La hipótesis del instante: cómo la indiferencia hacia el otro dilapida el único presente posible

ElAvance | 26 julio 2026

Rolando Espinal.

Hay un instante, silencioso y preciso , en el que la vida se vuelve un problema de percepción. No ocurre cuando duele, sino cuando el espejo nos devuelve una imagen que ya no reconocemos como propia, y al hacerlo, nos arroja a la intemperie de un presente que no se sostiene. Quien ha vivido sin pensar en los demás —esa forma sutil de suicidio existencial que no duele pero que vacía— sabe que la indiferencia no es un mero rasgo de carácter, sino una arquitectura de ausencias. Es la negación del otro la que nos obliga a preguntarnos no solo por el destino de nuestros días, sino por la textura de un legado que nunca construimos.

Desde esta atalaya de la conciencia tardía, donde el silencio y el recuerdo compiten por el espacio de la reflexión, he decidido someter a prueba una hipótesis que me persigue desde los días en que leía a Epicuro bajo la sombra de los olivos: el miedo al mañana no es el enemigo a vencer, sino el síntoma de una vida que no ha sabido anclarse en el presente. Si logro demostrar que nuestra percepción del futuro cambia radicalmente cuando aprendemos a mirar al que está a nuestro lado, entonces habremos hallado un principio ético que trasciende las creencias particulares, un faro para agnósticos y religiosos por igual. La tesis que propongo es inquietante en su enunciación, pero liberadora en su práctica: quien no teme al mañana es aquel que ha sembrado su presente en la tierra fértil del otro.

Para abordar el desasosiego del futuro sin caer en el dogmatismo ni en el nihilismo, debemos retroceder veintitrés siglos y sentarnos en el Jardín de Atenas. Allí, Epicuro enseñaba que el placer es el bien supremo, pero entendía por placer no la orgía ni el exceso, sino la ataraxia: la serenidad del alma que nace de no temer a los dioses ni a la muerte. Epicuro, sin embargo, no predicaba un hedonismo solitario; al contrario, entendía que la amistad era el mayor de los bienes porque en ella el placer se multiplica y el dolor se divide. Quien vive sin pensar en los demás, quien reduce el mundo a la medida de su ombligo, está condenado a una ansiedad perpetua porque no ha construido la red que sostiene cuando el suelo tiembla.

Marco Aurelio, emperador y filósofo, escribió en sus Meditaciones una máxima que debería tatuarse en la muñeca de todo aquel que despierta con angustia: "Haz cada cosa como si fuera la última de tu vida, pero hazla con atención, con dignidad, y sin preocuparte por lo que vendrá después". La dignidad, para el estoico, no es una pose teatral, sino una trama de hábitos que tejen el presente con la sustancia del instante. Cuando no pensamos en los demás, cuando nos encerramos en la fortaleza del yo, el futuro se convierte en un monstruo que crece en la oscuridad de nuestra soledad. "¿Y si me enfermo?", nos preguntamos. "¿Y si pierdo el trabajo?". Preguntas legítimas, sí, pero que se vuelven tóxicas cuando la respuesta no incluye a nadie más que a nosotros mismos.

La antigüedad romana nos ofrece una imagen más nítida aún. Séneca, en su De Brevitate Vitae, no se cansa de repetir que no tenemos poco tiempo, sino que perdemos mucho. Y el mayor desperdicio, añado yo, es la ansiedad por el mañana. El futuro, ese territorio fantasma que nunca habita en el presente, es el verdadero enemigo de la vida plena. Porque el ansioso no construye legados; construye castillos en el aire que el viento del día siguiente derriba sin piedad.

Recuerdo, en este punto, una conversación con un viejo maestro de filosofía, ya fallecido. Él solía decir: "Los griegos inventaron la tragedia para que el espectador viera en el héroe su propio reflejo, y al hacerlo, aprendiera a temer no al destino, sino a la hybris de creerse autosuficiente". Edipo no cayó por su destino, sino por su obstinación en saberlo todo sin importarle el dolor que causaba a los demás. Narciso no murió por amor a su imagen, sino por la incapacidad de ver más allá de su reflejo. Vivir sin pensar en los demás nos concede un privilegio trágico: la oportunidad de corregir la mirada y dirigirla hacia el otro antes de que el ocaso sea definitivo, o la condena de no hacerlo y quedarnos con la angustia perpetua.

Mas no nos engañemos: el epicureísmo sin práctica es una teoría vacía. Vivimos en una era donde la psicología ha alargado la expectativa de vida, pero no necesariamente ha aliviado la ansiedad. La hipótesis que sostengo se nutre del método científico en su acepción más amplia: observamos, planteamos, experimentamos y concluimos. La observación inicial es que el ser humano, enfrentado a la incertidumbre del mañana, tiende a dividir su atención entre el miedo a lo que vendrá y la nostalgia de lo que fue. En esa fisura, en ese espacio intermedio, se cuela la pregunta esencial: ¿para qué he vivido si no he mirado a nadie?

