El legado de los Juegos: mucho más que medallas

ElAvance | 27 agosto 2026

Por Firi Bordas

Los XXV Juegos Centroamericanos y del Caribe Santo Domingo 2026 terminaron. Se apagó el pebetero, los atletas regresaron a sus países y las competencias pasaron a formar parte de la historia.

Pero hay una pregunta mucho más importante que saber quién ganó más medallas:

¿Qué nos dejaron los Juegos?

Porque organizar un evento deportivo de esta magnitud no puede justificarse únicamente por unas semanas de competencias. Su verdadero valor debe medirse por aquello que permanece después: en las ciudades, en la economía, en nuestros atletas y, sobre todo, en la mente de una nueva generación.

Santo Domingo 2026 reunió a miles de atletas de decenas de países y convirtió durante varias semanas a la República Dominicana en uno de los grandes centros deportivos de la región.

El país realizó, además, una importante inversión pública en infraestructura deportiva, rehabilitando y modernizando instalaciones que ahora representan uno de los principales activos físicos dejados por los Juegos.

Sin embargo, cemento, pistas, piscinas y pabellones constituyen solamente una parte del legado.

El mayor desafío comienza ahora.

  1. El impacto sobre la población: volver a sentir que el deporte nos pertenece

Durante los Juegos ocurrió algo que ninguna estadística económica refleja completamente: miles de dominicanos volvieron a reunirse alrededor del deporte.

Familias enteras acudieron a las instalaciones. Niños descubrieron disciplinas que quizás nunca habían visto en vivo. El atletismo, el voleibol, el boxeo, la natación, el baloncesto, el sóftbol, los deportes de combate y muchas otras competencias convocaron grandes cantidades de público.

Eso importa.

Porque el deporte también crea comunidad.

Durante algunos días desaparecieron muchas de nuestras diferencias cotidianas. No importaban barrios, profesiones ni posiciones sociales. Una bandera, una camiseta o un atleta dominicano compitiendo podían unir a miles de personas alrededor de una emoción común.

Ese sentimiento colectivo constituye una forma de capital social.

Los Juegos demostraron que el deporte puede ser un extraordinario instrumento para construir identidad, orgullo nacional y convivencia.

  1. El impacto económico: una inversión que ahora debe producir

Los grandes eventos deportivos movilizan dinero antes, durante y después de su celebración.

Construcción y remodelación de instalaciones, transporte, alimentación, hoteles, restaurantes, comercio, servicios técnicos, seguridad, comunicaciones, publicidad y turismo forman parte de una extensa cadena económica alrededor de unos Juegos.

A esto debe añadirse la presencia de atletas, entrenadores, dirigentes, periodistas, familiares y visitantes.

Pero el retorno económico verdadero no debe medirse únicamente por lo ocurrido durante la competencia.

La pregunta central es otra:

¿Qué producirán estas instalaciones durante los próximos diez o veinte años?

Una instalación deportiva cerrada cuesta dinero.

Una instalación activa genera valor.

Por eso el retorno de los Juegos dependerá ahora de nuestra capacidad para convertir esas infraestructuras en centros permanentes de actividad económica y deportiva:

entrenamientos, academias, ligas nacionales, torneos escolares, competencias universitarias, eventos internacionales, campamentos, turismo deportivo y espectáculos compatibles con cada instalación.

La República Dominicana tiene ahora la oportunidad de posicionarse también como destino de eventos deportivos internacionales.

Ese puede ser uno de los grandes retornos económicos del legado.

  1. El impacto sobre nuestros atletas: competir en casa cambia dimensiones

Para un atleta de alto rendimiento existen momentos que pueden definir toda una carrera.

Competir representando a su país ya constituye un honor.

Hacerlo frente a su familia, sus amigos y miles de compatriotas produce una experiencia distinta.

Pero detrás de cada medalla existen años invisibles para el público.

Horas de entrenamiento.

Madrugadas.

Lesiones.

Sacrificios familiares.

Derrotas.

Dudas.

Y la decisión de volver a intentarlo.

Los Juegos colocaron esos sacrificios frente a toda una nación.

Durante unos días nuestros atletas dejaron de ser figuras conocidas únicamente dentro de sus federaciones y se convirtieron en referentes públicos.

Ese reconocimiento también constituye legado.

Porque una sociedad que reconoce a sus deportistas comienza a entender que el deporte de alto rendimiento merece inversión, preparación científica, nutrición, psicología deportiva, medicina, tecnología y planificación de largo plazo.

  1. Los jóvenes y los futuros deportistas: una generación pudo descubrir su deporte

Quizás el mayor retorno de Santo Domingo 2026 todavía no puede medirse.

