La miseria humana

ElAvance | 26 agosto 2026

Orlando Jorge Villegas

En estos días, a raíz de una conversación con un amigo comunicador, nos detuvimos a analizar una realidad incómoda, pero imposible de ignorar: la miseria humana ha sido uno de los motores silenciosos de los grandes errores, desaciertos y tragedias de la sociedad dominicana. No hablamos de pobreza material, sino de esa miseria moral que se expresa en la envidia, el egoísmo, la ambición sin límites, la traición, el odio y la incapacidad de anteponer el interés colectivo a las conveniencias personales.

Al recorrer nuestra historia política, encontramos demasiados episodios donde esta condición ha inclinado la balanza hacia el conflicto y la desgracia. El golpe de Estado contra Juan Bosch, apenas siete meses después de haber asumido la Presidencia en 1963, sigue siendo una de las grandes heridas de nuestra institucionalidad. Detrás de aquel quiebre democrático hubo miedo, intereses, intolerancia y una lucha feroz por preservar privilegios.

También recordamos las tragedias que rodearon, en distintos momentos, a líderes del Partido Revolucionario Dominicano: Antonio Guzmán, Salvador Jorge Blanco, José Francisco Peña Gómez y Jacobo Majluta. Fueron figuras marcadas por luchas internas, campañas de descrédito, confrontaciones despiadadas y una política frecuentemente incapaz de reconocer la humanidad de sus protagonistas.

Más adelante, la división entre Miguel Vargas e Hipólito Mejía representó otra expresión del costo que paga una organización cuando los liderazgos no logran administrar sus diferencias con grandeza. A ello se suma el largo historial de maniobras, confrontaciones y maldades atribuidas al ejercicio político de Joaquín Balaguer, una etapa que dejó profundas lecciones sobre el poder, la memoria y las consecuencias de la impunidad.

Y, por supuesto, está la división del Partido de la Liberación Dominicana entre Danilo Medina y Leonel Fernández. Más allá de las versiones, culpas y justificaciones de cada sector, aquella ruptura confirmó que ninguna organización está a salvo cuando las ambiciones personales, los intereses de grupo y los desacuerdos dejan de procesarse con sentido institucional.

Si examinamos distintos períodos de nuestra historia, la conclusión resulta clara: la miseria humana ha llevado al mundo y a la República Dominicana a sus momentos más difíciles. Hoy vivimos una etapa especialmente delicada. Parecería que exhibir esa miseria —humillar, insultar, destruir reputaciones o celebrar el fracaso ajeno— produce más atención que ser noble, decente y educado.

Quizás siempre fue así. La diferencia es que las redes sociales lo magnifican todo y permiten que nuevos actores, desde la trivialidad y la banalidad, pretendan monopolizar la conversación pública.

Como sociedad, debemos decidir si queremos vivir de la miseria humana o si preferimos aspirar a un vuelo más alto: el de la nobleza, la decencia y la educación.