¿En qué creemos?

ElAvance | 13 octubre 2026

Carlos Pérez Tejada

¿En qué creemos? Es una pregunta sencilla para una época en la que creemos tener respuestas para todo. No nos la hacemos diariamente y probablemente tampoco forme parte de las conversaciones habituales, pero entiendo que deberíamos recuperarla.

¿En qué creemos como individuos? ¿En qué creemos como sociedad? ¿En qué creemos cuando hablamos de familia, religión, política, democracia, instituciones, valores o futuro?

Anteriormente he escrito sobre una de las grandes ironías de nuestro tiempo, de como somos la generación con mayor acceso a información en toda la historia de la humanidad y, al mismo tiempo, vivimos rodeados de una cantidad extraordinaria de desinformación. Tenemos prácticamente todo el conocimiento humano dentro de un aparato que llevamos en el bolsillo, pero cada vez parece más difícil distinguir entre aquello que sabemos, aquello que creemos y aquello que simplemente alguien logró convencernos de repetir.

Yuval Noah Harari plantea en Sapiens la idea fascinante de que, una parte importante de la capacidad humana para construir sociedades complejas proviene de nuestra habilidad para creer colectivamente en cosas que existen porque muchos aceptamos su existencia y sus reglas.

El dinero funciona porque creemos en su valor. Las naciones existen porque aceptamos una historia, unas fronteras y unas instituciones comunes. Las leyes tienen fuerza porque colectivamente reconocemos su autoridad. Las empresas, las religiones, los partidos políticos y muchas de las instituciones sobre las cuales construimos nuestras sociedades funcionan, en buena medida, porque existe algún grado de confianza compartida alrededor de ellas. Y lo más importante, nos hemos puesto de acuerdo -a la fuerza o no- para que estas nos rijan. 

Como concluye Harari, las sociedades necesitan creencias compartidas para poder organizarse. 

La humanidad ha cambiado muchas veces aquello en lo que cree.

Durante siglos, la religión fue posiblemente la principal estructura alrededor de la cual las sociedades occidentales organizaban su interpretación del mundo, la moral y hasta buena parte de sus leyes. Después llegaron movimientos filosóficos, revoluciones políticas, nacionalismos, liberalismo, socialismo, capitalismo, democracia y muchas otras corrientes que intentaron responder preguntas fundamentales sobre cómo debíamos vivir y organizarnos.

Y entre todos esos cambios ocurrió algo extraordinario, avanzamos. Con enormes errores, guerras, injusticias y contradicciones, pero avanzamos.

Construimos instituciones. Establecimos derechos. Creamos sistemas de justicia. Expandimos la educación. Desarrollamos mecanismos para resolver diferencias sin tener que matarnos entre nosotros. La guerra se convirtió en el último recurso. Creamos mercados que permitieron intercambiar bienes entre desconocidos ubicados a miles de kilómetros de distancia. Construimos sociedades mucho más abiertas y, en múltiples sentidos, más horizontales.

No estoy diciendo que todos hayan disfrutado por igual de ese progreso. Todavía existen enormes desigualdades, exclusiones y poblaciones que permanecen rezagadas. Pero negar el avance general de la humanidad también sería desconocer nuestra propia historia.

Entonces llegó internet. Después llegaron las llamadas redes sociales. Y ocurrió otra revolución.

Durante buena parte de la historia moderna, unas pocas instituciones controlaban gran parte de la conversación pública. Los periódicos escogían las noticias. Las estaciones de radio decidían quién hablaba. Los canales de televisión seleccionaban las voces que podían entrar a millones de hogares.

De repente, eso cambió. Cualquier persona podía publicar. Cualquiera podía cuestionar. Cualquiera podía responderle a un presidente, a un empresario, a un periodista, a un sacerdote o a un profesor.

