La política dominicana y el gran reciclaje de tránsfugas

ElAvance | 08 junio 2026

Mientras los partidos compiten por dirigentes que ya tienen partido, nadie parece estar compitiendo por los ciudadanos que ya no quieren saber de los partidos.

Carlos del Pozo.
Comunicador.

Cada semana la política dominicana ofrece una escena parecida, un dirigente abandona un partido para ingresar a otro; hay aplausos, fotografías, discursos y comunicados que presentan la decisión como una demostración de fortaleza. 

Quienes reciben al recién llegado hablan de crecimiento, quienes lo pierden aseguran que no era tan importante. Pasa el tiempo y el mismo libreto vuelve a repetirse con otros nombres y otros colores.

La frecuencia con la que ocurre ya casi ha eliminado la capacidad de sorprender.

En algún momento pertenecer a un partido significaba asumir una identidad política, una visión del país y una manera particular de entender el poder. 

Hoy resulta cada vez más difícil explicar por qué un dirigente puede amanecer desayunando en defensa de una organización, almorzar criticándola y terminar cenando en la noche mientras se juramentá enotra. Lo que antes era una excepción se ha convertido en una práctica habitual.

El problema es que los partidos parecen estar leyendo de forma equivocada lo que ocurre.

Cada dirigente que cambia de organización suele ser presentado como una conquista política. Sin embargo, recibir un dirigente procedente del partido contrario no necesariamente significa crecer.

En muchos casos lo único que cambia es la ubicación de una pieza dentro del mismo tablero, el número de jugadores sigue siendo prácticamente el mismo.

Por eso conviene hacerse una pregunta que rara vez aparece en medio de las celebraciones.

¿Quién está incorporando nuevos ciudadanos a la política?

Esa es la interrogante que parece quedar fuera de las fotografías, de los actos de juramentación y de los discursos de bienvenida. Los tres principales partidos del país viven una competencia constante por atraer dirigentes de las organizaciones rivales, pero cada vez resulta menos evidente que estén conquistando a quienes observan la política desde fuera.

Mientras tanto, una parte importante de la población parece estar recorriendo el camino contrario.

La distancia emocional entre los ciudadanos y los partidos luce cada vez más profunda y no necesariamente porque la gente haya renunciado a votar, sino porque muchos ya no perciben diferencias tan claras entre quienes compiten por el poder. 

Cuando los mismos rostros aparecen una y otra vez defendiendo posiciones distintas según la organización en la que se encuentren, la coherencia comienza a perder valor frente a la conveniencia.

Y cuando la coherencia se debilita, también se erosiona la confianza.

Quizás por eso una parte creciente de la conversación pública ya no gira alrededor de los partidos, sino alrededor de problemas mucho más concretos. 

El costo de la vida, la seguridad, los servicios públicos, el acceso a oportunidades y la incertidumbre económica ocupan más espacio en la mente de muchas personas que las disputas internas de las organizaciones políticas.

Sin embargo, los partidos siguen actuando como si el principal desafío fuera arrebatarse dirigentes entre ellos.

La paradoja es evidente, mientras los partidos compiten por dirigentes que ya tienen partido, nadie parece estar compitiendo por los ciudadanos que ya no quieren saber de partidos. 

Mientras las organizaciones cuentan juramentaciones, una parte de la ciudadanía parece contar frustraciones. 

Mientras los partidos celebran quién llegó, muchas personas siguen preguntándose por qué deberían sentirse representadas por cualquiera de ellos. Y es ahí donde podría estar el verdadero riesgo.

No en que un dirigente abandone una organización para ingresar a otra, no en que el blanco se vuelva morado, el morado se vuelva verde o el verde termine vistiendo de blanco. El riesgo aparece cuando la ciudadanía concluye que los colores cambian con más facilidad que las conductas.

Porque los partidos pueden reciclar dirigentes cuantas veces quieran, lo que resulta mucho más difícil de reciclar es la confianza de la gente.