PRM; Raquel Peña, David Collado, Ito Bisonó, Guido Gómez, José Paliza, Orlando Jorge, Juan Garrigó

ElAvance | 26 enero 2026

Por Marino Berrigüete. La política tiene una curiosa manera de pasar factura. No lo hace con balances ni con memorias institucionales, sino con un gesto torcido, una frase mal dicha o una ausencia prolongada. Un gobierno puede exhibir cifras respetables, obras visibles y una estabilidad razonable, y aun así perder.

Porque al final no manda la estadística, sino la impresión. Y la impresión, como el humor de la gente, cambia sin pedir permiso. El Partido Revolucionario Moderno se encuentra hoy ante ese riesgo silencioso. Si quiere conservar el poder, tendrá que abandonar la comodidad del espejo y asomarse, sin filtros, a la calle. No es una advertencia nueva, pero conviene repetirla porque en política la repetición suele ser más útil que la originalidad.

Muchos dirigentes del PRM viven convencidos de que la realidad cabe en una agenda oficial y en un grupo de WhatsApp. Ese autoengaño suele ser letal. Si Luis Abinader termina entregando el poder, no será necesariamente por haber gobernado mal. Será porque la política no premia la buena conducta, sino la capacidad de leer el momento.

Y porque un expresidente joven, con proyección y discurso, se convierte en un actor incómodo incluso fuera del gobierno. La historia regional está llena de líderes que perdieron elecciones sin haber perdido del todo la razón.

Un partido, conviene recordarlo, no es solo una suma de candidaturas ni un aparato electoral que se
activa cada cuatro años. Es un relato compartido, una estética, una sensación de cercanía. Hoy el PRM arrastra un problema serio de imagen partidaria. No todos sus cuadros están en condiciones de salir a una esquina, escuchar reclamos y responder sin papeles. La política es selectiva y no perdona la desconexión. Pero hay dirigentes que todavía logran empatía, que caminan sin escolta y saben escuchar. Son valiosos, pero no suficientes.

Porque ningún liderazgo individual reemplaza a una organización aceitada.  El PRM necesita, sin más dilaciones, un proceso real de ordenamiento interno. No uno cosmético ni de discursos, sino práctico. Organizar las estructuras provinciales, reactivar los comités de base, clarificar roles y, sobre todo, depurar. Depurar duele. Genera conflictos, resentimientos y quejas. Pero perder el poder por no atreverse a hacerlo duele más, y además deja cicatrices más largas.

El reto principal de Abinader ya no es gobernar, eso lo ha demostrado. Su desafío ahora es liderar políticamente su propio proyecto. Escuchar más y mandar menos. Rodearse de gente que conozca el territorio y no solo las encuestas. Aceptar que la soberbia, en política, suele anunciar la derrota antes de que aparezcan los resultados.

Si el PRM quiere retener el poder, necesita algo elemental: un plan claro. Un proyecto unificado, con un candidato o candidata que represente continuidad y renovación al mismo tiempo. Un discurso coherente que hable de economía sin tecnicismos, de instituciones sin solemnidad, de vivienda como necesidad concreta y de corrupción con la firmeza de quien no está dispuesto a
negociar principios.

Y, sobre todo, demostrar que una nueva generación política puede hacerlo mejor que la anterior. Si no lo hace, si sigue aplazando decisiones y confiando en la inercia, el terreno quedará listo para una figura ajena al sistema. De esas que prometen arrasar con todo y que, en el intento, pueden arrasar también con la democracia.

La advertencia está hecha. Los hombres y mujeres capaces de retener el poder están en el título de este artículo. Ahora queda ver si alguien, dentro del poder, decide escuchar.
Demuéstrame que estoy equivocado…