Héroes sin capa: el compromiso desinteresado de los voluntarios de la Defensa Civil

Lorian Cuevas | 22 julio 2025

Santo Domingo, RD.-En cada emergencia, hay un grupo de hombres y mujeres que responde sin titubeos, se trata de los voluntarios de la Defensa Civil Dominicana: una fuerza silenciosa y comprometida que, sin más arma que su voluntad, se convierte en el primer frente de respuesta ante el caos. 

Ataviados con su característico uniforme naranja, se desplazan por calles inundadas, zonas colapsadas o comunidades aisladas, guiados únicamente por el deseo de ayudar. Su presencia infunde calma, su labor devuelve la esperanza. Cada paso que dan en medio de la emergencia constituye un acto de valentía; cada vida que rescatan, un testimonio vivo de su entrega. 

Estos hombres y mujeres no buscan reconocimiento. La mayoría son ciudadanos comunes, estudiantes, maestros, agricultores y técnicos, que dedican parte de su tiempo libre a entrenarse y estar listos cuando más se les necesita. Su recompensa no es material, sino moral: la certeza de haber hecho lo correcto, de haber sostenido la vida de otro ser humano cuando todo parecía perdido. 

Son, sin lugar a duda, el rostro más humano del Estado dominicano. A través de la Defensa Civil, encarnan los valores de solidaridad, civismo y empatía que sostienen a una sociedad frente a la adversidad. Y aunque pocas veces ocupan titulares o reciben homenajes públicos, su impacto es profundo, real y constante. 

La República Dominicana cuenta con estos héroes sin capa, que con su ejemplo constituye una lección permanente de lo que significa servir, incluso cuando no hay cámaras ni aplausos. Porque para ellos, salvar una vida es más importante que cualquier reconocimiento. Y en ese gesto silencioso, se escribe la grandeza del voluntariado. 

Una historia de compromiso que nació del espíritu voluntario 

La historia de la Defensa Civil se remonta a una época donde las emergencias eran gestionadas de manera espontánea. Antes de su formalización, un grupo de radioaficionados se reunía en la sede de la Cruz Roja durante la temporada ciclónica. Con sus propios equipos de comunicación, estos ciudadanos altruistas se mantenían alerta ante cualquier eventualidad que requiriera intervención urgente. 

Fue en el contexto del gobierno provisional de Héctor García Godoy cuando, el 17 de junio de 1966, se promulgó la Ley No. 257, creando oficialmente la Defensa Civil como entidad adscrita a la entonces Secretaría Administrativa de la Presidencia. Su primer equipo operativo estuvo conformado por apenas seis personas, quienes operaban desde una pequeña oficina en la intersección de las calles Francia y Galván, en Santo Domingo. 

Desde entonces, la institución ha crecido enormemente, tanto en alcance como en estructura. Hoy cuenta con una red nacional de voluntarios, hombres y mujeres que, sin recibir remuneración económica, dedican tiempo, esfuerzo y, en muchas ocasiones, arriesgan sus vidas para proteger a los demás. La Defensa Civil tiene como misión preparar, coordinar y ejecutar acciones de gestión de riesgos, buscando preservar la vida, los bienes y el bienestar colectivo ante cualquier evento natural o provocado por el ser humano. 

Juan Salas, director ejecutivo de la institución, lo resume con contundencia: “Los voluntarios son la esencia de la Defensa Civil. Gracias a ellos, podemos responder con rapidez y eficiencia en cualquier punto del país”. 

La tragedia del Jet Set: valentía en medio del colapso 

Uno de los episodios más recientes que puso a prueba la capacidad y el temple de estos rescatistas fue el desplome del techo de la discoteca Jet Set, una tragedia que dejó decenas de heridos y marcó profundamente a la sociedad dominicana. 

Durante tres días consecutivos, más de 260 miembros de la Defensa Civil, incluyendo unidades caninas, personal de atención prehospitalaria y expertos en estructuras colapsadas, trabajaron incansablemente bajo la dirección de Juan Salas para rescatar a las víctimas. El saldo: 189 personas salvadas y una operación de rescate que fue ejemplo de coordinación, entrega y valentía. 

Entre esos voluntarios se encontraba Juan Carlos Hernández, conocido como “Keko”, quien, tras sufrir una herida en la mano mientras trasladaba a un herido entre los escombros, decidió continuar su labor sin titubeos. Su historia, como la de tantos otros, refleja el carácter firme y el compromiso inquebrantable de los voluntarios. 

Desde el Distrito Nacional hasta Santiago, brigadas especializadas aplicaron protocolos internacionales de rescate, trabajando hombro a hombro con cuerpos de bomberos, la Policía Nacional, el Sistema 9-1-1 y equipos internacionales de México, Israel y Puerto Rico. Más allá del rescate físico, la Defensa Civil brindó atención emocional, logística y acompañamiento a los familiares de las víctimas. Fue un operativo que dejó claro que la solidaridad y la preparación salvan vidas. 