Eso fue, en muchos sentidos, maravilloso. Pero toda revolución cobra algún precio. Horizontalizamos la comunicación y, al mismo tiempo, horizontalizamos la autoridad. Comenzamos a cuestionarlo todo.

Y dudar es bueno. De hecho, la duda es uno de los motores del conocimiento. Sócrates construyó buena parte de su pensamiento alrededor de la pregunta. Descartes utilizó la duda como punto de partida para intentar encontrar aquello que podía considerar verdadero.

El problema aparece cuando la duda deja de utilizarse como camino hacia el conocimiento y se convierte simplemente en desconfianza permanente. Pasamos de cuestionar para entender a cuestionar por cuestionar.

El médico sabe, pero encontramos un video que dice lo contrario. El científico presenta evidencia, pero alguien publica una teoría más atractiva. El periodista investiga, pero preferimos creer la versión que coincide con nuestras posiciones. Las instituciones hablan y automáticamente asumimos que algo esconden.

Deconstruimos muchas de las estructuras anteriores, algunas con razón, pero quizás no nos detuvimos suficientemente a preguntarnos qué colocaríamos en su lugar.

En ese proceso también comenzamos a perder elementos que durante siglos sirvieron para organizar nuestra convivencia. El respeto por el otro. El valor de la palabra. La familia. La responsabilidad individual. La noción de comunidad. La capacidad de escuchar una idea contraria sin convertir automáticamente a quien la expresa en nuestro enemigo.

También la religión.

No pretendo plantear aquí que todos tengamos que profesar una misma fe ni que las instituciones religiosas estén libres de errores. La historia demuestra precisamente lo contrario. Pero sería igualmente injusto desconocer el papel que la religión desempeñó estableciendo códigos morales, promoviendo comunidad y colocando ciertos límites sobre aquello que una sociedad consideraba correcto o incorrecto.

Lo peligroso sería pensar que una sociedad puede vivir indefinidamente sin ningún código.

En política está sucediendo algo parecido. Durante décadas, los partidos tenían corrientes ideológicas relativamente identificables. Uno podía estar de acuerdo o no, pero conocía aproximadamente qué defendían, cómo interpretaban el Estado, la economía, el papel del mercado o determinadas cuestiones sociales. Hoy esa frontera parece mucho menos clara.

Las figuras pesan más que las ideas. Las tendencias pesan más que los principios. Muchas organizaciones políticas parecen adaptarse constantemente al tema que domina la conversación de la semana, tratando de descubrir qué quiere escuchar la población en lugar de aplicar las decisiones difíciles que son las que nos hacen avanzar como sociedad y son las necesarias. 

Entonces, la política contemporánea se adentró en la problemática del: ¿cómo puede alguien creen en ti sino sabe en qué crees tu? 

Ya los tiempos de un logo, un color o una historia partidaria no bastan. Las nuevas generaciones quieren saber para qué existe una organización, qué valores defiende, qué sociedad propone construir y por qué deberían confiar en quienes la representan.

Y esto no es únicamente responsabilidad de los partidos. Las instituciones públicas, los empresarios, los medios de comunicación, las iglesias y quienes ejercemos algún tipo de liderazgo u opinión pública enfrentamos el mismo problema.

La credibilidad ya no viene incluida con el cargo. Hay que construirla.

Una sociedad donde nadie cree en nadie termina siendo una sociedad incapaz de ponerse de acuerdo incluso sobre sus verdades más elementales. Y una sociedad sin mínimos compartidos se vuelve extraordinariamente difícil de gobernar, organizar y desarrollar.

El verdadero reto consiste en conservar aquello que funcionó, cuestionar aquello que debe cambiar y construir nuevos consensos capaces de acompañarnos durante esta etapa de la humanidad. Valores. Familia. Respeto. Instituciones. Responsabilidad. Comunidad. Justicia. Democracia. Fe, para quienes la profesen. Y, especialmente, la posibilidad de reconocer que alguien puede pensar diferente sin necesariamente estar equivocado en todo.