Nietzsche y Heidegger: dos pensamientos frente al abismo del ser

ElAvance | 18 septiembre 2026

Denny Agramonte

La ruptura con la tradición

Hay filósofos que construyen sistemas y hay filósofos que abren abismos. Friedrich Nietzsche y Martin Heidegger pertenecen, aunque de maneras radicalmente distintas, a esta segunda estirpe. Ambos comprendieron que la filosofía occidental había llegado a un punto en el que ya no bastaba con responder preguntas heredadas: era necesario interrogar el fundamento mismo desde el cual esas preguntas habían sido formuladas.

Nietzsche aparece como el gran demoledor de las certezas occidentales. Su filosofía no se limita a negar determinadas doctrinas; emprende una genealogía de los valores que Europa había considerado eternos. Dios, la moral, la verdad, la razón, el bien: detrás de esas palabras Nietzsche descubre historias, instintos, relaciones de fuerza, necesidades vitales. La filosofía deja entonces de ser una contemplación inocente de la verdad y se convierte en una investigación sobre las condiciones que hicieron posible que determinados hombres llamaran «verdadero» a algo y «bueno» a otra cosa.

Heidegger heredará esa sospecha, pero la llevará hacia otra región. Si Nietzsche pregunta qué fuerzas producen nuestros valores, Heidegger pregunta qué significa que algo pueda aparecer ante nosotros como ente y qué hemos olvidado al ocuparnos exclusivamente de los entes. El problema deja de ser únicamente moral o genealógico: se convierte en ontológico.

La distancia entre ambos es profunda. Nietzsche anuncia la transvaloración de todos los valores; Heidegger intenta pensar el olvido del ser. Sin embargo, existe entre ellos una secreta continuidad: ambos consideran que la tradición occidental ha llegado a un momento de agotamiento y que la filosofía debe regresar a aquello que la metafísica dejó en la sombra.

Nietzsche: la filosofía como genealogía y combate

Nietzsche sospecha de las verdades demasiado tranquilas. Allí donde un filósofo tradicional encuentra una proposición universal, Nietzsche busca al hombre que necesitó inventarla.

La pregunta fundamental de su pensamiento no es simplemente «¿qué es la verdad?», sino también «¿qué tipo de vida necesita esta verdad?». La verdad deja de ser una entidad suspendida sobre la existencia y comienza a ser examinada desde la vida concreta que la sostiene.

Su crítica de la moral cristiana constituye uno de los episodios centrales de esta empresa. Nietzsche interpreta determinados valores occidentales —la humildad, la resignación, la obediencia, la compasión entendida como ideal absoluto— como expresiones históricas de una determinada configuración de fuerzas. En La genealogía de la moral intenta mostrar que los valores no descendieron del cielo: fueron producidos por hombres, conflictos, resentimientos y luchas.

De ahí surge su concepto de transvaloración. No se trata simplemente de sustituir una lista de normas por otra. La tarea es mucho más radical: investigar el origen de los valores y preguntarse si aquellos valores favorecen la expansión de la vida o, por el contrario, constituyen una forma refinada de negarla.

Nietzsche introduce así una filosofía de la afirmación. El individuo superior no es aquel que se refugia en una moral previamente establecida, sino aquel capaz de crear valores después de haber atravesado la ruina de los valores heredados.

Aquí aparece una de sus figuras decisivas: el Übermensch, el «superhombre» o «ultrahombre». No debe entenderse vulgarmente como una especie biológicamente superior ni como una justificación del dominio político. Representa, más bien, la posibilidad de una humanidad que ha dejado atrás la dependencia de valores impuestos desde fuera y que posee la fuerza creadora necesaria para otorgar forma a su propia existencia.

El hombre, para Nietzsche, es tránsito. No es una culminación.

La muerte de Dios y el vacío de Occidente

Pocas expresiones filosóficas han adquirido tanta resonancia como «Dios ha muerto». Pero comprenderla únicamente como una negación del cristianismo sería reducir su profundidad.

Nietzsche no está describiendo simplemente la desaparición de una creencia religiosa. Está anunciando el derrumbe de un principio ordenador de la civilización europea. Durante siglos, Dios había proporcionado un fundamento último para la verdad, la moral y el sentido. Al desaparecer ese fundamento, queda una pregunta mucho más inquietante: ¿qué impedirá que los valores se conviertan en simples convenciones?

El nihilismo surge precisamente en ese espacio.

El nihilismo no consiste solamente en afirmar que nada tiene sentido. Es la experiencia histórica de que los valores supremos han perdido su fuerza vinculante. El mundo continúa existiendo, los hombres continúan trabajando, amando, guerreando y muriendo, pero el fundamento último que otorgaba orientación a esas acciones comienza a desaparecer.

