La República que no aprende

ElAvance | 10 septiembre 2026

Denny Agramonte

Una lectura de PISA 2025 y el desafío de refundar la educación dominicana

Hay estadísticas que describen una realidad y hay estadísticas que, de pronto, parecen interrogarla.

Los resultados de PISA 2025 pertenecen a la segunda categoría.

La República Dominicana acaba de recibir una nueva fotografía de sí misma. No es una fotografía tomada por un adversario político, ni por un editorialista, ni por la oposición de turno. La tomó una organización internacional, mediante una evaluación aplicada a estudiantes de quince años en decenas de países y economías.

Y la imagen no es cómoda.

En matemáticas, nuestros estudiantes obtuvieron 339 puntos; en lectura, 346; en ciencias, 361. Los promedios de la OCDE fueron 463, 461 y 482, respectivamente. Pero acaso el número más inquietante no sea ninguno de esos promedios: el 90.6 % de los estudiantes dominicanos evaluados quedó por debajo del nivel 2 de competencia matemática.

Conviene detenerse ante esa cifra.

Noventa de cada cien.

No estamos ante un pequeño defecto estadístico, una imperfección curricular o una diferencia marginal entre sistemas escolares. Estamos ante una pregunta de Estado.

¿Qué está ocurriendo en una sociedad cuando nueve de cada diez adolescentes de quince años no alcanzan siquiera el umbral básico de competencia matemática que utiliza PISA?

La pregunta es más importante que la respuesta inmediata.

Porque sería demasiado fácil culpar al estudiante.

Y sería igualmente fácil culpar al maestro.

La realidad, como casi siempre, es más incómoda: cuando un sistema produce persistentemente resultados deficientes, el primer sospechoso no debería ser el individuo, sino el sistema que lo formó.

El espejo

PISA no es un oráculo.

No mide toda la inteligencia humana, ni la creatividad, ni la nobleza del carácter, ni la imaginación, ni la sensibilidad artística. Un país no puede ser reducido a tres números.

Pero tampoco debemos cometer el error contrario: despreciar el espejo porque no muestra todo el rostro.

PISA mide algo decisivo: qué pueden hacer los estudiantes con lo que supuestamente han aprendido.

Y ahí está precisamente nuestra dificultad.

Un sistema educativo puede producir estudiantes que conocen definiciones, fechas, fórmulas y conceptos; pero la educación adquiere su verdadero significado cuando el estudiante puede utilizar esos conocimientos para comprender una situación desconocida, resolver un problema, interpretar información, distinguir una afirmación verdadera de otra falsa y construir una respuesta razonada.

La diferencia parece pequeña.

No lo es.

Memorizar es almacenar. Pensar es transformar.

Durante demasiado tiempo hemos confundido ambas operaciones.

El problema no es solamente académico

La tentación consiste en interpretar estos resultados como un problema exclusivamente escolar.

No lo es.

Un sistema educativo es una especie de espejo ampliado de la sociedad.

La escuela recibe niños formados —o deformados— por sus hogares, por sus comunidades, por sus hábitos culturales, por los medios de comunicación, por las redes sociales y por el ejemplo de los adultos.

Si una sociedad recompensa la rapidez más que la profundidad, el estudiante aprende a buscar respuestas rápidas.

Si recompensa la apariencia más que el conocimiento, aprende a aparentar.

Si desprecia la lectura, no lee.

Si convierte el teléfono en una extensión de la conciencia, difícilmente conseguirá que un adolescente permanezca una hora frente a un texto complejo.

Y aquí aparece uno de los datos más reveladores de PISA 2025: los estudiantes dominicanos reportaron alrededor de dos horas diarias de uso recreativo de dispositivos digitales en la escuela, una de las cifras más altas entre los países participantes.

No se trata de demonizar la tecnología.

La tecnología puede ser una de las grandes herramientas educativas de nuestro tiempo.

El problema aparece cuando el instrumento deja de estar al servicio del aprendizaje y el aprendizaje comienza a estar al servicio del instrumento.

Un teléfono puede abrir una biblioteca.

También puede cerrar una mente.

