0 paradera en carretera ¿Cómo es posible que en el campo vendan más caro que en la ciudad?

Max Herrera | 22 diciembre 2025

Pararse en la carretera siempre ha sido parte del viaje… se ha vuelto una especie de ritual: dejarse ganar del hambre o la curiosidad, detenerse, mirar los chinchorros y las tienditas improvisadas, los puestos de frutas, dulces y cualquier producto artesanal o recién sacado de la tierra… Comprar algo y a la vez aportar a la economía local, hacer el recorrido más ameno y llevarse una anécdota aunque sea. Claro, no todo era barato, pero tampoco todo era un abuso. Sobre todo en los puntos en el corazón de los pueblos, cerca de donde se cultiva y se cosecha, existía un verdadero atractivo que te hacía desviarte y vivir esa experiencia breve.

Hoy, sin embargo, la historia ha cambiado, y es algo que he podido comprobar en varias regiones del país. ¿Cómo es posible que haya personas que pretendan que uno pague por un chicharrón prácticamente igual al que ofertan en la ciudad, pero en una zona rural y altamente ganadera, tal que fuera oro o un platillo en un restaurante 5 estrellas?

Esto es el caso, sobre todo, cuando te ven la "cara de turista", tal que fueras un "dominicanyol"… mi amigo yo no vengo a visitar "el patio", yo vivo en Quisqueya, en esta selvita sabrosa de asfalto, internet malo y tapones interminables, pero de gente alegre que —por lo mencionado anteriormente— hoy sufre la tendencia de inflar los precios. En toda su "viveza" y “tigueraje”, buscan ofertarte algo que fácilmente está al triple de su precio promedio en el mercado, y ni siquiera en la ciudad, sino que te lo venden, descaradamente, a metros de la zona donde se cosechó, tal que acabes calando, como consumidor final, de los costes extras que normalmente te tocaría pagar en cualquier urbe: transporte, limpieza, empaque, impuestos, etc.

Lugares que se aprovechan y te venden la libra de un lechón a $700, un aguacate a $60, un coco a $80, una piña a $200 y otros ejemplos más son los que se llegan a ver, sobre todo en estas fechas.

Lo más triste es que esta práctica rompe el círculo virtuoso de la economía local. El consumidor deja de comprar, el viaje se vuelve más tedioso y la tradición pierde su encanto. Nadie gana a largo plazo. Ni el que vende, ni el que compra, ni los estratos que depende de ese pequeño flujo diario.

En lugar de competir con frescura y precio justo, como antes, se comienzan a imitar los vicios de la ciudad, sin su estructura. Se cobra como si estuviéramos en la capital, pero sin las comodidades propias, de evitarse el susodicho trayecto. El resultado es un consumidor desconfiado y una tradición debilitada que a la larga acaba destruyendo ecosistemas comerciales perpetuados.