"Ahora los pájaros le tiran a la escopeta"

ElAvance | 22 mayo 2026

La disonancia social de la República Dominicana.

Vivimos en una sociedad donde la vulgaridad dejó de esconderse y comenzó a recibir aplausos.

Lo que antes se hacía con discreción, hoy se exhibe con orgullo frente a cámaras, micrófonos y redes sociales, mientras miles lo consumen como si fuera sinónimo de éxito, empoderamiento o admiración pública.

Y lo más preocupante no es solamente quien se exhibe, sino una sociedad enferma de superficialidad que ha perdido la capacidad de distinguir entre respeto y decadencia, entre influencia y degradación.

Hoy cualquiera con un micrófono, un cuerpo operado y un grupo de seguidores comprados se autoproclama figura pública.

La prostitución moderna ya no necesita esquinas oscuras ni prostíbulos escondidos; ahora tiene plataformas digitales, transmisiones en vivo y patrocinadores que ya no se llaman chulos, sino influencers, productores o empresarios del entretenimiento.

Esto es República Dominicana. Un país donde muchas jóvenes están creciendo creyendo que el cuerpo vale más que la preparación, que la vulgaridad genera poder y que mientras más exposición tengan, más importantes son.

Y detrás de todo eso aparece una masa de seguidores unineuronales que consume basura humana como si fuera contenido de valor.

Porque si existiera pensamiento crítico, otro gallo cantara.

Lo irónico es que crecí viendo una realidad muy distinta.

Nací rodeada de diversos tipos de personas. En mi barrio, en una sola cuadra, existían ocho prostíbulos.

Mujeres y hombres que ejercían ese oficio convivían junto al resto de la comunidad como parte de la vida cotidiana.

A ellas les llamaban “mujeres de la vida alegre”, aunque pensándolo bien, de alegría no había absolutamente nada; aquello era simple y dolorosa supervivencia.

Dormían hasta tarde en las habitaciones alquiladas que en ese tiempo llamaban pensiones y, al mediodía, salían tranquilamente a buscar el plato del día donde doña Rosa o donde la Rubia.

Vestían normal. No necesitaban convertir su vida en un espectáculo vulgar para llamar la atención, aunque siempre aparecía alguna desafinando la discreción del resto.

Kika les arreglaba las uñas. Rosa, la de Nani, les lavaba la ropa. Y en mi caso, llegué incluso a cuidar durante las noches a dos niños mientras su madre salía a trabajar en ese lamentable oficio.

Pero había algo muy distinto a lo de ahora: eran mujeres que respetaban y se hacían respetar. Las madres del barrio no las veían como una amenaza para sus hijas, porque no promovían la degeneración ni hacían de la vulgaridad un estilo de vida aspiracional.

Algunas incluso estudiaban medicina o educación en la universidad, utilizando ese trabajo nocturno como una forma de sobrevivir y costear sus estudios.

Hoy todo se salió del control.

La degradación se convirtió en tendencia.

La falta de valores se disfraza de libertad.

Y cualquier discurso vacío acompañado de morbo recibe más atención que el conocimiento, la preparación o el talento verdadero.

Gracias a Dios que los cueros de antes eran más serios que muchas influencers de cabina de hoy. Salvo honrosas excepciones.

Acabo de hacer un traje; si no te queda, no te lo pongas.

Arelis García López
Terapeuta Familiar y Educadora