Trumpismo sin Trump

ElAvance | 04 agosto 2026

Lo que República Dominicana sabe y Estados Unidos aún no.

Conversando con Humberto.

Nosotros ya corrimos el experimento.
Los estadounidenses debaten hoy, en sus editoriales y sus universidades, una pregunta
que creen nueva: ¿qué será de su país cuando Donald Trump ya no esté? La formulan
con la solemnidad de quien enfrenta un enigma inédito. Y uno los escucha desde el
Caribe con una mezcla de paciencia y de asombro, porque esa pregunta nosotros no la teorizamos: la enterramos, la lloramos y la sobrevivimos. La respuesta no está en un paper de Harvard. Está escrita en nuestra carne, en tres décadas de historia
dominicana, en dos palabras que cualquiera de nosotros entiende sin nota al pie:
trujillismo sin Trujillo. Balaguerismo sin Balaguer.
El 30 de mayo de 1961, en la carretera de San Cristóbal, unas balas hicieron con Rafael
Leónidas Trujillo lo que treinta y un años de tiranía habían hecho imposible por otras vías: lo mataron. La biología del Jefe se cerró de golpe, del modo más literal y más sangriento. Y aquí está la lección que ningún analista del Wall Street Journal puede ofrecerles, porque no la ha vivido: el trujillismo no murió en esa carretera. El cuerpo
quedó acribillado; el carácter siguió en pie. Sobrevivió al hombre, se puso corbata,
aprendió a citar la Constitución, y gobernó este país buena parte de las cuatro décadas siguientes en la persona de quien había sido su pluma más fina.
Así que cuando me preguntan si el fenómeno Trump es temporal —si la biología, como
dicen con eufemismo, “hará su trabajo”— yo respondo desde la única autoridad que
importa en esto, que es la autoridad de haberlo padecido: la pregunta está mal hecha.

El engaño del hombre como causa

La pregunta ingenua es: ¿qué pasa cuando el hombre muera? Presupone que el hombre
es la causa. Y ese presupuesto es, precisamente, el primer error que hay que desmontar
con frialdad forense.
Detengámonos en el dato que los propios estadounidenses no quieren mirar de frente;

lo eligieron dos veces. No una — dos. Y la segunda vez ya no había excusa de ignorancia.
Ya habían visto el asalto al Capitolio del 6 de enero. Ya habían visto los procesos, las
causas judiciales, la conducta completa desplegada sin disimulo sobre la mesa. En 2016 un votante podía alegar que no sabía lo que compraba. En la segunda elección compró
con la etiqueta a la vista, leída, comprendida — y firmó igual.
Eso cambia la naturaleza del asunto. Una elección puede ser un error. Una ratificación
con la información completa es un diagnóstico. No sobre el candidato: sobre quien lo
elige.
Comparemos, porque el método exige contraste. Barack Obama reprochó a los aliados europeos ser free riders, aprovechados que no pagaban su parte de la defensa común.
Joe Biden institucionalizó la misma exigencia. Los dos presionaron, y con dureza, sobre
el reparto de las cargas. Y sin embargo ningún aliado salió corriendo a construir un
mundo sin Estados Unidos. ¿Por qué? Porque una cosa es un socio que exige más y otra,
radicalmente distinta, es un socio que amenaza con anexarte, que humilla en público, que convierte la alianza en extorsión. La queja era vieja. El carácter era nuevo. Y solo el carácter produjo la fuga.
Concedo entonces lo que hay que conceder: el carácter importa, y en este caso es la
causa, no el decorado. Pero apenas lo concedo, la historia dominicana me obliga a ir
más lejos, a un lugar que incomoda: si el carácter es la causa, ¿de quién es el carácter
que verdaderamente decide? Porque el candidato lo pone el mercado —siempre hay
caudillos disponibles, en toda sociedad los hay, hombres hambrientos de poder que
prometen romper la mesa—. Lo que decide no es la oferta. Es la demanda. Es el
carácter del que compra.
Lo que sobrevive no es el hombre: es el vínculo
Aquí está el corazón, y lo digo con el peso de quien pertenece a un pueblo que lo
aprendió a la fuerza.
Cuando Trujillo cayó, no sobrevivió su persona —esa se pudría ya— ni siquiera su
aparato, que fue desmontándose. Lo que sobrevivió fue el vínculo: la relación entre un
pueblo formado a lo largo de una generación bajo el miedo y el paternalismo, y la clase
de líder que ese pueblo, ya deformado, seguía demandando para sentirse ordenado, protegido, conducido. Treinta y un años de terror no solo controlan un país: lo educan.
Le enseñan a necesitar al hombre fuerte. Le extirpan los cuerpos intermedios —los
partidos libres, la prensa, las asociaciones, todo lo que se interpone entre el individuo y
el caudillo— hasta que el ciudadano, huérfano de mediaciones, ya no sabe existir políticamente sino frente a un jefe.

