El relevo en el periódico Hoy: cuando los peces muertos vuelven al río y la caña se entrega a un nuevo capitán

ElAvance | 20 julio 2026

Rolando Espinal.
En exclusiva para El Avance.

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava, construida a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo. Gabriel García Márquez lo contó así en Cien años de soledad, y esa historia, querido lector, es la mejor manera de entender lo que está ocurriendo ahora en el periódico Hoy: un final que es principio, una despedida que es encuentro, un relevo que no rompe el hilo sino que lo teje de nuevo con otra mano, con otro pulso, con otra mirada.

No se alarme si no sabe de periodismo, porque esto no es una cuestión de gremios ni de códigos secretos, sino de personas que como usted y como yo necesitan saber qué ocurre en su tierra, quién habla con verdad y quién miente con elegancia, quién construye escuelas y quién levanta muros, quién siembra esperanza y quién cosecha desolación. Eso hace un periódico: cuenta la epopeya cotidiana de un país, con vocablos que usted puede descifrar y con datos que usted puede cotejar. Y el periódico Hoy ha sido durante décadas uno de los cronistas más fieles de la República Dominicana, porque ha tenido al timón a un hombre que no ambicionaba reflectores ni ovaciones, que no frecuentaba los platós ni posaba para las instantáneas, que prefería la penumbra de su oficina en la avenida San Martín, corrigiendo prosas y verificando cifras, antes que aparecer en las primeras páginas que él mismo diseñaba.

Ese hombre es Bienvenido Álvarez Vega, un periodista parido en La Romana en 1950, que ascendió desde el fango de la calle, como reportero de a pie, y fue escalando lentamente, peldaño tras peldaño, hasta alcanzar la dirección del periódico, pero sin despojarse jamás de su esencia periodística, sin olvidar nunca que su oficio era servir a la nación y no a los poderosos, a la verdad y no a los oropeles. Su existencia es la crónica de un hombre que halló en la fe metodista la entereza para ser íntegro, en los libros la lucidez para ser ecuánime y en el periodismo la razón de ser de sus días. Director durante dieciocho años del periódico Hoy, y antes fundador de El Siglo, la primera publicación digital de la República Dominicana, recorrió todos los grados del oficio: reportero de sucesos, jefe de investigaciones, jefe de redacción, subdirector, director ejecutivo. No arribó a la cúspide por compadrazgos ni por favores, sino por laboriosidad obstinada, por erudición insuperable, por una moral que no se arrodillaba y por una pluma que no se alquilaba. Cuando indagaba en las redes del narcotráfico, desenmascaró engranajes que los potentados anhelaban ocultar; cuando escudriñaba los vericuetos de la corrupción, exhibió nombres y apellidos que otros temblaban de pronunciar; cuando abordó la Sentencia 168-13, que desposeyó de ciudadanía a miles de dominicanos, la tildó sin titubeos de "herejía jurídica" y "pecado social", y su voz no vaciló. Sus editoriales no eran arengas ni improperios, sino raciocinios, disertaciones, meditaciones que incitaban a cavilar y no a odiar, a edificar y no a demoler. Y todo esto lo ejecutó desde el sigilo, desde la reserva, desde la modestia, porque no era un hombre de pantallas sino de palabras, y sabía que las palabras bien ponderadas valen más que mil imágenes mal iluminadas.

Pero en el vértice de esta constelación de afectos y lealtades se erige la figura paternal de don José Luis Corripio Estrada, Don Pepín, el fundador que concibió el periódico, el accionista mayoritario que resguardó su autonomía y el mentor que supo detectar en Bienvenido Álvarez la levadura de la excelencia antes de que el pan estuviera horneado. Fue Don Pepín quien, en el fragor de las batallas periodísticas, tendió el puente entre la tradición y la modernidad, entre la verdad que no claudica y el negocio que no se prostituye. Su legado transciende las oficinas de la avenida San Martín: es el patriarca que como un ceibo centenario ha extendido sus raíces en el suelo dominicano hasta convertirse en emblema de que la humildad no es penuria sino grandeza, de que el ejemplo vale más que cien discursos.

Ahora, después de tantas lunas, Bienvenido Álvarez Vega se retira. No se marcha porque esté exhausto, sino porque arribó la hora, como arriba la hora de todo, y porque el periódico requiere que otro empuñe la caña y prosiga navegando en el mar de la información. Ese otro se llama Rolando Guzmán, un economista que fue rector del INTEC, el Instituto Tecnológico de Santo Domingo, un hombre de meditaciones hondas y acciones serenas que ha consagrado su vida a desentrañar los laberintos del desarrollo nacional desde las aulas, la consultoría internacional y la pesquisa económica. Doctor en Economía y máster en Matemáticas por la Universidad de Illinois, Guzmán no es un intruso en la academia sino un estratega que ha asesorado a organismos como el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo, y que ha puesto su inteligencia al servicio de los intereses superiores de la República Dominicana, analizando con perspicacia desde el sector eléctrico hasta la distribución de la renta y la competitividad internacional. Guzmán no es periodista, pero eso no constituye un obstáculo, porque el periódico Hoy no necesita un redactor que elabore notas, necesita un conductor que posea visión, que perciba hacia dónde se encamina el orbe, que comprenda que el periodismo del siglo XXI no puede ser el mismo del siglo pasado, que la gente ya no se informa como antes, que la data llega por el teléfono y no por el papel, y que los desafíos son colosales pero también las oportunidades. Guzmán atesora la inteligencia y la pericia para afrontar esos desafíos, y cuenta además con el respaldo de la familia Corripio, que ha demostrado a lo largo de los años que cree en la prensa libre y en la independencia editorial, que no coarta ni censura, que confía en sus directores y les otorga el espacio para ejercer su labor con rectitud.

