El Silencio que Habla: Cuando la Diáspora Deja de Ser Número y Exige Destino

ElAvance | 17 agosto 2026

Rolando Espinal
Empresario, escritor y creador de contenido para medios alternativos.

El método científico nos exige partir de una observación que incomode, que rasgue la comodidad de lo establecido. Observemos, pues, el silencio. No el silencio del olvido, sino el que habita en cada apartamento de Nueva York cuando el teléfono no suena, en cada piso de Madrid cuando la cena se sirve para uno, en cada noche de Santiago de Chile cuando la bachata suena baja para no despertar a nadie. Ese silencio es el que acompaña a los 3,030,647 dominicanos que, al cierre de 2025, pernoctan en 129 países, distribuidos así: Estados Unidos con 2,539,893; España con 207,135; Italia con 30,200; Chile con 22,836; Canadá con 22,125; Países Bajos con 18,465; Francia con 11,520; Venezuela con 11,399; y México con 10,539.

Este silencio no es ausencia: es presencia hecha sacrificio. Es el eco de una madre que aprendió a celebrar Navidad por videollamada, de un padre que trabaja el doble para que en el país no falte el arroz, de un hijo que creció con el acento de dos tierras. Formulamos la hipótesis: el dominicano en el exterior no solo sostiene la economía nacional —con remesas que entre enero y noviembre de 2025 alcanzaron US11,000 millones—, sino que además carga un peso emocional que ningún político ha medido en sus discursos de campaña. Y sin embargo, la reciprocidad estatal ha brillado por su ausencia durante 65 años.

Los datos nos obligan a profundizar. Mientras el dominicano en el exterior envía más de USD$ mil millones promedio por mes transcurrido de 2026, los consulados dominicanos mantienen tarifas que no hacen sentido económico, aferrados a una lógica que recuerda la anécdota de aquel magnate que, al ser preguntado qué podía pedir un hombre tan rico, respondió: "Solo trabajo para obtener un poco más cada día". No importa si la historia es apócrifa o verídica; lo que importa es que sintetiza una filosofía extractiva que ha convertido la diáspora en un cajero automático al que se acude cada cuatro años para financiar campañas.

Pero el método científico no se detiene en la denuncia: busca ejemplos que contrasten, que eleven la mirada. Y aquí aparecen nombres que merecen ser inscritos con letras de oro en la memoria colectiva. Juan Soto, el pelotero dominicano que ha llevado el nombre de Quisqueya a las Grandes Ligas con una elegancia que trasciende el deporte. Mary King, una de las líderes de la diáspora más influyentes del 2025, cuyo trabajo comunitario ha tejido puentes entre generaciones. Adriano Espaillat, el primer dominicano en llegar al Congreso de Estados Unidos, que abrió una puerta que antes parecía sellada. Y junto a ellos, una pléyade de hombres y mujeres que el Instituto de Dominicanos y Dominicanas en el Exterior (INDEX) ha reconocido: Ydanis Rodríguez, galardonado con el Premio al Emigrante Dominicano 2024; Pavel Payano, Francis Concepción, Elizabeth Amador, David Suazo y tantos otros que, en la cuarta edición de "Dominicano Destacado en el Exterior", fueron honrados por su trayectoria. Julissa Álvarez, Fernando Aquino, Sabina Matos y Ana B. Quezada, reconocidos por el gobierno en 2024. Silvia Anabel Matos Rodríguez desde Italia, Josefina Castro La Paz desde Londres y Keiri Fernández Mármol también desde Italia, ganadores del concurso "Cuéntame tu historia".

Estos nombres son la punta del iceberg. Detrás de ellos hay cientos de miles que, como las abejas, trabajan en silencio, sin esperar aplausos, solo el reconocimiento de que su esfuerzo vale la pena. Pero la deuda persiste.

