede comprar casi cualquier cosa. Pero Don Vicente nos recordaba que hay otras riquezas, más difíciles de cuantificar pero más duraderas: la riqueza de haber vivido con integridad, la riqueza de haber amado bien, la riqueza de haber servido sin esperar recompensa.

Esa fue su riqueza.

No la que se mide en dólares y se hereda con pleitos y abogados. La que se mide en vidas transformadas y se hereda con el ejemplo. La que no se deposita en bancos sino en corazones. La que no se cotiza en bolsa pero vale más que todo el oro del mundo.

Don Vicente fue inmensamente rico.

Rico en amigos que lo admiraron sin necesidad de entenderlo del todo. Rico en familia que lo amó no por lo que les dio sino por lo que fue. Rico en discípulos que no lo llamaban maestro pero llevaban sus enseñanzas tatuadas en el alma. Rico en paz interior, esa paz que solo conocen los que han hecho las paces con su conciencia.

¿De qué le habría servido acumular millones? ¿De qué le habría servido poseer empresas? ¿De qué le habría servido tener su nombre en edificios y calles?

Él prefirió otra clase de inmortalidad: la de ser recordado como un hombre bueno.

Y lo logró.

IX. El Legado Que Sigue

Han pasado algunos meses desde que Don Vicente se graduó. El dolor inicial se ha transformado en una especie de nostalgia dulce, de esas que no paralizan sino que impulsan. Porque hemos entendido que el mejor homenaje no es el llanto sino la continuación.

Yo no puedo ser Don Vicente. Nadie puede ser otro. Pero puedo intentar vivir a la altura de lo que él me enseñó. Puedo intentar, en mis pequeñas decisiones cotidianas, honrar su memoria no con discursos sino con acciones. Puedo intentar ser, en mi ámbito, un reflejo de su luz.

Eso es el legado.

No lo que se hereda, sino lo que se continúa. No lo que se recibe, sino lo que se multiplica. No lo que se guarda en una vitrina, sino lo que se pone en circulación para que otros lo usen y lo transmitan.

Don Vicente nos dejó un legado de integridad. Ahora nos toca a nosotros hacerlo crecer.

A mis hijos les hablaré de él. Les contaré cómo conocí a este hombre que no necesitaba alzar la voz para ser escuchado, que no necesitaba imponerse para ser respetado, que no necesitaba acumular para ser rico. Les mostraré, con mi propia vida, que es posible vivir de otra manera. Que el camino fácil no es el único camino. Que la honestidad no es una limitación sino una liberación.

Y ellos, quizá, se lo contarán a sus hijos.

Y así, generación tras generación, la luz de Don Vicente seguirá alumbrando mucho después de que todos nosotros también nos hayamos graduado.

Esa es la verdadera inmortalidad.

Epílogo para los que Vendrán

Alguien leerá estas páginas dentro de diez, veinte, cincuenta años. Quizá será un hijo mío, o un nieto, o simplemente un desconocido que encontrará este texto en el archivo digital de un hombre que ya no está.

A ese lector futuro quiero decirle:

Don Vicente existió.

No fue un personaje de ficción, no fue un ideal inventado, no fue una leyenda que creció con el paso del tiempo. Fue un hombre de carne y hueso, con debilidades y fortalezas, con días buenos y días malos, con victorias y derrotas. Pero fue, sobre todo, un hombre que decidió vivir de acuerdo a sus principios aunque eso le costara caro.

En un mundo que te dirá que la integridad es ingenua, que la honestidad es para tontos, que la coherencia es imposible, recuerda a Don Vicente.

En un mundo que te empujará a transar, a ceder, a venderte, recuerda a Don Vicente.

En un mundo que te ofrecerá atajos, prebendas, ventajas ilegítimas, recuerda a Don Vicente.

Él demostró que se puede. No fácilmente, no cómodamente, no sin sacrificio. Pero se puede.

Y si él pudo, tú también puedes.

Porque esa es la última enseñanza de Don Vicente, la más importante de todas: la integridad no es un privilegio de unos pocos elegidos, es una posibilidad abierta a todo ser humano. No se nace íntegro: se llega a serlo, día tras día, decisión tras decisión, renuncia tras renuncia.

Tú también puedes elegir.

Tú también puedes marcar a otros con el hierro de tu ejemplo.

Tú también puedes ser, para alguien, un Don Vicente.

Y entonces, cuando te gradúes, otros continuarán tu obra. Y la luz no se apagará. Y la cadena no se romperá. Y el mundo será un poco mejor porque tú pasaste por él.

Eso es el legado.

Eso es la inmortalidad.

Eso es lo que Don Vicente me enseñó y lo que yo ahora te entrego.

No lo pierdas.