Permítanme compartir una historia personal que no busca el patetismo, sino la ejemplificación. Hace algunos años, un amigo cercano, exitoso empresario, me confesó en una cena que no dormía bien. "Tengo todo —me dijo—, pero cada noche me pregunto si mañana lo perderé todo. El mercado, la competencia, la enfermedad… cualquier cosa puede derrumbarme." Le pregunté: "¿Y a quién has ayudado hoy?". Me miró con extrañeza. "No entiendo la pregunta", respondió. "Ayudar no paga las cuentas". Esa noche, mientras él se sumergía en su insomnio, yo comprendí que el miedo al mañana es inversamente proporcional a la huella que dejamos en el presente. Quien siembra en el otro, cosecha seguridad. Quien siembra solo en su propio huerto, cosecha vértigo.

En este punto, la filosofía oriental, aunque no la he mencionado en el título, ofrece un complemento luminoso. El budismo habla del karma no como un castigo, sino como una ley de causa y efecto que se perfecciona en la intención. Si mi hipótesis es correcta, entonces la acción generosa durante la vida presente genera una estela que los demás recuerdan y prolongan, y esa estela es la que nos da paz cuando miramos al futuro. No necesito creer en la reencarnación para saber que las enseñanzas de un abuelo sobreviven en la ética de su nieto; es biología cultural, diría Richard Dawkins, pero es también poesía, es también ethos, es también el único antídoto contra el veneno de la incertidumbre.

He sido testigo, en mis años como observador de la condición humana, de cómo el culto al yo multiplica el miedo al futuro. El ansioso contemporáneo, ese que se alimenta de proyecciones catastróficas y aplicaciones de meditación que no logran calmarlo, no es más que una variante tecnológica de la antigua philautía (amor a uno mismo) mal entendida. Mientras que el amor propio sano es condición para amar al prójimo, el narcisismo patológico es un espejo que no refleja más que su propia superficie, y por eso mismo tiembla ante cualquier grieta.

Un ejemplo histórico nos sirve de advertencia. Nerón, ese emperador que Séneca intentó aconsejar sin éxito, veía el mundo como un escenario donde su voz y su poesía debían ser aclamadas. Cuando Roma ardió, algunos historiadores cuentan que él recitaba versos mientras contemplaba el incendio. No importa si el relato es verídico o apócrifo; lo que importa es su verdad simbólica: el ego desmedido es un pirómano que quema el bosque para ver su reflejo en las llamas, y luego tiembla cuando el fuego amenaza con devorarlo. ¿Y qué queda de Nerón? No su legado, sino su pavor: el miedo de un hombre que vivió sin pensar en nadie y que, al final, se encontró completamente solo frente al mañana.

En contraste, pensemos en Sócrates, el maestro griego que fundó la ética del diálogo. Su enseñanza no habla de fama ni de gloria; habla de examinar la vida, de preguntarse constantemente por el bien y la justicia. Sócrates entendió que el temor al futuro se disipa cuando el presente está lleno de preguntas honestas y respuestas compartidas. Cada conversación con un discípulo era un eslabón en una cadena de solidaridad que se extendía más allá de la vida del maestro. ¿Acaso no es ese el legado más puro: haber interrogado para que otros sigan interrogando, y así, el miedo se disuelve en la comunidad del pensamiento?

Ahora bien, mi hipótesis no puede ignorar la diversidad de creencias sobre lo que aguarda después del estertor final. En mi condición de intelectual que dialoga con el siglo, he aprendido que el respeto por el agnosticismo y la fe religiosa no es una concesión retórica, sino una necesidad epistemológica. No sabemos qué hay al otro lado; ni la ciencia ni la teología pueden reclamar una certeza absoluta sin caer en dogmatismo. Pero lo que sí sabemos, con la certeza de los afectos y las obras, es que nuestra influencia en el mundo perdura en la memoria y las acciones de quienes nos sobreviven, y esa memoria es la que nos da paz cuando miramos al mañana.

Imaginemos por un instante la siguiente construcción mental: mañana, cuando el lector despierte y el sol se asome por la ventana, el vecino al que ayudó a mudarse recordará su gesto; el estudiante al que le explicó un concepto difícil lo repetirá en sus propias palabras; el amigo al que escuchó sin juzgar llevará esa lección a sus propios duelos. Ese es el legado. No es una estatua; es un hábito. No es un discurso; es una resonancia. Y esa resonancia, esa trama de vidas tocadas por la nuestra, es lo que convierte el futuro en un lugar habitable, no en una amenaza.

