Nuestra democracia parece haberse vuelto emocionalmente vulnerable

ElAvance | 24 agosto 2026

Si a un gran número de dominicanos les ha dejado de importar quién está preparado para gobernar, qué propone y cuáles intereses representaría, no es solamente porque el entretenimiento haya conquistado su atención, sino porque demasiados políticos y gobiernos convirtieron la preparación, la experiencia y las promesas en palabras que pocas veces produjeron los resultados esperados.

Periodista Carlos Del Pozo

La democracia no comienza a debilitarse el día en que el ciudadano prefiere escuchar a quien lo entretiene.

Llega debilitada a ese momento por la acumulación de promesas incumplidas, servicios públicos deficientes, privilegios, corrupción, impunidad y dirigentes que reaparecen en cada campaña con discursos parecidos.

La atracción por una figura ajena a la política tradicional no surge de la nada, sino del vacío que los propios políticos fueron dejando.

El politólogo francés Bernard Manin explicó la evolución de los sistemas representativos hacia una “democracia de audiencia”, caracterizada por el creciente peso de la personalidad del candidato frente a las identidades partidarias.

Las plataformas digitales llevaron ese fenómeno más lejos, porque permiten transformar en opción política a quien primero conquistó la atención.

Sin embargo, esa posibilidad crece con mayor rapidez cuando encuentra partidos debilitados, gobiernos desgastados y una población que dejó de confiar en las instituciones.

Cuando la preparación no produce buenos gobiernos, la experiencia deja de percibirse como garantía y comienza a verse como parte del problema.

La ciudadanía siente que anteriormente evaluó conocimientos, trayectorias y propuestas y, aun así, terminó decepcionada.

En ese escenario, la simpatía desplaza a la competencia, la popularidad se confunde con liderazgo y la capacidad de provocar emociones adquiere más valor que las credenciales necesarias para administrar una nación.

El problema no está en que una figura proveniente del entretenimiento decida participar en política, porque en democracia nadie debe ser excluido por su oficio o procedencia.

Tampoco sería justo responsabilizar únicamente a la población por sentirse atraída hacia una alternativa que considera diferente.

Los partidos contribuyeron a crear esa vulnerabilidad cuando sustituyeron la representación por el reparto de posiciones, redujeron la participación ciudadana a los periodos electorales y se alejaron de los problemas cotidianos.

Los gobiernos también tienen responsabilidad cuando presentan como grandes transformaciones ejecutorias que no modifican la vida de la mayoría, mientras el costo de los alimentos, la inseguridad, los apagones, el tránsito, los bajos salarios y las deficiencias de los servicios públicos continúan golpeando a las familias.

Si la política no logra demostrar para qué sirve, no debería sorprenderse cuando el ciudadano prefiera a quien consigue escucharlo, divertirlo o expresar su indignación.

La exposición permanente produce familiaridad; la familiaridad genera confianza y esa confianza puede interpretarse como capacidad para gobernar, aunque nunca haya sido demostrada.

El peligro aparece cuando el desencanto es tan profundo que una parte de la sociedad está dispuesta a elegir no al más capacitado ni al que presente el mejor proyecto, sino al personaje que consiga mantenerla mirando la pantalla hasta el momento de votar.

La mayor señal de vulnerabilidad surge cuando cualquier pregunta se interpreta como una agresión.

Los seguidores dejan de evaluar las respuestas del personaje y comienzan a protegerlo, mientras los cuestionamientos sobre su equipo, sus propuestas, sus intereses o su capacidad son rechazados como ataques.

De esa manera, el ciudadano deja de comportarse como elector y empieza a reaccionar como fanático.

La salida no consiste en descalificar al ciudadano ni en impedir que nuevas figuras compitan, sino en obligar a la política a recuperar su utilidad.

Los partidos necesitan volver a representar, los gobiernos deben producir resultados verificables y todo aspirante está obligado a responder las mismas preguntas.

Si la democracia dominicana está emocionalmente vulnerable, la causa no está únicamente en las pantallas, sino también en quienes ejercieron el poder y dejaron de ofrecer razones suficientes para seguir creyendo.