La tragedia de la lectura

El dato de lectura debería preocuparnos especialmente.

Nuestros estudiantes obtuvieron 346 puntos, frente a 461 de promedio en la OCDE, y su rendimiento descendió 6 puntos respecto de 2022.

Pero detrás de esos puntos existe algo mucho más profundo.

Una persona que no comprende un texto difícil tiene dificultades para comprender un contrato.

Una persona que no distingue una tesis de un argumento tendrá dificultades para comprender un discurso político.

Una persona que no sabe evaluar una fuente estará indefensa ante la propaganda.

Una persona que no puede establecer conexiones entre distintas informaciones será vulnerable a la manipulación digital.

Y una persona que nunca aprendió a leer profundamente difícilmente podrá pensar profundamente.

Por eso la crisis de la lectura no es un asunto de profesores de lengua española.

Es un problema de democracia.

Una ciudadanía que no comprende lo que lee es una ciudadanía vulnerable a quien grita más fuerte.

La República que no lee termina siendo gobernada, inevitablemente, por quienes saben fabricar relatos.

Matemáticas: el síntoma más brutal

Las matemáticas ofrecen quizá el diagnóstico más severo.

339 puntos.

90.6 % por debajo del nivel 2.

Pero sería un error interpretar la matemática únicamente como una asignatura.

Las matemáticas enseñan algo mucho más importante que sumar, restar o resolver ecuaciones.

Enseñan a pensar en relaciones.

A reconocer patrones.

A trabajar con abstracciones.

A comprobar.

A equivocarse y volver a comenzar.

A distinguir entre una intuición y una demostración.

Una población con débiles capacidades matemáticas no solamente tendrá dificultades para producir ingenieros y científicos.

También tendrá dificultades para interpretar una estadística, comprender una tasa de interés, analizar un presupuesto público, evaluar una encuesta electoral o descubrir que una cifra aparentemente convincente es, en realidad, una manipulación.

La matemática es una forma de ciudadanía.

Pero hay algo que PISA también nos dice

Aquí debemos evitar el pesimismo fácil.

Porque los datos contienen una paradoja.

El sistema dominicano está muy lejos de los niveles que debería alcanzar, pero no todo está descendiendo.

En ciencias, el país obtuvo 361 puntos en 2025 y la variación respecto de 2022 no fue estadísticamente significativa. Más aún: durante su trayectoria de participación, la República Dominicana registra una de las tasas decenales de crecimiento más importantes en ciencias.

Esto significa algo fundamental:

el sistema puede cambiar.

No estamos condenados por una maldición cultural.

No existe un ADN dominicano de la mediocridad.

No hay una fatalidad tropical que nos impida aprender.

Si podemos mejorar en determinados ámbitos, podemos mejorar en todos.

La cuestión, entonces, no es si podemos.

La cuestión es si estamos dispuestos a hacerlo durante el tiempo suficiente.

La reforma que necesitamos

La República Dominicana no necesita otra reforma educativa concebida como una sucesión de documentos.

Necesita una política nacional de aprendizaje.

Y una política de aprendizaje debería descansar, a mi juicio, sobre siete pilares.

Primero leer; después sofisticar

Durante los primeros años de escolaridad debería existir una obsesión nacional: que ningún niño llegue a los cursos superiores sin comprender perfectamente lo que lee.

No basta con alfabetizar.

Hay que formar lectores.

Lectura diaria.

Bibliotecas escolares reales.

Libros físicos.

Lectura en voz alta.

Comprensión.

Discusión.

Escritura.

Argumentación.

Un niño que lee todos los días está adquiriendo, simultáneamente, vocabulario, memoria, imaginación, concentración y capacidad de razonamiento.

El libro debería recuperar dentro de la escuela una centralidad que ninguna pantalla puede reemplazar.

Menos contenidos, más profundidad

Uno de los errores de los sistemas educativos consiste en intentar enseñar demasiado.

Un currículo gigantesco puede producir una paradoja: cuanto más pretende abarcar, menos consigue que el estudiante domine.

La OCDE señala que los sistemas más exitosos tienden a concentrarse en menos áreas con mayor profundidad, fortalecer la enseñanza y proporcionar apoyo específico a quienes más lo necesitan.

