El mundo y sus amenazas híbridas: la guerra invisible del siglo XXI

ElAvance | 05 agosto 2026

Denny Agramonte.

Hay épocas en las que la historia avanza con el estruendo de los cañones, y otras en las que progresa en un silencio apenas perceptible. Las primeras dejan ciudades reducidas a escombros; las segundas transforman la conciencia de los pueblos sin que estos adviertan, en un principio, la magnitud del cambio. Nuestra época pertenece a esta última categoría. La guerra ya no siempre llega con uniformes, blindados o banderas desplegadas. Se presenta disfrazada de información, de tecnología, de dependencia económica, de manipulación psicológica y de algoritmos capaces de orientar el comportamiento de millones de personas. El conflicto ha abandonado, en buena medida, el campo de batalla para instalarse en la mente humana.

Las amenazas híbridas constituyen la expresión más refinada de esa mutación histórica. No son simplemente una nueva modalidad de confrontación; representan una transformación de la naturaleza misma del poder. En ellas convergen la estrategia militar, la economía, la inteligencia, la diplomacia, la ciberseguridad, la comunicación y la cultura. Su objetivo ya no consiste únicamente en derrotar a un adversario, sino en alterar su capacidad de decidir, erosionar su cohesión interna y condicionar su voluntad política.

Carl von Clausewitz afirmaba que «la guerra es la continuación de la política por otros medios». Durante casi dos siglos esa sentencia sirvió para interpretar los grandes conflictos internacionales. Sin embargo, el siglo XXI obliga a ampliar su significado. La política sigue siendo el fundamento del conflicto, pero los «otros medios» se han multiplicado hasta límites insospechados. Hoy una potencia puede debilitar a otra sin disparar un proyectil; basta con paralizar sus sistemas informáticos, desestabilizar su moneda, manipular el debate público o sembrar desconfianza en sus instituciones.

Frank Hoffman, uno de los principales teóricos de la guerra híbrida, explicó que los conflictos contemporáneos combinan simultáneamente capacidades convencionales, operaciones irregulares, terrorismo, ciberguerra y acciones de influencia. La innovación no reside en cada instrumento por separado, sino en la coordinación estratégica de todos ellos. La fuerza militar ya no actúa sola; es apenas una pieza dentro de un tablero mucho más complejo.

Esta evolución confirma, de manera sorprendente, la intuición de Sun Tzu. En El arte de la guerra, escrito hace más de dos milenios, el estratega chino sostuvo que la mayor victoria consiste en someter al enemigo sin combatir. Durante siglos esa idea pareció una elegante paradoja filosófica. Hoy constituye la descripción más precisa del escenario internacional. La victoria ya no exige necesariamente ocupar una capital; basta con influir en las decisiones de quienes la gobiernan o en las percepciones de quienes la habitan.

La revolución tecnológica ha convertido la información en el recurso estratégico más valioso de nuestro tiempo. Si el siglo XIX estuvo dominado por el carbón y el acero, y el XX por el petróleo y la energía nuclear, el XXI estará definido por los datos, la inteligencia artificial y el control de las redes digitales. Los cables submarinos transportan el flujo de información del planeta con la misma importancia que las antiguas rutas marítimas transportaban las mercancías. Los satélites sostienen la arquitectura invisible de la economía global. Los algoritmos clasifican, seleccionan y priorizan aquello que millones de personas consideran verdadero.

En este nuevo ecosistema del poder, la geografía no ha desaparecido; simplemente ha adquirido otra dimensión. Halford Mackinder comprendió que el dominio del espacio condicionaba el destino de las potencias. Nicholas Spykman mostró después que el control de las periferias marítimas resultaba decisivo para el equilibrio internacional. Ambos tenían razón, pero ninguno pudo anticipar la aparición de una geografía intangible formada por redes digitales, plataformas tecnológicas e infraestructuras informáticas. Hoy los territorios físicos coexisten con territorios virtuales cuya importancia estratégica crece día tras día.

