El vaso medio vacío

ElAvance | 14 mayo 2026

Carlos Pérez Tejada.
Comunicador.

Como sociedad hemos llegado a unos niveles de pesimismo absurdos, casi asqueantes. Todo lo que vemos a nuestro alrededor pareciera estar condenado a ser interpretado desde lo negativo. Nada basta, nada sirve, nada está completamente bien. Aun cuando llega la primavera y el sol de verano sale para todos, encontramos algo de qué quejarnos: el calor, el polen, el polvo del Sahara. Se inaugura una obra y rápidamente la conversación gira hacia “lo que faltó”, muchas veces desde la opinión de quienes desconocen totalmente el área de la que hablan. Se toma una decisión política, empresarial o social, y automáticamente aparecen teorías, críticas y narrativas enfocadas únicamente en lo malo o en lo supuestamente oculto.

Y cuando ni siquiera ocurre algo negativo relevante, nos encargamos de buscar “la quinta pata al gato”. Pareciera que nos hemos acostumbrado a tomar cualquier situación por los moños hasta convertirla en un problema. Simplemente nos hemos convertido en una sociedad pesimista. Dejamos de apreciar lo bueno, lo bonito y lo esperanzador de las cosas.

El psicólogo y premio Nobel Daniel Kahneman explicó en sus investigaciones sobre comportamiento humano que las personas reaccionan más intensamente a las pérdidas y experiencias negativas que a las positivas. Nuestro cerebro, como mecanismo de supervivencia, está programado para recordar más el peligro que la tranquilidad. Esa tendencia natural, conocida como negativity bias o sesgo de negatividad, quizás explica por qué como sociedad prestamos más atención al caos que a los avances, y por qué las malas noticias siempre parecen generar más impacto que las buenas.

Si queremos buscar culpables, hay varios candidatos evidentes: las plataformas sociales, los medios de comunicación y esa obsesión moderna por las métricas digitales, los likes, los views y el engagement. Diversos estudios sobre comportamiento humano han demostrado que las personas reaccionan más intensamente ante eventos negativos que ante positivos. Por eso los eventos traumáticos marcan tanto la psiquis humana y generan heridas emocionales profundas.

Las grandes plataformas digitales entendieron esto perfectamente. Hoy las redes sociales ya no son realmente “sociales”; se transformaron en ecosistemas de información constante y, muchas veces, de desinformación masiva. Empresas como Meta han sido señaladas y cuestionadas en múltiples ocasiones por investigaciones internas filtradas —los llamados Facebook Papers—, donde se reveló que la propia empresa reconocía que los contenidos cargados de ira, confrontación y polarización generaban mayor interacción y mantenían a los usuarios más tiempo dentro de la plataforma. Y en este modelo de negocio, el tiempo es dinero.

Por eso los algoritmos priorizan aquello que provoca enojo, indignación o confrontación. Porque un usuario molesto comenta más, comparte más y reacciona más. Un estudio del MIT en 2018 concluyó que las noticias falsas tienen un 70 % más de probabilidades de ser compartidas que las verdaderas. Lo peligroso es que esta lógica terminó moldeando la conversación pública y hasta nuestra percepción colectiva de la realidad.

Los medios de comunicación tampoco escapan a esta dinámica. Muchos se han visto obligados a “jugar el juego” del algoritmo para mantenerse relevantes en un ecosistema digital salvaje y competitivo. Y aunque el periodismo siempre ha tenido una inclinación natural hacia cubrir el conflicto —porque la noticia suele ser aquello que rompe la normalidad—, hoy existe una tendencia preocupante a quedarse únicamente en la crítica, en la denuncia y en el escándalo. Muy pocas veces se utilizan esos mismos espacios para construir soluciones, inspirar o generar esperanza.

Los teóricos Maxwell McCombs y Donald Shaw explicaban en su teoría del Agenda Setting que los medios no necesariamente le dicen a las personas qué pensar, pero sí sobre qué pensar. Y hoy ese poder no solo lo tienen los medios tradicionales; también lo tienen los algoritmos. Ellos deciden qué tema domina la conversación, qué se vuelve tendencia y qué desaparece en cuestión de horas.

A esto se suma la clase política. Una clase política que ha convertido el pesimismo en estrategia electoral. La oposición, especialmente, suele encontrar ventaja en amplificar lo negativo, incluso cuando las críticas no están sustentadas. Pero el problema no es criticar; el problema es quedarse únicamente en la crítica. Hemos normalizado una política basada en el ataque permanente, en la que todo está mal y nada merece reconocimiento.

El sociólogo Zygmunt Bauman advertía que las sociedades modernas viven bajo una “cultura del miedo”, donde la incertidumbre y la ansiedad son utilizadas constantemente como herramientas de movilización política y social. Y quizás eso explica parte de la realidad actual: el miedo y el enojo movilizan más rápido que la esperanza.

No es casualidad que tantas personas se sientan desconectadas de los partidos políticos. La más reciente encuesta Gallup-RD reflejó cómo uno de los “grupos” más grandes del país es precisamente el de quienes no se sienten representados por ninguna organización política. ¿Y cómo no entenderlo? Si gran parte del discurso político está construido sobre el cinismo, el ataque y la ausencia de propuestas esperanzadoras.

Esta cultura del pesimismo ha penetrado profundamente en la sociedad. Hoy se sobrecuestiona todo. La percepción pesa más que la realidad. La desconfianza se convirtió en reflejo automático. Y poco a poco dejamos de reconocer lo positivo, incluso cuando está frente a nosotros.

Pero esta realidad puede cambiar. Y para hacerlo se necesita un esfuerzo colectivo. Debemos volver a reconocer las cosas buenas, las acciones que nos hacen avanzar y las personas que intentan construir. Ante los problemas no basta con la queja; hacen falta soluciones, voluntad y acción. Nada mejora si simplemente nos sentamos a destruirlo todo desde la comodidad del pesimismo.

Viktor Frankl, sobreviviente del Holocausto y creador de la logoterapia, sostenía que el ser humano puede soportar casi cualquier realidad cuando encuentra un propósito o una razón para avanzar. Y quizás eso es justamente lo que nos está faltando como sociedad, un propósito colectivo, esperanza y la voluntad de volver a creer en lo bueno.

La vida, incluso con todas sus dificultades, sigue siendo una oportunidad extraordinaria. El simple hecho de despertar cada mañana ya es motivo suficiente para agradecer, crecer y construir algo mejor.

Quizás el problema nunca fue el vaso.

Quizás el problema es que nos acostumbramos tanto a la sed, que olvidamos que todavía está medio lleno.