Las profesiones que han desaparecido de los barrios

Max Herrera | 17 junio 2026

La ciudad y sus barrios siempre están cambiando; aquí uno se descuida unos meses y donde antes había un colmado, una gomera o una casita con galería, ahora se encuentra con una torre, un lote de parqueos improvisados o un negocio completamente distinto. Pero lo que de verdad ha cambiado es la gente y la vida de barrio que muchos conocimos en nuestra infancia: ya no están los mismos rostros, ni los mismos oficios, ni aquellos “joceos” de quienes se buscaban el día a día. “Antes de que te vayas, carbonero, en las blancas paredes de la vida, escribe con carbón tu despedida, para que te recuerde el pueblo entero…”. Así cantaba el legendario Johnny Ventura en El Carbonero.

Desaparecieron —o cada vez se ven menos— oficios como el amolador, zapatero, panadero de esquina, limpiabotas, recoge botellas, pregonero, pedidores en los funerales, sastres, cañeros, reparadores de sombreros y muchas otras… desde los que vendían helados de batata en fundita, sencillamente la gente y la escala de sus necesidades ha cambiado y con ellas el panorama social, incluyendo claro una parte de la población que busca estándares de salud y producción. Y es cada vez se ven menos "agáchate boutiques", gomeros, vendedores ambulante de queso u otra pendejada que duró medio día cogiendo sol y, aunque parezca difícil de creer, hasta el barbero tradicional comienza a escasear fuera de zonas muy transitadas.

El electricista medio "loquito" que arreglaba cualquier aparato medio chueco o bien, lo acaba de quemar, también el que se “gabeaba” en un poste con una destreza casi acrobática para robarse un cable de luz o enganchar señal al vecino que no quería pagar televisión. Eran figuras pintorescas de un mundo, que para bien o para mal, quedaron en el ayer y cada vez son menos comunes.

Lo que verdaderamente se podría añorar de la desaparición de estos trabajadores no es solo su destreza técnica, sino el trato humano que los acompañaba. Estos artesanos urbanos conocían nuestros nombres, nos veían crecer, nos tenían "dema" si no le dábamos algo "pa’ los refrescos" y eran los custodios silenciosos de las historias locales. La pequeña sastrería o el taller no eran apenas locales comerciales; funcionaban como puntos de encuentro, auténticas ágoras de barrio donde se compartían las noticias (y el chisme) del día. Y es que los amoríos y las relaciones se olvidan, pero el barbero de confianza nunca.