La República Dominicana debería preguntarse:

¿Qué veinte cosas fundamentales debe saber hacer un estudiante dominicano al terminar la secundaria?

Y luego construir todo el sistema alrededor de esas capacidades.

Leer.

Escribir.

Argumentar.

Calcular.

Investigar.

Resolver problemas.

Interpretar datos.

Comprender ciencia.

Conocer la historia nacional.

Comprender el mundo.

Trabajar en equipo.

Hablar correctamente.

Pensar críticamente.

Aprender de manera autónoma.

Gobernar las propias emociones.

Y continuar aprendiendo después de abandonar la escuela.

Convertir al maestro en el centro de la reforma

Existe una verdad incómoda que cualquier reforma educativa seria debe aceptar:

no habrá escuela excelente sin maestros excelentes.

PISA 2025 encuentra en la República Dominicana una relación particularmente fuerte entre el apoyo del profesor y el rendimiento en ciencias.

Ese dato debería producir una revolución silenciosa en nuestra política educativa.

Menos obsesión con el edificio.

Más obsesión con quien enseña dentro de él.

Hay que seleccionar mejor.

Formar mejor.

Evaluar mejor.

Acompañar mejor.

Pagar dignamente.

Pero también exigir.

Porque dignificar al maestro no significa convertirlo en intocable.

Significa reconocer que una profesión de semejante importancia merece simultáneamente prestigio, formación, autonomía, condiciones adecuadas y exigencia profesional.

Crear un ejército académico de recuperación

No podemos esperar diez años para descubrir si una generación aprendió.

Hay que medir continuamente.

Cada niño debería tener un diagnóstico nacional periódico de lectura, escritura y matemáticas.

Y cuando un estudiante quede rezagado, la respuesta no debería ser simplemente hacerlo repetir el curso.

Debería recibir tutoría intensiva.

Horas adicionales.

Grupos pequeños.

Mentores.

Acompañamiento familiar.

Apoyo psicológico cuando sea necesario.

La OCDE destaca precisamente la importancia de proporcionar apoyo adicional a los estudiantes con dificultades en lugar de confiar exclusivamente en la repetición de grado.

No debemos esperar a que el fracaso se vuelva adulto para intentar repararlo.

Una revolución nacional de las matemáticas

Propongo algo más ambicioso:

un Programa Nacional de Dominio Matemático.

No para preparar estudiantes exclusivamente para PISA.

Para cambiar la relación del dominicano con el razonamiento.

Matemáticas todos los días.

Problemas contextualizados.

Finanzas personales.

Estadística.

Probabilidad.

Lógica.

Geometría.

Pensamiento computacional.

Programación.

Aplicaciones a la economía, la agricultura, la ingeniería, la medicina y la vida cotidiana.

El niño debe descubrir que las matemáticas no son una colección de castigos escritos en una pizarra.

Son una manera de comprender el mundo.

La escuela debe enseñar a convivir con la inteligencia artificial

La respuesta al mundo digital no puede ser regresar al siglo XX.

La inteligencia artificial ya existe.

Los estudiantes la utilizarán.

La cuestión no es impedirlo.

Es enseñarles a utilizarla sin renunciar a pensar.

PISA 2025 muestra que la relación entre inteligencia artificial y rendimiento es compleja: los estudiantes que la utilizan frecuentemente para aprender y reciben formación para evaluar la calidad de la información generada pueden presentar mejores resultados, pero también existe el riesgo de ampliar las desigualdades de acceso y uso competente.

La escuela dominicana debería enseñar:

qué es una IA;

cómo formular preguntas;

cómo verificar sus respuestas;

cómo detectar errores;

cómo contrastar fuentes;

cómo citar;

cómo utilizarla sin sustituir el razonamiento.

La regla debería ser sencilla:

la inteligencia artificial puede ayudarte a pensar; jamás debe pensar por ti.

Recuperar la idea de excelencia

Hay una palabra que debemos perderle el miedo:

excelencia.

Durante demasiado tiempo hemos hablado exclusivamente de inclusión, cobertura, acceso y equidad.