Puede estar sentado hoy en una escuela dominicana.

Puede tener ocho, diez o doce años.

Tal vez vio por primera vez una competencia de atletismo, gimnasia, esgrima, taekwondo, natación, judo, levantamiento de pesas o tiro con arco y pensó:

“Yo quiero hacer eso.”

Ahí comienza un legado.

Los grandes atletas frecuentemente nacen primero de una imagen.

Un niño observa a alguien correr.

Una niña ve a una campeona subir al podio.

Otro joven escucha el Himno Nacional durante una premiación.

Y algo ocurre internamente.

Surge una posibilidad que antes no existía en su mente.

Esa conexión debe multiplicarse.

El siguiente paso debería ser abrir sistemáticamente las instalaciones heredadas de los Juegos a escuelas, clubes, federaciones y programas comunitarios.

Porque de poco sirve tener instalaciones de categoría internacional si nuestros niños solamente pueden contemplarlas desde afuera.

  1. El impacto más profundo: la mente de los jóvenes

Este puede ser el legado más poderoso de todos.

El deporte modifica la manera en que un joven interpreta el esfuerzo.

Le enseña algo que nuestra época necesita desesperadamente:

que no todo es inmediato.

Para correr más rápido hay que entrenar.

Para saltar más alto hay que repetir.

Para mejorar una técnica hay que equivocarse cientos de veces.

Para ganar primero hay que aprender a perder.

El deporte enseña disciplina, tolerancia a la frustración, trabajo colectivo, respeto por las reglas, manejo de emociones, perseverancia y construcción de objetivos.

Pero existe algo todavía más importante.

Amplía el horizonte mental de un niño.

Cuando un joven dominicano observa a otro dominicano subiendo a un podio internacional, ocurre una transformación silenciosa:

lo extraordinario deja de parecer imposible.

Ese atleta ya no pertenece a una televisión distante.

Habla como él.

Vive en su país.

Entrenó posiblemente en una instalación cercana.

Y logró llegar.

Entonces aparece una poderosa pregunta:

“Si él pudo, ¿por qué yo no?”

Esa pregunta puede cambiar una vida.

  1. Inclusión: cuando una discapacidad no define hasta dónde podemos llegar

Entre las historias más poderosas que nos dejaron los Juegos Centroamericanos y del Caribe Santo Domingo 2026 está la del velocista dominicano Christopher Melenciano.

Melenciano tiene una discapacidad auditiva.

Pero cuando llegó el momento de competir, esa condición no determinó hasta dónde podía llegar.

Formó parte del relevo mixto dominicano de 4×400 metros que conquistó una medalla para la República Dominicana, compitiendo al más alto nivel junto a atletas sin discapacidad auditiva.

Y ahí está una de las grandes lecciones de estos Juegos.

El deporte también debe ser inclusión.

La historia de Melenciano demuestra que tener una discapacidad, una limitación física o sensorial, no necesariamente impide convertirse en un atleta de alto rendimiento.

El verdadero obstáculo aparece muchas veces cuando la sociedad no crea las oportunidades, las estructuras o los mecanismos adecuados para que una persona pueda desarrollar su talento.

Para un niño o una niña con alguna discapacidad que haya observado aquella competencia, quizás la imagen más importante no fue solamente la medalla.

Fue verse representado.

Fue comprender que una pista, una cancha, una piscina o cualquier instalación deportiva también puede ser un espacio para él o para ella.

Y esa representación puede cambiar una mente.

Puede transformar un:

“Eso no es para mí”

en un:

“Quizás yo también puedo.”

Esa es una de las formas más profundas de inclusión.

No mirar primero aquello que una persona no puede hacer, sino descubrir aquello que sí puede desarrollar.

No definir a un joven por una condición.

Definirlo por sus posibilidades.

Por eso, parte del legado de Santo Domingo 2026 debería convertirse también en instalaciones accesibles, entrenadores capacitados, programas deportivos inclusivos, detección de talentos y oportunidades reales para niños y jóvenes con diferentes discapacidades.

Porque Christopher Melenciano nos dejó algo más importante que un resultado deportivo.

Nos recordó que:

una discapacidad puede modificar el camino, pero no tiene por qué determinar el destino.

Y para miles de jóvenes que alguna vez hayan pensado “yo no puedo”, su ejemplo representa una respuesta extraordinariamente poderosa:

sí es posible.

  1. Un legado de servicio y formación

Existe otro legado menos visible: las miles de personas que participaron como voluntarios, trabajadores, técnicos y colaboradores durante los Juegos.

Muchos de ellos fueron jóvenes.

Aprendieron organización, responsabilidad, disciplina, trabajo en equipo, atención al público y convivencia con personas provenientes de otros países y culturas.

