Saquemos al diablo de adentro

ElAvance | 15 enero 2026

Gabriel López,
Cristiano, comunicador, atleta y docente.

República Dominicana se ufana de su identidad religiosa cristiana histórica: desde su descubrimiento geográfico en 1492, los valores duartianos que diseñan nuestros símbolos patrios en 1844 (lo cuál nos coloca como la única nación con una Biblia en su escudo fuente de memes y cábalas atadas a los constantes cambios climáticos que de una manera ciertamente “milagrosa” no nos impactan como deberían), un 44% de acuerdo al CIA World Factbook y en los últimos 20 años un aumento de la feligresía protestante la cuál marca un ascendente 23% de afiliación en la población de acuerdo al Per Research Center. Nuestra nación está cimentada (aún cuando no se resalte a nivel educativo ni cultural), en claros y profundos valores cristianos que han marcado nuestro accionar a través de los años.

Arrastramos prácticas tan trascendentes como pintorescas, desde el eterno “Bendición… Dios te bendiga”, la señal de la Cruz sobre personas y objetos, hasta las declaraciones, decretos, oraciones públicas, predicaciones públicas y campañas populares protestantes. Parafraseamos la Biblia, creamos paralelismos de la misma que usualmente no están en el texto original, colocamos versos bíblicos en nuestras redes sociales, y compartimos imágenes, posts podcasts y prédicas a nuestros allegados; sea por convicción, superstición, cábala o pantalla hipócrita de fe. De todas maneras, entendemos que culturalmente utilizar a Dios en nuestras acciones es positivo, independientemente de la posición religiosa personal.

Nací en un hogar católico, asumí y acepté el cristianismo protestante desde 2011 y he vivido una vida de fe intencional junto a otros creyentes, en medio de una sociedad con tan alta sensibilidad religiosa. Conozco bien la advertencia que San Pablo nos da en 2 Corintios 13:5, que nos anima a examinar nuestras vidas para entender donde está nuestra fe, y aplicando esto a este contexto, me es imposible evitar darme cuenta y señalar que algo no cuadra:

Una alta sensibilidad religiosa no equivale a una vida de fe honesta y vibrante ni a una garantía de transformación espiritual notable a aquellos que nos rodean. Una alta sensibilidad religiosa no equivale a una conexión con lo eterno, aún cuando utilizamos otros nombres, sea “Universo” o “Fuente Vital”. No quiero sonar como predicador de fuego y azufre, ni utilizar esta columna ciudadana para realizar proselitismo religioso explícito. Pero permítanme alzar la voz como parte de una sociedad hambrienta de amor, paz, paciencia, gozo, bondad, benignidad, mansedumbre y dominio propio:

Nuestra expresión religiosa actual expone nuestra baja calidad moral a niveles íntimos y profundos: somos ese colmadero que coloca la playlist de Jesús Adrián Romero la mañana después a la venta masiva de bebidas alcohólicas. Somos esa jovencita que vende su cuerpo en plataformas digitales pero que su tag de redes sociales dicta “hija de Dios, #blessed, Juan 3:16”. Somos el pastor carismático de garganta de fuego y traje hasta el cuello con varias amantes, porque les profetizó que “Dios le dijo” que dicha persona iba a ser su esposa. Somos el cantante urbano que le da gracias “al de arriba” o “al Barbú”, luego de ganar un reconocimiento por contenido opuesto a lo que Dios declara incluso en su Palabra. Somos el funcionario que se arrodilla en la Catedral en actos protocolares para recibir la Eucaristía de manos del cardenal luego de haber firmado órdenes que llenan sus arcas de los fondos del Estado.

Somos Cornelio Sarita, quién secuestró y abusó físicamente de su pareja sin ser capaz de explicar cómo hizo lo que hizo porque “se le metió el Diablo”. Somos los tíos de Brianna Genao, quiénes siendo parte de su seno familiar seguro, complotaron en su contra en un arrebato de pura maldad.
Somos los cientos de asesinos-suicidas culpables de feminicidios, cuya masculinidad frágil no soporta el abandono.

El dominicano es capaz de creer en el bien y es suficientemente osado para culpar exclusivamente a las fuerzas del mal de todo lo que nos pasa o incluso realizamos. Pero no es capaz de reconocer el mal en su propio corazón. No es capaz de declararse en bancarrota espiritual y clamar al Dios en el que dice que cree; al menos culturalmente. No es capaz de aceptar que “nuestros labios declaran Su nombre y nuestro corazón está lejos de El.”

En un país que apuesta al retorno de la Moral y Cívica a las aulas, y cuya esfera religiosa produce, tanto contenido como celebridades cristianos en masa, pero no ve los frutos de una vida transformada en todos los niveles: Propongo “sacar al diablo” de adentro. Si, a ese mismo que decimos que se nos mete. Saquémoslo con vivir LA verdad, no “tu” verdad, ni “una” verdad. Saquémoslo reconociendo nuestra oscuridad y haciendo algo al respecto. Saquémoslo amando a Dios y amando al prójimo. Saquémoslo llamando a lo bueno, “bueno” y a lo malo, “malo. Saquémoslo transformando nuestra superstición cultural por una fe genuina.

Saquemos al diablo de nuestra cultura: nuestra música, nuestra televisión, nuestra radio y nuestro cine. Saquemos al diablo de nuestras leyes y nuestro congreso. Saquemos al diablo de nuestras casas y nuestras decisiones personales.

Solo así la luz puede brillar e iluminarnos. Ay de nosotros, si rechazamos la luz, por el temor a que nuestro verdadero ser sea expuesto.