Balaguer administró una demanda que ya estaba formada — aunque, como veremos, no
llegó al poder solo por ella. Heredó no el trono, sino el hambre del pueblo por esa
forma de poder. El carácter colectivo que Trujillo había esculpido a golpe de terror
seguía ahí, latiendo, pidiendo, y ese hambre fue el suelo fértil sobre el que otros
pudieron sembrar. El “sin” de nuestra frase es la palabra más importante de todo este
ensayo. Trujillismo sin Trujillo. No es herencia de sangre ni continuidad de aparato. Es
continuidad de demanda social del mismo carácter — una demanda que sobrevive al
fundador y queda disponible para el heredero que sepa, o para el poder que se atreva, a
recogerla.
Y ahora giren la cabeza hacia el norte y vuelvan a hacerse la pregunta, pero bien hecha
esta vez. No: ¿qué pasa cuando Trump muera? Sino: ¿habrá trumpismo sin Trump?
La respuesta dominicana es implacable: dependerá, entera y únicamente, de si
persisten las condiciones que formaron el carácter del electorado que lo eligió dos
veces. Si persiste el vaciamiento de los cuerpos intermedios que antes filtraban a los
aventureros. Si persiste la humillación no reparada de millones que se sintieron
despreciados por una élite que los miraba por encima del hombro. Si persiste la
arquitectura de la atención que premia al que rompe y castiga al que construye. Si esas
condiciones siguen en pie, entonces la biología de un hombre es tan irrelevante como lo
fueron aquellas balas de 1961. Habrá trumpismo sin Trump. Con heredero o sin él.
La advertencia que solo nosotros podemos dar
Y aquí va el aviso más fino, el que nace de haber visto la película completa mientras ellos
apenas terminan el primer acto.
El trujillismo no se reprodujo idéntico. Mutó, y al mutar se hizo presentable. Balaguer
no fue una copia de Trujillo: fue más sofisticado, más legalista, menos dependiente del
terror desnudo. Cambió el machete por el código, el fusilamiento por la maniobra
institucional, el grito por el silencio administrado. El fundador bruto gobernó treinta y un
años; el heredero refinado, unos veintidós. No duró más que Trujillo — pero hizo algo
más peligroso que durar: hizo respirable lo que antes era abiertamente
monstruoso. Conservó intacta la estructura del vínculo mientras pulía los métodos
hasta volverlos aceptables a la vista, tolerables al que no quería mirar de frente. Un
tirano al que se le puede dar la mano en público es más resistente que uno del que hay
que avergonzarse.
Y aquí debo ser honesto con mi propio pueblo, porque el método no permite el mito
cómodo. El balaguerismo no brotó solo de una demanda interna. Balaguer gana las
elecciones de 1966 con el país todavía bajo la sombra de la ocupación: en 1965 los Marines y la 82 Aerotransportada habían desembarcado para aplastar el movimiento
constitucionalista de Caamaño, y el heredero refinado fue aupado al poder en unos
comicios celebrados a la sombra de las botas extranjeras y de una guerra contra la
izquierda ejecutada con mano de la CIA. La demanda social por el hombre fuerte existía,
sí — Trujillo la había esculpido durante tres décadas. Pero la oferta la impuso, en no
poca parte, una potencia extranjera que prefería un trujillano manso a un nacionalista
impredecible. El “-ismo sin el hombre” tuvo, en nuestro caso, partera de afuera.
Que los estadounidenses saboreen la ironía completa, porque es amarga y es suya: el
país que fabricó las condiciones de un trujillismo sin Trujillo en tierra ajena es hoy
el país que enfrenta la pregunta de su propio trumpismo sin Trump en casa.
Supieron imponer el heredero refinado en Santo Domingo en 1966; no supieron prevenir
al suyo en Washington sesenta años después. El que administra el caudillismo del
vecino no queda por ello vacunado contra el propio. Ese es un principio que la historia
repite con crueldad geométrica.
Que los estadounidenses tomen nota, porque este es el punto que su análisis no alcanza
a ver: el trumpismo sin Trump podría no ser más estridente. Podría ser menos
estridente y mucho más eficaz. No teman solamente a otro Trump ruidoso. Teman al
Balaguer del fenómeno — al administrador frío que conserve el resentimiento como
combustible y la ruptura de normas como método, pero revestidos de compostura, de
legalidad, de maneras. El que haga durar el trumpismo precisamente por ser menos
Trump. Ese es el que se queda treinta años.
El carácter del pueblo también se juzga
Sé que piso terreno delicado, y lo piso a propósito, porque mi método no me permite
esquivarlo.
Si el carácter es la variable que decide si el poder sirve a la vida o la destruye —y lo es—,
y si en una democracia el poder último reside en el pueblo —y así es—, entonces hay una
conclusión de la que no se puede huir: el carácter del pueblo también entra al
banquillo. Examinar el carácter del electorado no es elitismo ni desprecio. Es la
aplicación consecuente y honesta del mismo criterio con que juzgamos a un César, a un
Trujillo, a cualquiera que ejerce el poder. Rehuir ese examen, escudarse en el
sentimentalismo cómodo del vox populi, vox Dei, es exactamente la clase de blandura
que un análisis serio está obligado a cortar.
Pero —y este pero es sagrado— examinar no es despreciar. Y aquí está la línea que hay
que caminar sin caer a ningún lado. Cuando digo que el carácter del electorado cambió, no digo que ese pueblo tenga “mal carácter”, como si fuera un defecto esencial, una tara. Eso sería una calumnia y, peor, un error de razonamiento. Lo que digo es más
preciso y más grave: un pueblo sometido durante suficiente tiempo a la
humillación desarrolla un carácter distinto del que tenía. El carácter colectivo no
nace: se forma. Y conviene nombrar esa humillación con datos, no con adjetivos, porque
el desprecio de la élite consistió precisamente en no querer verla.
No fue una humillación imaginaria ni un capricho identitario. Fue material y es
verificable. Durante casi medio siglo, la desindustrialización vació las regiones que
habían sido el orgullo productivo del país — el llamado Rust Bank, el cinturón de óxido,
pueblos enteros donde la fábrica que daba sentido, salario y pertenencia cerró para
reabrir en Asia o en México. El poder adquisitivo del salario del obrero sin título
universitario cayó alrededor de un 13% desde finales de los setenta, mientras el ingreso
per cápita del país crecía más de un 80% en el mismo período: el pastel se agrandó y a
ellos les tocó una tajada menor que antes. Y entonces llegó lo que los economistas Anne
Case y Angus Deaton bautizaron, con precisión clínica, como las “muertes por
desesperación”: desde finales de los noventa, la mortalidad de los blancos de mediana
edad sin estudios universitarios se disparó a contracorriente de toda la historia moderna
—cuando la expectativa de vida solo había hecho subir por generaciones—, empujada
por la sobredosis de opioides, el alcohol y el suicidio. Cientos de miles de vidas al año.
Case y Deaton lo dijeron sin anestesia: destruye el trabajo, y con el trabajo se destruyen
los ritos, las costumbres y la razón de existir de la vida obrera; destruido eso, la vida
obrera, sencillamente, no sobrevive.
Ese es el rostro concreto de la humillación. No fue solo que empobrecieran: fue que se
sintieron sobrantes, invisibles para una meritocracia que colmaba de premios a los
ganadores de los diplomas y dejaba pudrirse a los demás. Y a esa herida material se
sumó la herida simbólica: la sospecha, muchas veces fundada, de que la élite ilustrada
no solo los había dejado atrás sino que además los despreciaba — los llamaba
atrasados, los llamaba deplorables. Un pueblo se aguanta la pobreza; lo que no perdona
es el desprecio encima de la pobreza. A ese desprecio material y simbólico se
sumaron el vaciamiento de las instituciones que antes le daban dignidad y un
ecosistema informativo que premia la rabia. Las mismas fuerzas que formaron ese
carácter siguen todas operando, ninguna clausurada, ninguna reparada.
Por eso la élite que miró por encima del hombro al obrero desplazado es corresponsable
del monstruo que después la aterró. El desprecio engendró el resentimiento; el
resentimiento buscó su vengador. Y un análisis que concluyera “el pueblo es
moralmente deficiente” no solo mentiría —confundiría una condición formada con una
esencia— sino que echaría gasolina al fuego, porque validaría exactamente la narrativa
de desprecio que encendió todo. Comprender la causa no es absolver. Pero despreciar el efecto es garantizar su repetición.