Nietzsche percibe con extraordinaria lucidez que la muerte de Dios no produce inmediatamente libertad. Puede producir primero desorientación.

El hombre que destruye sus viejos ídolos todavía no sabe qué hacer con sus manos.

Por eso Nietzsche no se conforma con destruir. Su proyecto exige creación. Después de la crítica debe venir la afirmación; después del nihilismo, una nueva posibilidad de valorar; después de la muerte de Dios, la difícil tarea de convertirse en creador de sentido.

Heidegger: el retorno a la pregunta por el ser

Heidegger comienza desde una inquietud diferente. En Ser y tiempo sostiene que la filosofía occidental ha olvidado una pregunta elemental: ¿qué significa ser?

La paradoja es formidable. Los hombres hablan continuamente de aquello que existe, clasifican los objetos, estudian los acontecimientos, calculan, explican y dominan técnicamente el mundo. Pero rara vez se preguntan por el significado mismo de «ser».

Heidegger distingue entre el ente y el ser. Los entes son las cosas que encontramos: una piedra, un árbol, una institución, una persona, un Estado, una estrella. El ser no es otro ente escondido detrás de ellos. Es aquello que permite que los entes puedan aparecer como entes.

Aquí comienza una de las empresas filosóficas más profundas del siglo XX.

Para estudiar el problema del ser, Heidegger dirige su atención hacia el ser humano, al que denomina Dasein. El Dasein no es simplemente «el hombre» entendido como objeto biológico o psicológico. Es el ente para el cual su propio ser constituye una cuestión.

El ser humano no simplemente existe: sabe, de alguna manera, que existe y debe relacionarse con esa existencia.

Esta condición explica conceptos fundamentales de Heidegger como existencia, posibilidad, angustia, autenticidad, temporalidad, ser-para-la-muerte y cotidianidad.

La existencia auténtica y la dictadura de «el uno»

Uno de los aspectos más penetrantes de Heidegger es su análisis de la existencia cotidiana.

El hombre ordinario vive frecuentemente bajo el dominio de lo que Heidegger denomina das Man, traducido habitualmente como «el uno», «la gente» o «el se». Se dice lo que «se dice», se piensa lo que «se piensa», se hace lo que «se hace». La existencia queda absorbida por una impersonalidad colectiva.

El individuo cree elegir, pero muchas veces simplemente repite.

Esta intuición adquiere una extraordinaria actualidad. La sociedad moderna dispone de mecanismos cada vez más eficaces para uniformar la percepción: modas, opiniones públicas, discursos colectivos, entretenimiento, propaganda y, en nuestro tiempo, redes digitales capaces de transformar la atención humana en mercancía.

La existencia inauténtica no significa necesariamente vivir inmoralmente. Significa vivir sin apropiarse radicalmente de la propia existencia.

La autenticidad, por el contrario, aparece cuando el individuo deja de esconderse detrás de la multitud y comprende que su existencia es irremediablemente suya.

Pero Heidegger introduce aquí una idea decisiva: la autenticidad no consiste en inventarse una personalidad extravagante. Consiste en asumir la propia condición finita.

Y esa finitud encuentra su expresión máxima en la muerte.

Nietzsche y Heidegger frente a la muerte

Nietzsche y Heidegger coinciden en conceder a la muerte una importancia filosófica excepcional, aunque la interpretan desde perspectivas diferentes.

Nietzsche enfrenta la muerte desde la afirmación. Su pensamiento busca una existencia capaz de decir sí incluso a aquello que la destruye. El eterno retorno constituye la prueba extrema de esta afirmación: vivir de tal manera que uno pudiera querer que cada instante de su existencia se repitiera eternamente.

El eterno retorno no debe reducirse a una cosmología. Puede ser comprendido como una prueba espiritual: si tuvieras que vivir nuevamente tu vida, exactamente como la has vivido, ¿podrías afirmarla?

Heidegger, en cambio, interpreta la muerte como la posibilidad más propia del Dasein. El ser humano es un ser-para-la-muerte. La muerte no es simplemente un acontecimiento que ocurrirá al final de la vida; constituye una posibilidad permanente que estructura nuestra existencia.

La conciencia de la muerte puede arrancarnos de la trivialidad cotidiana.

En la muerte desaparecen las excusas. No podemos delegarla.

Nadie puede morir por mí.

Por eso la muerte posee en Heidegger una función reveladora: devuelve al individuo a sí mismo.

Voluntad de poder y voluntad de verdad

Nietzsche interpreta la existencia desde la voluntad de poder. Pero esta expresión tampoco debe confundirse con la vulgar voluntad de dominar políticamente a los demás.