Ese capital humano tampoco debería desaparecer después del evento.

La experiencia adquirida podría convertirse en una base permanente para futuros eventos deportivos nacionales e internacionales.

Porque un gran evento no solamente forma atletas.

También forma organizadores, técnicos, entrenadores, voluntarios y futuros profesionales del deporte.

Un reconocimiento que también forma parte del legado

Un evento de esta magnitud no es obra de una sola institución ni de una sola persona.

Por eso, al hablar del legado de Santo Domingo 2026, también corresponde reconocer a quienes hicieron posible que el país asumiera y llevara adelante este desafío.

A todos los atletas, dominicanos y de las delegaciones participantes, porque fueron el alma de los Juegos. Cada uno, con medalla o sin ella, representó años de disciplina, sacrificio, perseverancia y amor por el deporte.

Al Gobierno Central y al presidente Luis Rodolfo Abinader Corona, por el respaldo institucional, económico y logístico necesario para la organización de los Juegos, así como por las inversiones destinadas a rehabilitar y modernizar la infraestructura deportiva del país.

Al Comité Organizador de los Juegos, por la enorme responsabilidad de coordinar una estructura que involucró competencias, instalaciones, transporte, seguridad, voluntariado, tecnología, protocolo y miles de personas trabajando simultáneamente.

A la Alcaldía del Distrito Nacional, por su participación en la preparación de la ciudad anfitriona, el acondicionamiento de espacios públicos y el apoyo a una celebración que durante varias semanas convirtió a Santo Domingo en la capital deportiva de la región.

A las provincias y municipios que fueron sedes de competencias, porque el espíritu de los Juegos trascendió los límites de la capital y permitió que otras comunidades del país participaran directamente de esta experiencia.

A CRESO, Creando Sueños Olímpicos, por el acompañamiento sostenido al atleta dominicano y por demostrar durante años que la alianza entre el sector privado y el deporte puede contribuir decisivamente al desarrollo del alto rendimiento.

Al Comité Olímpico Dominicano (COD) y a las federaciones deportivas nacionales, por el trabajo cotidiano que existe mucho antes de que un atleta llegue a una competencia internacional: identificar talento, formar, organizar, acompañar y crear las condiciones para representar dignamente al país.

Y también a los entrenadores, médicos, fisioterapeutas, psicólogos, dirigentes, técnicos, voluntarios, personal de apoyo, familias de los atletas, patrocinadores, medios de comunicación, cuerpos de seguridad y a cada ciudadano que llenó una instalación y llevó consigo una bandera dominicana.

Porque los Juegos fueron una construcción colectiva.

Y reconocer a quienes participaron también es una forma de preservar su legado.

El verdadero legado comienza después de los Juegos

Existe una paradoja en todos los grandes eventos deportivos.

Durante años se trabaja para llegar al día de la inauguración.

Quizás deberíamos trabajar con igual intensidad pensando en el día siguiente a la clausura.

Porque ahí comienza realmente el legado.

Nuestro desafío ahora debería ser sencillo de expresar aunque complejo de ejecutar:

que ninguna instalación quede abandonada, que ningún conocimiento adquirido se pierda y que ninguna inspiración producida por estos Juegos se desperdicie.

Si dentro de diez años nuestras instalaciones siguen llenas de atletas; si cientos de miles de niños han tenido acceso al deporte; si República Dominicana recibe regularmente competencias internacionales; si nuestros atletas cuentan con mejores condiciones de preparación; si un niño con una discapacidad descubre que también existe un espacio para desarrollar su talento; y si algunos campeones del futuro pueden decir que comenzaron a practicar una disciplina porque vieron Santo Domingo 2026, entonces podremos afirmar que la inversión produjo algo mucho más importante que unas semanas de competencia.

Habremos creado futuro.

Al final, las medallas permanecerán en las vitrinas.

Los récords algún día serán superados.

Las fotografías irán entrando en los archivos.

Pero existe un legado que puede durar generaciones:

un niño que descubre una posibilidad.
Un joven que aprende disciplina.
Una persona con discapacidad que descubre que también puede competir.
Un atleta que inspira a otro.
Una sociedad que entiende que invertir en deporte también es invertir en educación, salud, inclusión, convivencia y esperanza.

Ese debería ser el verdadero legado de Santo Domingo 2026.

Que los Juegos hayan terminado, pero que su impacto apenas esté comenzando.

Y a todos aquellos que hicieron posible que la República Dominicana viviera esta experiencia, felicitaciones y gracias.

Ahora nos corresponde asumir la responsabilidad más importante:

convertir el éxito de los Juegos en un legado para las próximas generaciones.