No es un relevo fortuito: es la continuidad de una visión que entiende que el periodismo y la academia, como el derecho y la economía, son herramientas para edificar un país más equitativo. En Guzmán, como en Bienvenido, anida un compromiso con la verdad como método y con la patria como destino. Por eso, la transición no es un adiós: es la confirmación de que la luz que Don Bienvenido encendió no se extingue, sino que se multiplica en manos de quien también sabe que la palabra, cuando es honrada, se convierte en la moneda más preciada del reino de los hombres.

Y aquí, querido lector, aflora la parte que le incumbe a usted, que no es periodista pero que habita en este universo de redes sociales, de influencers, de videos virales y de noticias que duran lo que un parpadeo. ¿Qué enseñanza puede extraer de todo esto para su existencia, para su quehacer, para esa cuenta que posee en Instagram o en TikTok, para la manera en que usted se comunica con sus semejantes? La enseñanza es que la influencia no se mide por la cantidad de seguidores, sino por la calidad de lo que usted expresa, por la verdad que usted resguarda, por el respeto que usted profesa hacia los demás. Usted puede tener diez mil seguidores o puede tener diez, pero si lo que dice es sincero, si lo que comparte es verificado, si lo que defiende es justo, entonces usted es más influencer que muchos que poseen millones y solo propagan odio y confusión. Don Bienvenido no necesitó aparecer en la televisión para ser venerado; no requirió hacer bailes ni videos jocosos para ser creído; no precisó gritar ni injuriar para ser escuchado. Su autoridad emergió de su coherencia, de su honestidad, de su capacidad de escuchar antes de hablar, de pensar antes de publicar, de verificar antes de difundir. Y esa es la lección más grande que los influencers del siglo XXI deberían asimilar: que la verdad no necesita alzar la voz para ser oída, que la humildad no es flaqueza sino robustez, que la palabra bien empleada es más poderosa que el estruendo más ensordecedor.

Hay algo que Don Bienvenido comparte conmigo, Rolando Espinal, y con Don Pepín: el ser cristianos practicantes, el haber hallado en la fe no un dogma que fractura sino una ética que cohesiona, no una creencia que excluye sino un principio que integra. Don Pepín nos modeló la humildad y nos enseñó a escuchar a todos, siendo incluyentes pero no permisivos con quienes no aman los mejores intereses del país, porque la inclusión no es complicidad y la tolerancia no es indiferencia. Esa lección de humildad no es debilidad; es la fortaleza de quien sabe que la grandeza no reside en el pedestal sino en el servicio, no en el reconocimiento sino en la coherencia, no en el éxito efímero sino en el legado perdurable.

Porque al final, como la historia de los Buendía en Macondo, el periodismo no es una cuestión de triunfos inmediatos sino de dignidad, de lucha, de fe en que la verdad existe y merece ser contada. Los Buendía vieron su estirpe disolverse en el polvo y el olvido, pero dejaron una estela de historias que aún resuenan; Don Bienvenido deja la dirección del periódico, pero demuestra que el periodismo bien hecho es posible, que la honestidad no es un lujo sino una urgencia, que la palabra honrada es la divisa más preciada del reino de los hombres. Y esa es la gran lección para todos nosotros, para los influencers, para los periodistas, para los ciudadanos: que la verdad, aunque incomode, siempre encuentra su cauce, que la humildad, aunque parezca insignificante, siempre termina siendo colosal, que el servicio a los demás, aunque no se perciba, siempre deja una huella imborrable.

El relevo en el periódico Hoy no es un ocaso, es un amanecer, una transición que no quiebra el sendero sino que lo prolonga, como el relevo en una carrera donde el testigo no se desploma sino que se transfiere de mano en mano con esmero y con deferencia. Rolando Guzmán llega con la inteligencia del académico, la experiencia del consultor internacional y la visión del estratega, pero también con el compromiso de seguir defendiendo los intereses superiores del país, de mantener la línea editorial sobria que Don Bienvenido cultivó, de no venderse al poder ni al dinero, de ser un faro en medio de la tempestad de la desinformación. Y el periódico Hoy, bajo su dirección, tiene la oportunidad de demostrar que la prensa escrita no es una especie en extinción sino un ave que puede remontar vuelo si sabe adaptarse, si sabe emplear las nuevas herramientas sin extraviar la esencia, si sabe conectar con los jóvenes sin desdeñar a los veteranos, si sabe contar historias que importan sin abandonar el rigor y la veracidad.

Así que cuando usted observe el periódico Hoy en el quiosco, o cuando lea una noticia en sus redes sociales, recuerde que detrás de esas palabras hay personas que han bregado por decir la verdad, que han laborado con honestidad y con fe, y que el relevo que hoy acontece no es el fin de una era sino el comienzo de otra, igual de luminosa, igual de comprometida, igual de necesaria. Y recuerde también que usted, desde su lugar, desde su cuenta, desde su voz, puede ser también un pescador de la verdad, si elige la honestidad sobre la popularidad, la coherencia sobre el clic, la verdad sobre el ruido. Porque el periodismo, al final, no es cosa de periodistas, es cosa de todos los que anhelamos un país mejor, un mundo más justo, una vida más digna. Y mientras haya personas dispuestas a luchar por eso, la antorcha nunca se apagará.