La voluntad de poder designa una dinámica fundamental de expansión, interpretación, apropiación y creación. La vida no es mera conservación: también quiere desplegarse, superarse, adquirir forma.

Incluso el conocimiento puede ser interpretado desde esta perspectiva. El filósofo no contempla el mundo desde una neutralidad absoluta; interpreta. Toda perspectiva revela y oculta.

Heidegger llevará esta crítica de la tradición metafísica hacia otro horizonte. La modernidad, según él, ha convertido progresivamente el mundo en objeto disponible para el cálculo y la utilización.

La técnica moderna no es simplemente un conjunto de máquinas. Es una manera de revelar la realidad. Bajo su dominio, las cosas aparecen primordialmente como recursos disponibles.

El bosque deja de ser bosque para convertirse en reserva de madera; el río deja de ser río para convertirse en potencial energético; el territorio se transforma en recurso; incluso el hombre corre el riesgo de convertirse en recurso humano.

En esta crítica de la técnica puede encontrarse una de las conexiones más fecundas entre Heidegger y Nietzsche: ambos sospechan de una civilización que ha convertido la existencia en objeto de dominio.

El nihilismo: Nietzsche y Heidegger

Heidegger consideró a Nietzsche el último gran metafísico de Occidente. Esta interpretación puede parecer paradójica, porque Nietzsche había intentado destruir la metafísica.

Pero para Heidegger, Nietzsche no habría abandonado completamente la estructura metafísica occidental. Su concepto de voluntad de poder y su doctrina del eterno retorno representarían, en cierto sentido, la culminación de la metafísica de la subjetividad.

Aquí se produce uno de los grandes debates de la filosofía contemporánea.

Nietzsche cree que Occidente necesita superar la metafísica mediante una transvaloración. Heidegger considera que incluso Nietzsche permanece dentro del horizonte metafísico que pretende superar.

La diferencia es esencial.

Nietzsche pregunta: ¿qué nuevos valores podremos crear?

Heidegger pregunta: ¿por qué seguimos pensando desde categorías que nos impiden experimentar el ser?

Uno quiere superar la decadencia mediante la creación. El otro quiere regresar a la pregunta que la metafísica habría olvidado.

Ambos, sin embargo, contemplan el mismo paisaje espiritual: el agotamiento de los fundamentos tradicionales.

Dos filósofos contra la comodidad intelectual

Nietzsche y Heidegger incomodan porque ninguno permite que el hombre permanezca demasiado tiempo tranquilo.

Nietzsche destruye las máscaras morales.

Heidegger destruye las seguridades ontológicas.

Nietzsche sospecha del valor.

Heidegger sospecha de nuestra comprensión del ser.

Nietzsche pregunta quién habla detrás de la verdad.

Heidegger pregunta qué significa que algo pueda ser considerado verdadero.

En ambos casos, filosofar significa abandonar la superficie.

La filosofía deja de ser una colección de respuestas y se convierte en una disciplina de desocultamiento.

Quizá por eso sus pensamientos continúan siendo tan perturbadores. Ambos comprendieron que el mayor peligro intelectual no consiste en equivocarse, sino en vivir dentro de preguntas que nunca hemos examinado.

La herencia de Nietzsche y Heidegger

La influencia de Nietzsche y Heidegger sobre la filosofía contemporánea es inmensa. El existencialismo, la hermenéutica, la fenomenología, la teoría crítica y diversas corrientes del pensamiento contemporáneo encontraron en ellos problemas, conceptos y métodos que modificaron profundamente la manera de comprender al hombre.

Pero su legado más importante quizá no sea una doctrina.

Es una exigencia.

Nietzsche exige valentía para destruir los valores que ya no podemos sostener.

Heidegger exige profundidad para volver a preguntar por aquello que hemos dejado de preguntar.

Uno nos coloca frente al vacío dejado por la muerte de Dios. El otro nos coloca frente al misterio del ser.

Entre ambos queda suspendido el hombre moderno: sin fundamentos absolutos, pero todavía incapaz de vivir sin ellos; rodeado de conocimiento, pero cada vez más distante de la pregunta por el sentido; dueño de extraordinarios instrumentos técnicos, pero no necesariamente dueño de sí mismo.

Tal vez allí resida la actualidad de ambos.

Nietzsche nos recuerda que una vida sin creación puede convertirse en una forma de decadencia. Heidegger nos recuerda que una existencia sin conciencia de su finitud puede convertirse en una existencia impersonal.

El primero nos invita a superar al hombre que somos.

El segundo, a comprender al hombre que ya somos.

Y entre esas dos exigencias —superarse y comprenderse— aparece una de las preguntas esenciales de la filosofía: qué significa vivir de manera verdaderamente propia.

Porque quizá el hombre no sea una respuesta.

Quizá sea todavía una pregunta.