Vidas marcadas por el servicio: testimonios que inspiran 

Detrás del uniforme naranja hay historias humanas, cargadas de emoción, sacrificio y orgullo. Pedro Andrés es una de ellas. Ingresó a la Defensa Civil a los 14 años como parte del grupo juvenil en Roma de Cabrera, y hoy, con 38 años y más de dos décadas de servicio, sigue tan comprometido como el primer día. “Me siento orgulloso de pertenecer a esta comunidad y de proteger la vida de quienes nos necesitan”, afirma con sencillez. 

Pedro ha enfrentado situaciones extremas, como el accidente aéreo donde resultó herido el entonces ministro de Deportes, Jaime David Fernández. “Estuvimos trabajando hasta bien entrada la noche, en una zona montañosa de difícil acceso. Pero logramos cumplir con nuestra misión”, recuerda. Sin embargo, para él, las inundaciones en Palo Verde, Montecristi, tienen un lugar especial en su memoria. “Cada vez que el Yaque del Norte crece, ahí estamos, ayudando a evacuar y proteger a las familias”. 

Otro voluntario ejemplar es Brayan Rosado. Su historia quedó marcada por un rescate que jamás olvidará: “Me tocó salvar a una niña de unos cinco años que se estaba ahogando. Saber que logras salvar una vida, y más la de un niño, te cambia para siempre”. Para Brayan, la Defensa Civil es más que una institución. Es una escuela de vida. “Aquí aprendemos a ayudar, a crecer como personas y a ser mejores ciudadanos”. 

El director Juan Salas también reconoce que mantener y ampliar el voluntariado es un desafío en estos tiempos. “Motivar a la juventud a servir es una tarea constante. Pero seguimos trabajando para mostrarles que este servicio, aunque no es lucrativo, es profundamente transformador”. Para ello, la institución ofrece formación técnica en la Escuela Nacional de Gestión de Riesgos (Esnageri), así como seguros médicos y oportunidades de crecimiento dentro de la organización. 

Hoy, más de 14 mil voluntarios activos forman parte de la Defensa Civil, un ejército de solidaridad que se mantiene alerta incluso en días festivos, cuando muchos descansan. Porque para ellos, servir no es una opción: es una vocación. 

En un mundo cada vez más enfocado en el beneficio individual, los voluntarios de la Defensa Civil Dominicana representan un recordatorio poderoso de que el altruismo aún existe. Su entrega incondicional, su preparación constante y su presencia en los momentos más difíciles son una muestra del poder de la solidaridad. Estos hombres y mujeres, héroes sin capa, son parte fundamental del tejido humano que sostiene a la República Dominicana en sus horas más oscuras. Y aunque muchas veces pasen desapercibidos, su impacto es incalculable. Porque donde hay una vida en riesgo, ahí están ellos, listos para actuar. 

Su labor, silenciosa y persistente, no busca protagonismo ni recompensa material. A cambio de largas jornadas, esfuerzos físicos extremos y situaciones de alto riesgo, los voluntarios de la Defensa Civil reciben algo que no tiene precio: la gratitud de quienes fueron auxiliados, el abrazo de una madre que recupera a su hijo, la mirada de alivio de un anciano rescatado a tiempo. En esas pequeñas grandes victorias se encuentra el verdadero sentido de su vocación. 

En cada operativo de rescate, en cada evacuación preventiva, en cada llamado de auxilio, se ponen a prueba no solo sus habilidades, sino también sus valores humanos. Son personas comunes, muchas veces con empleos, familias y responsabilidades propias, que deciden poner su tiempo al servicio de los demás. Su ejemplo trasciende la emergencia puntual y se convierte en una inspiración nacional, en un modelo de civismo, empatía y compromiso social que urge preservar y multiplicar. 

Frente a fenómenos naturales cada vez más intensos y ante un contexto global de crisis humanitarias, la República Dominicana cuenta con un ejército anaranjado que no necesita armas para defender a su gente, sino convicción y voluntad. Son guardianes de la vida, formadores de esperanza y pilares de confianza en las instituciones públicas. 

Es momento de reconocer su rol no solo con palabras, sino con políticas públicas que fortalezcan el voluntariado, que dignifiquen su entrega y que garanticen su sostenibilidad. Porque cada vez que un voluntario se activa, lo hace por amor al prójimo. Y en tiempos donde ese amor parece escaso, ellos recuerdan que aún es posible construir una sociedad más humana, más justa y solidaria. 

Hoy más que nunca, el país necesita seguir creyendo en sus héroes. Y ellos, los voluntarios de la Defensa Civil, seguirán estando ahí: sin pedir nada a cambio, pero entregándolo todo.