La literatura antigua abunda en ejemplos de esta resonancia. Homero, en la Ilíada, nos muestra a Héctor como un guerrero que sabe que morirá, pero que lucha no por la inmortalidad del nombre, sino por la integridad de su ciudad. Cuando Andrómaca le suplica que no salga a combatir, él responde que el honor y el deber le imponen la salida. ¿Y qué queda de Héctor? No su cuerpo arrastrado por Aquiles, sino la imagen del padre que llora por él, del hijo que crece bajo la sombra de su ausencia, del pueblo que lo recuerda en sus canciones. Eso es el legado: la marca que deja nuestra decisión de ser dignos incluso en la derrota. Y ese legado, esa marca en el otro, es lo que nos permite mirar al mañana sin temblar.

Llegamos así al final de nuestro razonamiento, donde la hipótesis inicial se alza como tesis demostrada. Si el miedo al mañana nos devuelve a la conciencia de nuestra fragilidad, entonces la solución no es ignorar el futuro, sino llenar el presente con actos que conecten con los demás. Y esa conexión, para ser auténtica, debe estar tejida con la ayuda al que está a nuestro lado, con la generosidad que no espera recompensa, con la humildad que sabe que el mérito es compartido.

Pero permítanme ser más preciso: la paz ante el mañana no es el resultado de una gran obra realizada en soledad; es el subproducto de pequeñas fidelidades cotidianas. Es el pan que se parte, el consejo que se da, el silencio que se ofrece cuando no hay palabras. Los estoicos lo llamaban oikeiosis, la inclinación natural a cuidar de los nuestros como parte de nosotros mismos. Los cristianos lo llaman ágape. Los budistas, compasión. Yo, desde mi modesto atalaya, lo llamo amor práctico, y sostengo que es el único antídoto contra la ansiedad existencial.

Dos historias más para cerrar, ambas vividas en la carne de la memoria. La primera: un anciano profesor, jubilado, me dijo una vez que su mayor orgullo no era su obra publicada, sino las cartas que había escrito a sus alumnos durante sus años de docencia. "Esas cartas —me confesó— no tienen estilo ni métrica; tienen vida. Cuando yo no esté, ellos las leerán y sabrán que existí para ellos, no para mi currículum. Y entonces, el mañana no me asusta." La segunda: una enfermera, que había atendido a cientos de pacientes en sus últimas horas, me confió su secreto: "Yo no temo a la muerte ni a lo que vendrá después —dijo— porque sé que he estado presente para otros en su momento más oscuro. Eso me da una paz que ni los años ni las incertidumbres pueden arrebatarme".

Ahí está la clave: la paz ante el mañana es el resultado de haber estado presente para el otro. Una paz que no se mide en relojes biológicos, sino en actos que trascienden el metabolismo. El futuro, visto desde la generosidad presente, no es una amenaza, sino una extensión natural de un presente bien vivido. Porque cada instante en que miramos al otro es un instante en que el futuro pierde su poder de intimidarnos.

No concluyo sin antes hacer una confesión que espero no sea interpretada como arrogancia. Este artículo, que he escrito con el esmero de quien pule una piedra preciosa, aspira a ser más que un ejercicio retórico; aspira a ser un testimonio de que la reflexión puede ser un acto político, en el sentido más noble de la palabra: el arte de organizar la convivencia. Si el lector encuentra en estas líneas una guía para orientar su mirada hacia el prójimo y, al hacerlo, disipar sus propios miedos, entonces el tiempo que hemos compartido aquí habrá cumplido su cometido. No busco la inmortalidad del autor; busco la perpetuación del mensaje, que, como las semillas de la planta Anastatica hierochuntica, la rosa de Jericó, puede secarse y parecer muerta, pero revive con solo un poco de agua. Esa agua es la voluntad de recordar que el otro existe.

Los antiguos romanos, en sus banquetes, solían tener un esclavo que susurraba al oído del general victorioso: "Memento mori", recuerda que morirás. Pero yo propongo un complemento: "Memento alterum", recuerda al otro. Porque quien recuerda al otro, recuerda también que el mañana no es una cueva oscura, sino un jardín que hemos regado juntos. El miedo no es el final de la sinfonía, sino su acorde disonante; lo que importa es la melodía que hemos tejido en cada compás, especialmente en aquellos en los que la mirada hacia el otro nos dio un respiro para afinar el instrumento.

Al final, cuando el lector despierte mañana y mire por la ventana, quiero pensar que este escrito será uno de los muchos hilos que formarán la trama de su día. No por mi pluma, sino por la verdad que encierra: la verdad de que solo vivimos sin temor cuando nuestra existencia se convierte en un préstamo que devolvemos con intereses a la humanidad. Esa es la tesis. Esa es la ofrenda. Ese es el instante perpetuo que la ciencia y la poesía, de la mano, nos permiten atisbar antes de cerrar los ojos, sabiendo que el mañana, sea lo que sea, nos encontrará acompañados.

Rolando Espinal es empresario, creador de contenido y colaborador habitual de Avance.com. Su obra explora la intersección entre ética clásica, psicología contemporánea y condición humana. Siga sus aportes en rolandoespinal.com