Y termino donde mi pueblo me da el derecho a terminar: en la esperanza, pero en la
esperanza sin anestesia.
República Dominicana no quedó condenada al balaguerismo eterno. Salimos. No de
golpe, no por milagro, y desde luego no por la muerte de ningún hombre — Balaguer
murió viejo, en su cama, y su sombra tardó todavía en disiparse. Salimos porque las
condiciones cambiaron: porque una generación nueva reconstruyó, pedazo a pedazo,
los cuerpos intermedios que la tiranía había arrasado; porque volvió a haber prensa,
partidos que competían de verdad, una sociedad civil que demandó otro vínculo; porque
el carácter del electorado, que se había formado bajo el miedo, se volvió a formar bajo la
libertad.
Esa es la respuesta completa, y es dura por los dos lados. El “-ismo sin el hombre” es
tenaz: no lo mata el funeral del fundador. Pero no es eterno. Se disuelve cuando se
disuelven las condiciones que lo alimentan — ni un día antes, ni por decreto, ni por
biología. Se disuelve cuando un pueblo reconstruye las defensas que dejó caer y repara
los desprecios que lo envenenaron.
A los estadounidenses les digo, entonces, con el afecto áspero de quien ya pasó por ese
valle: dejen de mirar el reloj biológico de un hombre. Ese reloj no decide nada. Miren sus
propias condiciones — sus instituciones vaciadas, sus humillados sin reparar, sus
máquinas de rabia. Ahí, y solo ahí, está la respuesta a si tendrán trumpismo sin Trump.
Nosotros tuvimos trujillismo sin Trujillo y balaguerismo sin Balaguer. Lo vivimos. Lo
sobrevivimos. Y salimos — no cuando murió el hombre, sino cuando cambió el pueblo.
Que tomen nota. Nosotros pagamos la matrícula de esa universidad con treinta años de nuestra historia.