"La jugada maestra"

ElAvance | 25 noviembre 2025

Idalia Cabrera

Cómo la estrategia energética de Trump con el príncipe Mohammed bin Salman redefine el equilibrio geopolítico del hemisferio Tras el encuentro con Mohammed bin Salman, y luego la presencia de Zohran Mandani al lado de Donald Trump, adquirió una lectura distinta. La imagen fue precisa: Trump sentado, marcando el centro de gravedad; Mandani de pie, en posición de recepción.

En política, la gestualidad es una clave de jerarquía. La postura expresó que el poder real energético, económico y diplomático se ejerce desde el liderazgo, no desde la retórica. Mandani entendió la señal y se ubicó dentro de la nueva estructura que emerge alrededor de la energía.

La política energética vuelve a colocarse en el centro de la arquitectura de poder global. En este escenario, la reactivación del eje entre Estados Unidos y Arabia Saudita bajo el liderazgo de Trump se convierte en uno de los movimientos más determinantes del orden contemporáneo.

El encuentro con el príncipe heredero saudí, una conversación que reconfigura la gobernanza del petróleo mundial, marcó un punto de inflexión estratégico. Y no fue casual que, inmediatamente después, Trump apareciera junto a Mandani. Para los observadores en Washington, la secuencia fue un mensaje inequívoco: tras la cita con el príncipe, Mandani cumplió la instrucción. Arabia Saudita sigue siendo el actor con mayor capacidad de influencia real sobre el mercado petrolero mundial.

Su poder de ajuste, la facultad de aumentar o reducir producción sin comprometer su estabilidad, lo convierte en eje de equilibrio global. Al reforzar la relación con Riad, Trump no solo asegura acceso estratégico al petróleo; también recupera una palanca decisiva para influir en precios, moderar tensiones entre bloques energéticos y estabilizar economías dependientes del crudo.

Este movimiento reubica a Estados Unidos en un nivel de influencia que comenzaba a erosionarse frente al avance de China, Rusia y la expansión euroasiática. Trump vuelve a operar desde la doctrina clásica del poder: moldear el mercado petrolero desde la ventaja.

El reordenamiento global se evidencia en varios frentes. China, principal comprador de petróleo saudí, ve reducido su margen para asegurar contratos preferenciales. Rusia pierde peso dentro de OPEP+ cuando Washington recupera influencia. Y aunque el mundo avanza hacia energías renovables, el petróleo continúa siendo la columna logística que sostiene comercio, transporte, cadenas de suministro y seguridad energética.

Quien controle el crudo durante la transición, controla la transición misma. La participación de Mandani no puede interpretarse como un simple gesto local. Nueva York, una de las economías más expuestas a la volatilidad energética, depende de la estabilidad global para sostener competitividad e inversión. Los analistas interpretaron la secuencia saudí–Trump–Mandani como evidencia de que las decisiones energéticas tomadas en la esfera internacional están reorganizando también la política interna de Estados Unidos.

Mandani actuó no por afinidad ideológica, sino por alineamiento funcional con la arquitectura energética que emerge. Y aquí entra la lógica que muchos prefieren no decir en voz alta, pero que determina el tablero real: los líderes no se alinean por simpatía, sino por necesidad.

En un mundo donde las grandes potencias conviven con actores que provocan guerras, tensiones regionales y atentados por proximidad, los gobernantes entienden que necesitan estar cerca de quienes realmente pueden contener, negociar o neutralizar esos focos de riesgo. Mandani lo sabe.

Por eso, tras la señal enviada desde Arabia Saudita, su posición fue clara: alinearse con el poder que garantiza estabilidad y disuasión. La jugada maestra descansa sobre una premisa esencial: la energía articula política exterior, seguridad nacional y orden interno. Si Estados Unidos estabiliza precios, consolida su relación con Arabia Saudita, influye en OPEP+ y mantiene alineados a actores estratégicos como Nueva York, recupera un liderazgo global incluso en un escenario multipolar. Trump opera bajo esa lógica: usar la energía como palanca central para redefinir el equilibrio geopolítico del siglo XXI.

La imagen de Trump sentado y Mandani de pie, colocada inmediatamente después de la reunión con Mohammed bin Salman, es la visualización del rediseño de poder. Estados Unidos retoma el centro del juego energético; Arabia Saudita asegura el pivote de estabilidad; y los actores locales comprenden la dirección del tablero. Cuando el líder se sienta, el tablero se acomoda. Los demás, como Mandani, solo entienden la instrucción.

Esa es la jugada maestra.