Nuestra democracia parece haberse vuelto emocionalmente vulnerable.

Si a un gran número de dominicanos les ha dejado de importar quién está preparado para gobernar, qué propone y cuáles intereses representaría, no es solamente porque el entretenimiento haya conquistado su atención, sino porque demasiados políticos y gobiernos convirtieron la preparación, la experiencia y las promesas en palabras que pocas veces produjeron los resultados esperados.

Periodista Carlos Del Pozo

La democracia no comienza a debilitarse el día en que el ciudadano prefiere escuchar a quien lo entretiene.

Llega debilitada a ese momento por la acumulación de promesas incumplidas, servicios públicos deficientes, privilegios, corrupción, impunidad y dirigentes que reaparecen en cada campaña con discursos parecidos.

La atracción por una figura ajena a la política tradicional no surge de la nada, sino del vacío que los propios políticos fueron dejando.

El politólogo francés Bernard Manin explicó la evolución de los sistemas representativos hacia una “democracia de audiencia”, caracterizada por el creciente peso de la personalidad del candidato frente a las identidades partidarias.

Las plataformas digitales llevaron ese fenómeno más lejos, porque permiten transformar en opción política a quien primero conquistó la atención.

Sin embargo, esa posibilidad crece con mayor rapidez cuando encuentra partidos debilitados, gobiernos desgastados y una población que dejó de confiar en las instituciones.

Cuando la preparación no produce buenos gobiernos, la experiencia deja de percibirse como garantía y comienza a verse como parte del problema.

La ciudadanía siente que anteriormente evaluó conocimientos, trayectorias y propuestas y, aun así, terminó decepcionada.

En ese escenario, la simpatía desplaza a la competencia, la popularidad se confunde con liderazgo y la capacidad de provocar emociones adquiere más valor que las credenciales necesarias para administrar una nación.

El problema no está en que una figura proveniente del entretenimiento decida participar en política, porque en democracia nadie debe ser excluido por su oficio o procedencia.

Tampoco sería justo responsabilizar únicamente a la población por sentirse atraída hacia una alternativa que considera diferente.

Los partidos contribuyeron a crear esa vulnerabilidad cuando sustituyeron la representación por el reparto de posiciones, redujeron la participación ciudadana a los periodos electorales y se alejaron de los problemas cotidianos.

Los gobiernos también tienen responsabilidad cuando presentan como grandes transformaciones ejecutorias que no modifican la vida de la mayoría, mientras el costo de los alimentos, la inseguridad, los apagones, el tránsito, los bajos salarios y las deficiencias de los servicios públicos continúan golpeando a las familias.

Si la política no logra demostrar para qué sirve, no debería sorprenderse cuando el ciudadano prefiera a quien consigue escucharlo, divertirlo o expresar su indignación.

La exposición permanente produce familiaridad; la familiaridad genera confianza y esa confianza puede interpretarse como capacidad para gobernar, aunque nunca haya sido demostrada.

El peligro aparece cuando el desencanto es tan profundo que una parte de la sociedad está dispuesta a elegir no al más capacitado ni al que presente el mejor proyecto, sino al personaje que consiga mantenerla mirando la pantalla hasta el momento de votar.

La mayor señal de vulnerabilidad surge cuando cualquier pregunta se interpreta como una agresión.

Los seguidores dejan de evaluar las respuestas del personaje y comienzan a protegerlo, mientras los cuestionamientos sobre su equipo, sus propuestas, sus intereses o su capacidad son rechazados como ataques.

De esa manera, el ciudadano deja de comportarse como elector y empieza a reaccionar como fanático.

La salida no consiste en descalificar al ciudadano ni en impedir que nuevas figuras compitan, sino en obligar a la política a recuperar su utilidad.

Los partidos necesitan volver a representar, los gobiernos deben producir resultados verificables y todo aspirante está obligado a responder las mismas preguntas.

Si la democracia dominicana está emocionalmente vulnerable, la causa no está únicamente en las pantallas, sino también en quienes ejercieron el poder y dejaron de ofrecer razones suficientes para seguir creyendo.