Todo eso es indispensable.

Pero existe una falsa dicotomía entre equidad y excelencia.

Un sistema educativo verdaderamente justo no debería conformarse con que todos tengan acceso a una educación mediocre.

Debe procurar que todos tengan acceso a una educación excelente.

Y aquí aparece una cuestión particularmente importante: también debemos cultivar a los estudiantes extraordinarios.

PISA muestra que la proporción de estudiantes dominicanos que alcanza los niveles superiores de competencia es prácticamente nula en varias áreas.

Eso también es una tragedia.

Una nación necesita cuidar al estudiante rezagado.

Pero también necesita descubrir al próximo científico, escritor, matemático, filósofo, ingeniero, médico, empresario o estadista.

La igualdad no debería significar que todos lleguen al mismo lugar.

Debería significar que nadie sea condenado por su origen a no descubrir hasta dónde puede llegar.

La reforma más difícil

Sin embargo, ninguna de estas medidas será suficiente si no cambiamos nuestra concepción de la educación.

Porque el problema fundamental quizá no esté en los libros.

Ni en los edificios.

Ni siquiera en el presupuesto.

Está en la respuesta que damos a una pregunta aparentemente sencilla:

¿Para qué educamos?

Si educamos solamente para conseguir empleo, produciremos trabajadores.

Si educamos únicamente para aprobar exámenes, produciremos examinados.

Si educamos para obtener títulos, produciremos titulados.

Pero si educamos para comprender, pensar, crear, servir y gobernarse a sí mismo, podremos producir algo mucho más difícil:

ciudadanos.

Y una República no se sostiene solamente sobre carreteras, hospitales, empresas y edificios.

Se sostiene sobre la calidad intelectual y moral de sus ciudadanos.

El pacto educativo que falta

Por eso necesitamos algo que vaya más allá de otra reforma administrativa.

Necesitamos un Pacto Nacional por el Aprendizaje que sobreviva a los gobiernos.

Diez o quince años.

Metas públicas.

Indicadores anuales.

Evaluaciones independientes.

Resultados publicados.

Programas que continúen aunque cambie el ministro.

Presupuesto vinculado a objetivos verificables.

Y una regla fundamental:

ningún gobierno debería poder declarar éxito educativo simplemente porque gastó el presupuesto asignado.

El verdadero indicador del gasto educativo no es cuánto dinero salió del Tesoro.

Es cuánto conocimiento entró en la mente de nuestros niños.

Quizá dentro de veinte años alguien mire hacia atrás y descubra que PISA 2025 fue algo más que otra tabla internacional.

Quizá descubra que fue un espejo.

Y que la República tuvo entonces dos posibilidades.

Podía romper el espejo porque no le gustaba la imagen.

O podía mirarse detenidamente y preguntarse qué debía cambiar.

Yo prefiero la segunda.

Porque los países verdaderamente grandes no son aquellos que nunca aparecen en los últimos lugares.

Son aquellos que, después de descubrir que están allí, deciden que no permanecerán allí.

La educación dominicana no necesita una nueva retórica.

Necesita una nueva voluntad.

Necesita maestros respetados y exigidos.

Niños que lean.

Adolescentes que sepan razonar.

Universidades que investiguen.

Familias que participen.

Escuelas que midan.

Gobiernos que rindan cuentas.

Y una sociedad que vuelva a considerar el conocimiento como una forma de prestigio.

Porque quizá el verdadero problema de nuestra educación no sea que nuestros estudiantes estén muy abajo en una clasificación internacional.

Quizá el problema sea más profundo.

Quizá todavía no hayamos decidido, como nación, que queremos ser excelentes.

Y una nación que no convierte la excelencia en una ambición colectiva termina convirtiendo la mediocridad en costumbre.

El desafío, por tanto, no consiste simplemente en subir algunos puntos en PISA.

Consiste en algo infinitamente más ambicioso:

hacer de la inteligencia, del conocimiento, de la disciplina y de la excelencia una causa nacional.

Entonces PISA dejará de ser un espejo que nos humilla.

Y comenzará a ser una brújula.