Likes y votos

ElAvance | 20 mayo 2026

Carlos Pérez Tejada.
Comunicador.

Antes de exponer mi punto, debo hacer una aclaración general: en 2026, lo que todavía llamamos “redes sociales” ya no son realmente tan “sociales” como lo fueron en sus inicios o como fueron concebidas originalmente. Estas plataformas dejaron de ser espacios para compartir fotografías familiares, mantener contacto con amigos lejanos o fortalecer vínculos personales. Hoy son otra cosa. Se han convertido en gigantescos centros de consumo de información —y desinformación—, en donde millones de personas se enteran diariamente de lo que ocurre en el mundo.

Por eso, cada vez se repite más esa frase, dicha quizás demasiado a la ligera, de que quien controla la esfera digital controla la narrativa, y quien controla la narrativa influye directamente en las emociones y reacciones de las sociedades.

Esta nueva realidad digital ha creado toda una industria de estrategas, consultores y expertos obsesionados con “manejar la percepción”, posicionar temas y convertir ideas en tendencias virales. El problema es que muchos de ellos caen en la trampa de creer que viralidad significa impacto real. Y no necesariamente es así.

La mayoría de las conversaciones digitales nacen y mueren en cuestión de horas. Un tema puede dominar el debate nacional a las nueve de la mañana y desaparecer completamente antes de llegar al medio día. La viralidad produce ruido, atención momentánea y, en algunos casos, notoriedad; pero rara vez garantiza permanencia. Mucho menos votos.

Datos de DataReportal estimaban para 2025, en la República Dominicana, Facebook contaba con más de 6 millones de usuarios, Instagram con más de 5 millones, TikTok rondaba los 7.8 millones y X apenas superaba los 660 mil usuarios. Estas cifras ayudan a entender por qué partidos, gobiernos, empresas y figuras públicas le dedican tantos recursos a las plataformas digitales. Ahí está la atención de la gente.

Pero la más reciente encuesta Gallup-RD puso sobre la mesa una verdad incómoda para muchos fans de las redes digitales: las tendencias no representan necesariamente la realidad nacional. Según el estudio, un 56.6 % de los encuestados afirmó sentir poco o ningún interés por las tendencias de redes sociales. Mientras tanto, investigaciones de Ipsos reflejan que un 68 % de las personas considera que las redes sociales son el principal foco de desinformación, y apenas entre un 30 % y 40 % confía realmente en la información que circula en ellas.

Es decir, aunque las redes dominan la conversación, no dominan completamente la credibilidad.

Y ahí es donde muchos actores -políticos, estrategas, empresarios- fallan. Confunden ruido con apoyo popular. Creen que porque un tema explotó digitalmente, necesariamente tendrá repercusión electoral. No entienden que el juego político es mucho más largo y más complejo de lo que aparenta una pantalla de teléfono.

En la política moderna, pocos equipos han entendido esta realidad tan bien como el del presidente Donald Trump. Se puede estar o no de acuerdo con sus posturas, pero negar la efectividad de su estrategia digital sería simplemente ignorar la realidad.

Trump y su equipo comprendieron algo esencial: las redes no se utilizan solamente para reaccionar al día a día, sino para construir una identidad política clara y repetitiva en el tiempo. Definieron pocos mensajes clave, identificaron problemas específicos que preocupaban a su electorado y los repitieron constantemente hasta que el público relacionó automáticamente la figura de Trump con esos temas y sus soluciones.

Inmigración. Economía. Seguridad. Nacionalismo. Cultura. Todo giraba alrededor de pilares simples, fáciles de recordar y emocionalmente potentes.

El verdadero éxito de esa estrategia no estuvo únicamente en viralizar contenido, sino en construir percepción a largo plazo. Porque las percepciones políticas no se forman con una publicación aislada, sino con repetición, coherencia y permanencia.

El Trump presidente llevó esto a otro nivel. Su equipo entendió cómo funciona la cultura digital moderna: atacar rápidamente los problemas, utilizar referencias de cultura popular, responder con humor, sarcasmo o incluso memes. En sociedades tradicionales esto puede parecer superficial o hasta irrespetuoso, pero en internet la atención vale oro, y Trump aprendió a dominar ese ecosistema mejor que muchos políticos tradicionales.

Mientras otros equipos políticos intentan desesperadamente “pegar un trend”, el equipo Trump entendió que el verdadero juego está en construir comunidad, identidad y narrativa. Le hace caso a los mensajes en su contra y crea sus propios rivales -así es más fácil vencer-.

Y quizás ahí está la gran lección para nuestra realidad local.

Las redes sociales son herramientas extremadamente útiles para posicionar figuras, instalar conversaciones y conectar emocionalmente con ciertos públicos. Pero quienes crean que un “like” automáticamente se convierte en un voto, están viendo la política con miopía.

La realidad digital no siempre representa la realidad social. El ciudadano que comenta furioso en X no necesariamente representa al votante promedio. El tema que explota en TikTok quizás ni siquiera existe fuera de ciertos círculos digitales. Cada realidad es diferente, y el poder de las redes es que permite focalizar esos mensajes en cada nicho, hablar masivamente es un error.

Por eso, mientras algunos continúan obsesionados con perseguir tendencias pasajeras, otros entienden que el verdadero poder está en construir mensajes sostenibles en el tiempo, conectar emocionalmente con la población y saber leer el momento cultural.

Mientras leen esto recuerden que Trump celebrará un evento de UFC en el patio de la Casa Blanca, y sus fans y detractores sintonizarán el evento. Ese es el mundo en el que vivimos.