Aquí es donde la investigación se vuelve existencial. Porque el dominicano en el exterior no solo envía dinero: envía su alma. Cada remesa lleva consigo una oración, un deseo de que el hijo que dejó atrás pueda estudiar, de que la madre enferma pueda comprar sus medicinas, de que la casa que construyó con tanto esfuerzo no se derrumbe. Y mientras tanto, el silencio de la noche se vuelve más pesado que el dólar que gana. Como escribió una emigrante dominicana: "A pesar de mis diez años en este país del norte, todavía no me acostumbro a esta vida que he llevado, tan convulsa y a veces hastiada". Otro testimonio describe al dominicano en el exterior como "un viajero de dos mundos" que "se emociona con una bachata en el tren" y cuyos "recuerdos de infancia se convierten en combustible para seguir trabajando en tierra ajena". Y hay quien confiesa: "Extraño mucho la forma fácil en que los dominicanos nos conectamos".

Esa conexión, esa calidez, esa manera de ser que nos define, se diluye en la distancia. Y el político que llega a la diáspora cada cuatro años con un discurso ensayado y una sonrisa de cartón no entiende que no está hablando con votos, está hablando con almas que han soportado el frío, la soledad y la indiferencia.

Pero la historia reciente de América Latina nos da una lección que no podemos ignorar. En Perú, las elecciones presidenciales de 2026 fueron tan ajustadas que el voto de la diáspora definió al ganador. La candidata Keiko Fujimori aventajó a su rival por poco más de 49,700 votos, una diferencia de apenas 0.27%. Si solo se hubieran contado los votos emitidos dentro del territorio peruano, su rival habría ganado. Pero al incluir el voto exterior, donde Fujimori obtuvo un contundente 63.20%, la balanza se inclinó a su favor. Como lo expresó el politólogo Alonso Cárdenas: "es la primera vez que el voto en el exterior es decisivo". En Colombia, en las elecciones de 2022, el censo electoral en el exterior alcanzó las 972,764 personas en 66 países, y se registraron 306,184 votos en la segunda vuelta. La diáspora colombiana respaldó mayoritariamente a Rodolfo Hernández con un 60.75%, y aunque no favoreció al hoy presidente, su participación masiva fue un factor determinante en un escenario extremadamente ajustado.

Estos ejemplos demuestran que cuando la diáspora se moviliza, inclina la balanza. Y la diáspora dominicana es más grande que la peruana y la colombiana juntas. Si ellas pudieron decidir una elección, nosotros podemos decidir la nuestra.

La hipótesis queda confirmada: el dominicano en el exterior no es un satélite de la nación, es el núcleo de su resistencia y su prosperidad. Pero también es el depositario de un silencio que ningún gobierno ha sabido escuchar. La iniciativa de José La Luz no es un capricho: es el clamor de millones que han esperado por décadas ser representados no con un premio de consuelo —como los diputados de la diáspora— sino con un asiento en la mesa donde se decide el destino de la nación.

La tesis es contundente: en mayo de 2028, la diáspora dominicana debe tener un candidato a la vicepresidencia en la boleta que más abrace a la gente. No pedimos limosna. Reclamamos el asiento que nos pertenece por derecho y por sudor.

El cierre es un grito que nace del silencio:

La diáspora ha esperado por décadas. Ha llenado las arcas con más de diez billones de dólares. Ha sostenido la economía. Ha enviado a sus hijos a triunfar sin preguntar. Y ha recibido a cambio discursos vacíos, consulados que cobran por la dignidad y políticos que la usan como cajero automático. Pero el 2028 no será igual. La victoria no es solo el camino que recorremos con paciencia: es el destino que conquistamos con justicia. Porque el dominicano que trabaja bajo el sol de cualquier latitud merece gobernar bajo el sol de su propia tierra. Y porque el silencio de la noche, cuando se vuelve memoria y se transforma en voto, es más poderoso que cualquier discurso de campaña.

Que mayo de 2028 nos encuentre de pie, con la frente en alto, reclamando lo que por derecho —y por sudor— nos pertenece. La deuda es histórica, pero la victoria será eterna.