Joseph Nye enriqueció esta comprensión al distinguir entre el poder duro y el poder blando. Sin embargo, las amenazas híbridas revelan que ambas categorías ya no pueden analizarse por separado. La coerción militar, la influencia cultural, la presión económica y la manipulación informativa funcionan como elementos de una misma arquitectura estratégica. La fuerza persuade; la persuasión prepara el terreno para la fuerza.

Existe, sin embargo, una dimensión todavía más inquietante.

Las amenazas híbridas no buscan únicamente destruir infraestructuras; aspiran a colonizar la percepción. Thomas Rid ha demostrado que muchas operaciones cibernéticas persiguen alterar la interpretación de la realidad antes que producir daños materiales. La desinformación organizada, las campañas de influencia, la manipulación emocional y la fabricación de narrativas falsas constituyen armas cuya eficacia depende precisamente de que no sean reconocidas como tales.

En este punto, la reflexión de Byung-Chul Han adquiere una extraordinaria relevancia. El filósofo sostiene que la sociedad contemporánea no padece una escasez de información, sino un exceso que debilita la capacidad crítica. La saturación informativa produce ciudadanos hiperconectados, pero frecuentemente incapaces de distinguir entre evidencia y propaganda. Allí donde desaparece el pensamiento crítico, florece la manipulación.

Las democracias enfrentan por ello un desafío sin precedentes. Durante décadas se creyó que la principal amenaza provenía de ejércitos extranjeros. Hoy resulta evidente que una sociedad puede ser profundamente vulnerada desde el interior mediante la polarización política, la pérdida de confianza institucional, la fragmentación del espacio público y la erosión deliberada de la verdad. George Kennan comprendió que la fortaleza de una nación dependía tanto de sus instituciones como de su capacidad militar. El siglo XXI confirma esa intuición con una claridad incontestable.

Para América Latina, y particularmente para la República Dominicana, estas reflexiones poseen una importancia estratégica. Nuestra ubicación en el Caribe, en la intersección de rutas comerciales, energéticas y marítimas, convierte a la región en un espacio de creciente interés para las grandes potencias. La competencia tecnológica, la expansión del crimen organizado transnacional, la ciberdelincuencia, las campañas de influencia y la disputa por infraestructuras críticas exigen abandonar las concepciones tradicionales de la seguridad nacional. Defender la soberanía ya no significa únicamente custodiar las fronteras; significa también proteger los sistemas digitales, fortalecer las instituciones, garantizar la resiliencia económica y formar ciudadanos capaces de resistir la manipulación.

Henry Kissinger advertía que el orden internacional nunca es permanente; siempre responde al equilibrio de fuerzas existente en cada época. El equilibrio que emerge en nuestros días ya no se medirá solamente por el número de divisiones militares o por la capacidad nuclear de las potencias. También dependerá del dominio de la inteligencia artificial, de la autonomía tecnológica, de la seguridad de las redes digitales, de la protección de los datos y de la calidad intelectual de las sociedades.

Quizá esa sea la lección más profunda de nuestro tiempo. Las amenazas híbridas han desplazado el centro de gravedad del conflicto desde el territorio hacia el conocimiento. El campo de batalla decisivo ya no es únicamente una frontera, un océano o un estrecho marítimo. Es la inteligencia humana. Allí donde una sociedad conserva su capacidad para pensar con rigor, distinguir la verdad de la mentira y fortalecer sus instituciones, las amenazas híbridas encuentran sus límites. Allí donde predominan la ignorancia, la fragmentación y la indiferencia, esas amenazas encuentran su victoria antes incluso de que el conflicto sea reconocido.

La historia enseña que las civilizaciones rara vez sucumben por la fuerza de sus enemigos. Con mayor frecuencia se debilitan cuando dejan de comprender el mundo que las rodea. En la era de las amenazas híbridas, el conocimiento deja de ser un simple patrimonio académico para convertirse en el fundamento mismo de la seguridad nacional. Quienes entiendan esta transformación estarán en condiciones de preservar su libertad. Quienes la ignoren descubrirán demasiado tarde que las guerras más decisivas del siglo XXI fueron aquellas que nunca parecieron guerras.