Cuando el poder se queda sin aire

ElAvance | 17 noviembre 2025

Gabriel del Gotto

Desde fuera, el poder parece lo contrario de la soledad: agendas llenas, fotos, comitivas, chats explotados, gente esperando turno para saludar. Cuesta creer que, en el centro de todo ese ruido, pueda haber alguien solo.

La soledad del poder no empieza cuando se pierde el cargo, sino mientras se manda. Empieza el día en que una firma, un gesto o una llamada tuya pueden cambiarle la vida a mucha gente. Desde ahí, mucha gente deja de saber cómo hablarte.

El problema no es solo la persona, es la corte que la rodea. Todo centro de poder termina pareciéndose a un invernadero: adentro el clima es perfecto, el aire es filtrado y todo parece bajo control. Afuera hay sol, polvo, lluvia, calor. El que manda respira casi siempre el aire del invernadero y, poco a poco, olvida cómo se siente el aire de la calle, salvo que haga un esfuerzo consciente por salir.

Nuestra política reciente tiene sus propios invernaderos visibles: el liderazgo cercano de Hipólito, la tecnocracia de Leonel, la maquinaria silenciosa de Danilo, la promesa ética de Abinader; estilos distintos, pero todos enfrentando el mismo riesgo de terminar respirando solo el aire de adentro.

Ahí nace la primera soledad: la de la decisión. Gobernar casi nunca es elegir entre el bien y el mal, sino entre problemas distintos. Hay asesores y presentaciones, pero la firma final se pega a un solo nombre. Si algo sale mal, nadie recuerda el PowerPoint, solo a quien estaba en la punta de la mesa.

La segunda soledad es la del relato. Todo poder necesita contarse un cuento: “estamos cambiando”, “estamos modernizando”, “estamos limpiando”. El problema es cuando ese cuento no se parece a lo que vive la gente. El Gobierno celebra cifras y la gente habla de alquiler y comida. Cuando el poder solo se escucha a sí mismo, termina gobernando un país que existe en papeles, no en la calle.

La tercera soledad es más silenciosa: la moral. No se mide en encuestas, sino cuando se apagan las luces. Casi todos entran al juego con algunas líneas rojas. Pero el poder es experto en fabricar excepciones: “este caso es especial”, “es por estabilidad”, “solo esta vez”. No suele haber un gran quiebre, sino pequeñas concesiones repetidas. Más que corromper, el poder tiende a revelar qué estábamos dispuestos a negociar de nosotros mismos. Y a quien intenta sostener sus límites, el sistema muchas veces lo deja arrinconado. También se queda solo.

La literatura lo entendió antes que los manuales: del rey Lear de Shakespeare al patriarca de García Márquez, el poder termina rodeado de voces que aplauden, pero no acompañan. Aquí, Orlando Jorge solía decir que el poder es como una sombra que pasa. Él mismo perdió la vida en su despacho ministerial. La sombra se fue de golpe; lo que quedó fue la pregunta sobre qué deja cada quien detrás cuando el poder, inevitablemente, pasa.

¿Hay antídotos? Pocos, pero existen: salir del invernadero sin cámaras ni protocolo, buscar datos que no pasen por la corte, escuchar gente que no depende del Estado ni de la empresa para vivir, mantener cerca a quien pueda decir “estás equivocado” sin miedo a perderlo todo. No hay mayor lealtad que la de ser molesto con la verdad, ni mayor prueba de liderazgo que saber soportarla.

La pregunta clave no es cuánta gente se acerca al que manda mientras reparte, sino cuánta se atreve a decirle la verdad mientras todavía puede cambiar de rumbo. Y cuántos lo siguen buscando cuando ya no reparte nada.

Ahí se sabe si el poder fue solo una forma elegante de administrar su propia soledad, o un intento, con todos sus defectos, de servir y dejar algo que valga la pena cuando la sombra pase.