La economía del odio

ElAvance | 09 septiembre 2026

Orlando Jorge Villegas

Uno de los grandes fenómenos de nuestra era es el fomento de la ira y el miedo a través de las redes sociales y medios digitales. Así lo reconocen autores e intelectuales como Yuval Noah Harari y Moises Naim, que han estudiado a profundidad los elementos disruptivos que han servido de catalizador para los cambios geopolíticos, sociales y antropológicos en el siglo XXI.

Las redes sociales buscan engagement, y lo que alimenta ese algoritmo hoy día son precisamente la ira y el miedo. En diversas conversaciones con actores gubernamentales, políticos y empresariales, les he reiterado que posicionar “temas positivos” es difícil porque el ejercicio de individualismo que plantean las redes sociales, supera cualquier realidad colectiva.

El ser humano prefiere mil veces desahogarse en plataformas como Instagram y Tik Tok, que reconocer una acción bondadosa de un tercero. De ahí que hoy día el reto más grande de Occidente, principalmente, son las luchas narrativas. El relato mató el dato. En Oriente, los controles hacia el internet y múltiples medios digitales, aún permite que en muchos países el dominio de la narrativa sea más fuerte, como es el caso de China.

Todo esto ha llevado al surgimiento no solo de liderazgos políticos emergentes, sino de figuras mediáticas que utilizan la controversia, sin piedad ni prigilio, para monetizar los views a toda costa. Lo que aparenta un simple show de entretenimiento, está moldeando la mente de nuestras sociedades. Preferimos ver, consumir y pasarnos las 24 horas del día hablando de los promotores de la ira, el miedo, el irrespeto y la falta de educación, por encima de cualquier tema, hasta banal que fuere, que no forme parte del algoritmo.

El (¿maldito?) algoritmo está dirigiendo el rumbo de nuestra sociedad. En esa trampa han caído las élites políticas, sociales y empresariales. Y claro, nadie está dispuesto a enfrentar a los actores del algoritmo, porque sería la batalla de un llanero solitario contra un grupo que en un minuto tiene la capacidad de destruir reputaciones. No todo el mundo está dispuesto a pagar el precio.

La economía del odio, como he denominado este fenómeno, nos puede salir caro si no entendemos el impacto profundo que está teniendo en todos los niveles de la sociedad. Por suerte, hay una masa silente que está viendo y analizando todo, pero no termina de chocar contra esta cruda realidad.

Por último, muchos de los actores que fomentan y viven de la economía del odio, son, como dice Lewis Strauss en la película Oppenheimer, interpretado magistralmente por Robert Downey Jr., “amateurs que buscan el sol y salen quemados”.