El Que Baila Solo

ElAvance | 06 junio 2026

Rolando Espinal.
Exclusiva para El Avance.

Por una cesura: la egolatría como preludio

Hubo un gobernante —irrelevante es su nombre y su reino, pues toda onomástica y todo territorio se truecan en polvo cuando el alma se corrompe antes que la carne— que juzgó la danza del imperio como un monólogo del yo. Al alba se erguía frente al espejo y contemplaba una deidad. No escuchaba a los filósofos por cuanto sentenciaba: “ya poseo mis certezas”. No consultaba a los políticos por cuanto vociferaba: “mi diestra es cetro y mi siniestra es garrote”. No temblaba ante la ética por cuanto bramaba: “la conciencia es un artilugio de los pusilánimes para encadenar a los audaces”.

Por otra cesura: la expulsión de la filosofía

Así se quebró el primero de los tres soportes, y la Filosofía, ofendida en su linaje, plegó sus pergaminos y se ausentó sin despedida. Porque regir sin filosofía equivale a edificar sobre arenas movedizas: no existe el porqué, apenas el hueco estruendo del porque así lo quiero. Aquel dignatario, al desdeñar la indagación, se condenó a recitar los yerros de todos los tiranos que lo antecedieron en la podredumbre de los siglos. La Filosofía no desertó del trono por rencor, sino por decoro: cuando la hybris se sienta a la mesa, la sophia se levanta, toma su manto, y abandona la estancia sin cerrar el portón.

Por otra cesura: el naufragio de la política

Luego gimió la segunda columna, la Política —ese arte vetusto de trenzar las voluntades ajenas sin romper la urdimbre—. Mas nuestro hombre renunció a la transacción, renunció a la concesión, renunció a comprender que gobernar es también doblegar la cerviz ante el vendaval para no astillarse. Sustituyó el diálogo por el edicto, la persuasión por la coz, y confundió el fragor de su garganta con la sinfonía del reino. Desterró a los consejeros longevos —los que atesoran la memoria en los tuétanos— y los trocó por áulicos que sólo sabían modular “amén”. La Política, que es el puente entre lo imposible y lo inexcusable, se derrumbó bajo la mole de su ego. Y cuando se impera sin política, no se impera: se patalea en la hondonada del vacío.

Por otra cesura: el ultraje a la ética y su mirada inmóvil

Mas fue la tercera pata, la Ética, la que rubricó la sentencia con tinta invisible. Porque la ética no vocifera, no exige, no atemoriza: la ética anota en su cuaderno de carboncillo. Y este hombre, ofuscado por su propia lumbre, estafó a sus proveedores —no únicamente a los del grano y del acero, sino al proveedor de la fides, al proveedor de la lealtad, al proveedor de lo veraz—. Libró talones sin provisión con la signatura de su alma, creyendo que el banquero del empíreo no pasa la letra de cambio. “Ante todo yo”, repetía cual letanía de beodo. “El desenlace justifica mis ardides”, mascullaba, sin saber que esa sentencia ha servido de losa sepulcral para cuantos verdugos perecieron aplaudiéndose a sí mismos en la soledad del espejo. La Ética, ultrajada en su dignidad, no lo desamparó: lo contempló desde la penumbra. Y esa es la pena más atroz: ser observado por una ley que ya no te reclama porque sabe que tu castigo será tu propia diestra desgarrándose el pecho.

Por otra cesura: la danza solitaria y el vértigo del engaño

Entonces acaeció lo que había de acaecer, como acaece siempre que la soberbia se instala en el sitial y expulsa a los tres pilares. El gobernante, que danzaba solitario en un salón cada vez más angosto, creyó perpetuo su poder mientras el artesonado se resquebrajaba. Alzó las palmas para recibir un aplauso que nadie expendía. Avanzó un paso para regir un reino que ya se había disuelto como sal en el agua. Porque mientras él aquilataba su reflejo —ese reflejo que cada alba le devolvía un dios más extenuado y más huérfano—, los súbditos aprendieron a vivir en su ausencia. Los proveedores enclaustraron sus portones sin estrépito. Los consejertos cuchichearon en otras cortes con el tono del que entierra a un vivo. Y la Ética, que jamás olvida, le susurró al oído una noche de centellas: “No has extraviado el poder por obra de tus enemigos. Lo has extraviado porque tú mismo quebraste la coreografía del triunfo”.

Por la cesura final: la victoria del que se derrumba sin saberlo

Y arribamos, lector de párenos, a lo que el enigma del título prometía sin descubrirse. El desenlace de este hombre no fue que lo ajusticiaran —eso sería catarsis, y la catarsis aún conserva grandeza. No fue que lo encarcelaran —eso sería justicia, y la justicia al menos reconoce la norma. El desenlace fue más atroz, más profundo, más digno de un poeta que ha mirado al abismo y el abismo le ha devuelto una mueca: prosiguió gobernando. Pero gobernaba un reino que ya no respiraba. Firmaba decretos que nadie descifraba. Dictaba órdenes que nadie acataba. Se rodeaba de cortesanos que solapaban la rechifla a sus espaldas, y él, el hombre que creyó danzar solitario, descubrió al final que nunca había danzado: apenas había articulado convulsiones torpes en un recinto vacío, mientras el poder genuino —ése que urde en un solo abrazo la filosofía, la política y la ética— se había retirado hace largas lunas, llevándose la música, los candiles y la tibieza del hogar.

Su ruina no fue que lo vencieran. Su ruina fue tenerse por vencedor mientras los cimientos se pulverizaban bajo sus pies. Y esa, amigo mío, es la maldad más honda: la que el varón se infringe a sí propio y no la discierne hasta que el reloj de arena ha vertido su última partícula.

Porque el ego no vence. El ego se cree vencedor. Y esa es la mentira más costosa que jamás se haya comprado con el tuétano del alma.

Rolando Espinal para El Avance
“El título era El Que Baila Solo, y el enigma que ocultaba en su vientre era este: que danzar sin acompañamiento no es danza, sino caída vertical en cámara de aceite.”